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perfil.com · hace 17 horas · Joan Cwaik

Nadie camina por vos

Joan Cwaik

Hoy, como cada primer sábado de octubre, cientos de miles de personas van a caminar los 60 kilómetros que separan Liniers de la basílica de Luján. Van a salir a la mañana, van a cruzar el conurbano entero, y muchos van a llegar de madrugada, con los pies destrozados, a un lugar donde los espera una imagen chiquita de una virgen. Aclaro desde dónde escribo esto. Soy judío, poco practicante, y la fe católica me resulta un territorio ajeno que miro con respeto desde afuera. Justamente por eso la peregrinación me fascina cada año un poco más.

Porque lo que me atrapa de esa marea humana excede a cualquier religión. Vivimos en la época que declaró la guerra al esfuerzo. Todo llega a domicilio, todo se resume, todo se acelera. Las apps nos ahorran la cola, el trámite, la cocina, la espera, y la IA vino a ahorrarnos lo último que quedaba, el trabajo de pensar. Cada tecnología que usamos compite por sacarnos pasos de encima. Y en el medio de ese mundo, un sábado por año, una multitud elige hacer exactamente lo contrario y meterle al cuerpo 60 kilómetros que nadie le pide, que no otorgan puntos, que no suman millas.

El detalle que más me gusta aparece en las manos de los caminantes. Llevan el celular, obvio. Se filman, comparten la ubicación con la familia, avisan por el grupo que ya pasaron Moreno. La tecnología viaja con ellos durante toda la ruta, y sin embargo no puede hacer nada por ellos en lo esencial, porque la caminata carece de versión comprimida. Los algoritmos que gobiernan nuestros días funcionan resumiendo, y un ritual solo funciona a velocidad humana, paso por paso, hora tras hora, con las ampollas incluidas en el precio.

Byung-Chul Han escribió que los rituales se están extinguiendo en la cultura digital, y que eso nos deja intemperie. Decía que los rituales son al tiempo lo que una casa al espacio, una estructura donde habitar, algo que vuelve y ordena. La pantalla nos entrega un presente continuo sin estaciones, donde todos los días se parecen. La peregrinación conserva lo que el scroll disolvió, una fecha que corta el año, un esfuerzo que se espera, una llegada que se gana.

Mi propia tradición guarda un acto parecido y también corporal. Una vez al año, en Iom Kipur, millones de judíos dejan de comer durante un día entero, y hasta los menos practicantes, como yo, sentimos el llamado de esa pausa. El cuerpo puesto como ofrenda atraviesa todas las culturas, cada una con su forma, porque durante miles de años entendimos algo que la época del delivery nos está haciendo olvidar. Hay cosas que valen precisamente por lo que cuestan.

Un ingeniero de Silicon Valley miraría la caminata a Luján y vería un problema de logística resuelto de manera espantosa, 60 kilómetros que un tren cubre en una hora. El peregrino sabe algo que el ingeniero no computa. Llegar era lo de menos. Nadie camina a Luján para estar en Luján, camina para haber caminado, y esa diferencia contiene una sabiduría que ninguna optimización alcanza.

Este sábado los voy a ver pasar de nuevo, familias enteras, pibes con la camiseta de la selección, señoras con termos, y voy a sentir la misma envidia buena de siempre, la del que mira desde afuera un rito que no le pertenece y entiende igual su fuerza. En un año en que las máquinas aprendieron a hacer casi todo por nosotros, me quedo pensando qué caminata guarda cada uno, cuál es ese esfuerzo propio que no delegaríamos jamás. Los que van a Luján ya tienen la respuesta, y la renuevan a pie todos los octubres. A los demás nos toca encontrarla antes de que el sillón conteste por nosotros.

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