← Volver
clarin.com · hace 16 horas · Clarin.com - Home

Doctorarse en tiempos de videollamadas

Google

No es lo mismo que te digan doctor por tu sapiencia o porque ejerces de médico que estudiar para terminar tu carrera y empezar un doctorado.

La palabra impone por su peso. "Voy a empezar un doctorado” suena casi como “Voy a estudiar para astronauta”.

Doctorarse te puede llevar una buena parte de la vida; por eso, se festeja mucho cuando alguien termina un doctorado y a su nombre le pone adelante la palabra “doctor”.

Anita se doctoró. Pasó años estudiando literatura cubana, sobre todo, a Virgilio Piñera, ese genio que vivió en Buenos Aires y fue amigo de Silvina Ocampo, de Gombrowicz y de Borges.

Ahora todo es distinto. Yo esperaba que tuviera que asistir a la sede de la Facultad de Filosofía y Letras de Puán y allí, en una de sus aulas, sentarse ante el tribunal y realizar la defensa con graves y ceremoniosas palabras.

A ella le pasó como a mí cuando me dieron la nacionalidad argentina. Luego de mucho bregar, estudiar la historia, la literatura y el himno de este país, me recibí de argentino y juré mi fidelidad a la patria de Sarmiento por videollamada.

También, cuando me invitaron a presentar mi novela al festival de Brooklyn, uno de los más importantes del mundo, fue por videollamada. Muy curioso que ahora casi todo sea así.

Pero volviendo al doctorado, la ponente tenía una hora para resumir lo que había tardado más de diez años en escribir. Toda una proeza, tan meritoria como hacer la tesis.

En la ponenecia, Ulises, los gatos y yo la veíamos desde la sala saltar capítulo a capítulo, con velocidad digna de corredor de fondo o de locutor de fútbol.

Todo lo tenía en su mente y uno pensaba en la grandeza del cerebro humano, eso que la máquina no puede sustituir, porque había mucha emoción y humor en su modo de extenderse, de explicar.

Aunque no estaban las solemnes paredes de la UBA rodeándola, el prestigio de los tres jurados -además de la presencia de la gran Celina Manzoni, su directora- bastaba para que la atmósfera fuera seria a pesar de que en YouTube uno veía detrás de los participantes un sinnúmero de detalles caseros.

Por suerte, el argentino no tiende a los gritos, no se escuchaba la algarabía de música de reguetón y de pregones callejeros, “¡pan especial!”, que suele caracterizar a Cuba, mi isla querida, donde lograr un ratito de silencio es casi imposible.

En fin, se doctoró Anita. La universidad argentina sigue demostrando su capacidad de asombrar al mundo y de unir ese mosaico que es Latinoamérica. Ahora, al diploma, por suerte, no se lo darán por videollamada. Iremos tan felices a la ceremonia en la UBA, haremos fotos y brindaremos con champán.

Marcial Gala

Marcial Gala, escritor de la "patria de Guillén y de Borges". En Cuba ha sido Premio Alejo Carpentier, Nacional de la Crítica y de Cienfuegos en cuento y en poesía. En Argentina premio, Ñ Ciudad de Buenos Aires y en Estados Unidos estuvo entre los finalistas del Pen Club América. Aquí publicó cinco novelas: “Sentada en su verde limón”, traducida al italiano, “Rocanrol”, “La catedral de los negros”, al inglés, francés, alemán y árabe, “Llámenme Casandra”, al inglés, francés, italiano, portugués y polaco y, la última, “La máquina de ser feliz”.

El esfuerzo de llegar a la meta

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín