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El silencio de las lenguas: las que dejan de hablarse y aquellas a las que no dejan hablar

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Cristina Calderón, conocida afectuosamente como la “abuela Cristina” vivió siempre en Villa Ukika, cerca de Puerto Williams, en la isla Navarino, junto al canal de Beagle, en el extremo austral de Chile, lugar inhóspito de vientos, lluvia y frío oceánico. Cuando enfermó, fue trasladada a Punta Arenas, y allí murió el 16 de febrero de 2022, a los 93 años.

Sus ancestros habían sido expertos navegantes y habían desarrollado durante milenios una cultura adaptada a esos severos paisajes australes. Su lengua, el yámana o yágankuta, poseía una extraordinaria capacidad para nombrar experiencias, movimientos y detalles del mundo natural.

Mamihlapinatapai era la palabra que utilizaban para designar la mirada que se intercambian dos personas cuando ambas desean que la otra tome la iniciativa, pero ninguna quiere ser la primera. Se la suele citar como la palabra más concisa del mundo según el Libro Guinness de los Récords. El Yamana-English Dictionary, compilado por el misionero inglés Thomas Bridges a fines del siglo XIX, registra unas 32.000 entradas, formas y expresiones de esa lengua. Muchas de ellas designan situaciones o matices extremadamente sutiles que no se encuentran en otras lenguas como el sonido específico del agua corriendo bajo el hielo.

Con el arribo de misioneros y colonos, la forma de vida de ese pueblo se alteró y su lengua nativa fue siendo paulatinamente reemplazada. Al fallecer la abuela Cristina -a quien Chile había declarado Tesoro Humano Vivo en 2009- se apagó la última voz nativa plenamente competente de dicha lengua, capaz de nombrar al mundo con singulares matices.

Según una estimación difundida por la UNESCO, cada dos semanas desaparece una lengua; otros estudios recientes consideran que esa cifra podría ser demasiado elevada.

Sin transmisión intergeneracional, una lengua no subsiste. Las palabras, al no ser pronunciadas, se vuelven invisibles e inaudibles. Habla el silencio.

“La última clase” (La Dernière Classe) es un breve cuento de Alphonse Daudet publicado en 1873, en el cual un alumno cuenta lo que está sucediendo en su escuela después de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana (1870-1871). El relato describe la llegada tardía del alumno al aula y la vestimenta excepcional del maestro para aquella última clase de francés.

El maestro les comunica que ha llegado de Berlín una orden según la cual, a partir del día siguiente, en las escuelas de Alsacia y Lorena solo se enseñará alemán, y les anuncia que tendrán un nuevo maestro.

La clase transcurre bajo una gran emoción, mientras desde las ventanas del aula llegan los sonidos de las trompetas de los soldados prusianos que regresan de la instrucción. El maestro, profundamente conmovido, se levanta, pero no consigue pronunciar palabra. Se vuelve hacia la pizarra y escribe con todas sus fuerzas: ¡Vive la France! Después, apoya la cabeza contra la pared y, sin hablar, indica con un gesto que la clase ha terminado.

El cuadro de Magritte, expresando la soledad y el silencio

La escena imaginada por Daudet pertenece al pasado, pero un proceso similar se desarrolla hoy en las zonas de Ucrania ocupadas por Rusia. El invasor parece entender que la lengua de un pueblo es también un territorio para conquistar.

La política de las autoridades de ocupación procura desplazar el ucraniano y sustituirlo por el ruso. Más allá de los tanques, se valen de la escuela como instrumento e imponen planes de estudio rusos, retiran los libros de texto, bloquean plataformas educativas y literatura ucranianas y establecen vigilancia sobre las familias que intentan mantener dicha educación en línea.

Una misión de expertos de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), activada mediante el llamado Mecanismo de Moscú a iniciativa de 41 Estados participantes, presentó un informe el 9 de julio de 2026. Según sus conclusiones, el sistema de adoctrinamiento y militarización procura borrar la identidad nacional de los niños.

El control se extiende también a las comunicaciones digitales. En Crimea se inspeccionan teléfonos de alumnos y profesores en busca de aplicaciones prohibidas, servicios VPN, contenidos ucranianos o si se usan teclados configurados en dicha lengua, por lo que abarca no solo el ámbito escolar sino el familiar y personal.

Se imponen multas y sanciones como la privación de derechos parentales a quienes se niegan a enviar a sus hijos a escuelas administradas según el currículo ruso, con el ambicioso propósito de borrar la memoria, la identidad nacional y la idea de pertenencia, a través del silencio de su lengua.

China intenta subordinar el tibetano, el uigur y el mongol al mandarín, imponiéndolo en las escuelas con el fin de reforzar la integración nacional en las regiones habitadas por esas minorías. Human Rights Watch y expertos de Naciones Unidas han señalado que este sistema implica una asimilación forzosa que debilita la transmisión familiar de la lengua, la religión y las costumbres de sus mayores.

No se limita a sustituir los libros de matemáticas, ciencias e historia por manuales publicados únicamente en chino; también relega las lenguas locales a un uso complementario y recurre a internados para separar a los menores de sus comunidades.

Cuando regresan a sus hogares, los niños llevan consigo un bagaje de conocimientos impuestos y van perdiendo paulatinamente el dominio de la lengua familiar.

La interrupción de la transmisión generacional de una lengua culmina en su silencio.

El hebreo es la otra cara de la moneda de los idiomas que han sido o se hallan en proceso de ser fagocitados por otros. Es un caso histórico único en la humanidad de resiliencia lingüística, que demuestra que, si existe un elemento vinculante entre un pueblo y su lengua, esta encuentra motivo y modo de sobrevivencia.

A pesar de que durante siglos dejó de ser, para la mayoría de las comunidades judías, una lengua cotidiana y materna, continuó viva en la liturgia, el estudio y la escritura, para luego renacer como lengua viva y recuperado la transmisión intergeneracional.

Hoy es hablada por millones de personas y fue adoptada -y adaptada- por la literatura, el arte, el periodismo, la ciencia y la tecnología.

El resurgimiento tuvo detrás la decisión y el impulso del lexicógrafo Eliezer Ben-Yehuda, quien se trasladó a Jerusalén a finales del siglo XIX y sostenía que habitar la tierra de los antepasados requería también un idioma secular para la vida diaria. Comenzó con la educación de su hijo, Itamar Ben-Avi (nacido en 1882), evitándole toda conversación o contacto en otro idioma que el hebreo.

Según la tradición familiar, el niño tardó en hablar y pronunció sus primeras palabras en hebreo al presenciar una discusión entre sus padres, convirtiéndose así en el primer hablante del hebreo moderno y confirmando su progenitor el valor de su tenacidad para que el idioma pueda ser transmitido de una generación a otra.

El hebreo fue reconocido por el Mandato Británico, antes de la fundación del Estado de Israel en 1948, como una de las lenguas oficiales, -junto al inglés y el árabe. Pero fueron las escuelas el instrumento o vehículo fundamental para el aprendizaje por parte de los nuevos inmigrantes (aliyot), así como los propios niños que llevaron sus aprendizajes de la lengua desde la escuela al hogar.

Devuelto a la vida, el hebreo moderno no deja de asimilar y enriquecerse con las palabras que el mundo real le impone.

Hasta aquí hemos visto el silencio de las lenguas: las que dejan de hablarse y aquellas a las que no dejan hablar. Pero existe también el silencio que el ser humano elige.

Vivimos en medio del ruido: el de las calles, las pantallas, la música, del tráfico, los avisos, al punto que la OMS lo ha clasificado como el segundo factor ambiental más dañino para la salud después de la contaminación del aire.

Sin embargo, como Thomas Merton sostuvo, el problema del mundo moderno no es que haya demasiado ruido, sino que el hombre ha perdido la capacidad de estar solo consigo mismo.

Gesto del silencio

Para acallar el ruido exterior hay quienes buscan con denuedo el silencio. No el silencio absoluto como el de la cámara anecoica que Microsoft construyera en 2015, con una medición de nivel sonoro de -20,6 decibelios (inexistente en ningún entorno natural) que hace perceptibles sonidos corporales que normalmente no oímos. Es un silencio acústico, extremo y desconcertante.

Pero el silencio acústico no garantiza el silencio interior. El silencio al que nos referimos es íntimo, humano, espiritual, de práctica en ciertas comunidades monásticas -cartujos, trapenses, benedictinos- con formas, intensidades y matices diferentes.

En los cartujos el silencio y la soledad alcanzan una intensidad excepcional: realizan su vida, dentro de su comunidad en celdas individuales, y se reúnen solo para la oración común; el resto del tiempo observan el silencio. En los trapenses forma parte de la disciplina comunitaria y del camino espiritual. En los benedictinos se relaciona con la moderación de la palabra; es una disciplina del lenguaje.

Basta permanecer callado, calmo y concentrado durante sesenta segundos para rendir homenaje a quien ha dejado de existir o entregado su vida a una acción destacable. Es tanta la significación del gesto que huelga toda explicación, pues trasciende lenguas y culturas.

La tradición del minuto o los minutos de silencio como homenaje público se consolidó durante el período posterior a la Primera Guerra Mundial. En 1919, Jorge V propuso dos minutos de silencio para recordar a los caídos del Imperio británico.

En el reciente homenaje por el vigésimo quinto aniversario del 11-S se guardaron “siete momentos” de silencio, que en la práctica han durado un minuto cada uno.

El silencio es, en el caso, una forma de lenguaje universal sin palabras, que comunica colectivamente y que transmite significados: respeto, recogimiento, reverencia o solidaridad. Cuando habla el silencio, huelgan las palabras.

Uno de los gestos más conocidos para representar el silencio es apoyar el dedo índice sobre los labios. La imagen, que se ve en numerosos hospitales, maternidades y clínicas, nació de Juan Craichik en 1953, jefe de visitadores médicos de la empresa Taranto, al observar, en un hospital de Rosario, que una enfermera pedía repetidamente silencio en la sala de espera, sin conseguirlo. La empresa decidió llevar la idea adelante y eligió, entre varias modelos a Muriel Mercedes Wabney, cuyo rostro transmitía dulzura y autoridad. La fotografía alcanzó amplia difusión en el país y en el exterior, y la identidad de la modelo solo se conoció décadas después, por la tenaz investigación de un periodista del semanario Paralelo 38, de Bahía Blanca.

Un gesto elemental puede expresar visualmente lo que muchas palabras no consiguen transmitir. El silencio impuesto

La expresión “El silencio es salud” nació originalmente en una campaña contra la contaminación sonora de Buenos Aires. En 1974, el entonces intendente José Embrioni hizo instalar un cartel con ese lema en el Obelisco; en 1975, la frase seguía exhibida en el espacio público, antes del golpe militar.

Sin embargo, en el clima de violencia política y represión que precedió y siguió al golpe de 1976, el lema adquirió un sentido que ya no tenía relación con el ruido. En ese contexto, el silencio pasó a sugerir que era mejor no preguntar, no investigar y no denunciar aquello que el poder quería ocultar: los desaparecidos, los centros clandestinos de detención y los crímenes del régimen.

La expresión fue entendida entonces como una intimidación enmascarada bajo una apariencia inocente. El silencio ya no protegía la salud: protegía al régimen. Hablar podía ser peligroso; callar, en cambio, parecía lo más seguro.

Hoy, “El silencio es salud” sobrevive como una referencia de aquella época y como un lema siniestro que sintetiza la crueldad de un tiempo en que el miedo se hizo norma.

Existe también un silencio que nadie elige: el de quien quiere comunicarse y no encuentra interlocutor. El silencio de la soledad y de la incomunicación emocional pueden ser muy intensos y devastadores.

Los lazos sociales son una necesidad fundamental del ser humano desde su nacimiento y la misma se mantiene a todo lo largo de su vida. Su ausencia, en cambio, en las sociedades modernas es causa de enfermedades físicas y mentales que ocasionan intensos sufrimientos que padecen millones de personas en el mundo.

Simultáneamente al aumento de la esperanza de vida ocurre que un creciente número de personas al concluir su vida laboral pasan a padecer de aislamiento social con el agravante de sufrir dolencias propias del envejecimiento, cuyas familias se disgregan por distintos motivos e hijos que deben seguir sus propios destinos y ocupaciones. Faltos de la riqueza de todos esos vínculos se pierde hasta el sentido de la existencia.

¿Cómo se desarrolla una vida en un escenario de soledad y silencio que puede incluso prolongarse por décadas?

En Japón, cuya pirámide demográfica se ha desfigurado por el aumento de la población de mayor edad, diversos reportajes e investigaciones han documentado casos de personas mayores que cometen pequeños hurtos en supermercados de productos alimenticios o de higiene deliberadamente para provocar su detención.

Es más, incluso suelen alertar de la realización de sus acciones. Dichas personas no buscan únicamente comida, calefacción o atención médica: buscan también una estructura cotidiana y alguien con quien hablar. Para algunas de esas personas, la cárcel termina ofreciendo aquello que la sociedad exterior les niega.

“The Sound of Silence” es una canción escrita por Paul Simon en 1964, cuando tenía 21 años, y popularizada por Simon & Garfunkel. Su creador contó que solía retirarse al baño de la casa de sus padres, apagar la luz, tocar la guitarra y dejar correr el agua del grifo. El sonido se expandía por las paredes azulejadas y le resultaba tranquilizador. En la oscuridad, según su relato, encontraba un espacio para sí mismo.

La canción no habla del silencio como simple ausencia de ruido, sino de la incomunicación: de personas que hablan sin comunicarse y escuchan sin atender, hasta que nadie logra llegar al otro.

Los cantantes  Art Garfunkel y Paul Simon cantan los sonidos del silencio

Durante una presentación en Haarlem, Art Garfunkel explicó que la canción se refería a la incapacidad de las personas para comunicarse, especialmente en el plano emocional; a personas que ya no consiguen amarse ni hacer llegar al otro sus verdaderos sentimientos.

La letra describe una ciudad nocturna y una multitud rodeada de luces y mensajes que no presta atención a lo que está ocurriendo. Las palabras verdaderas quedan relegadas: hay voces, pero no diálogo, y nadie se atreve a romper ese silencio dominante que la indiferencia alimenta.

Aquí el silencio no es serenidad ni meditación. Es el silencio de una sociedad que no habla, no escucha o no quiere enfrentarse con lo que está sucediendo, y que se extiende y crece. Es un silencio -dice la canción- que “crece, crece como un cáncer”.

Hay otro silencio, diferente del de aquella canción, del que habla Thich Nhat Hanh en su libro Silencio. El poder de la quietud en un mundo ruidoso (Ediciones Urano).

Su autor -monje budista zen desde los dieciséis años- advierte que no solo existe el ruido exterior. También producen ruido nuestros pensamientos, preocupaciones, recuerdos, deseos, temores, conversaciones imaginarias y estímulos digitales.

Solemos describir el silencio como ausencia de sonido. Para Thich Nhat Hanh, sin embargo, cuando el ruido interior se aquieta empezamos a percibir sonidos que normalmente quedan ocultos: la respiración, la lluvia, los pájaros, la vida que permanece sepultada bajo nuestras preocupaciones. Para el monje budista, hacer silencio es aprender a escuchar.

Cuenta que, durante un retiro para jóvenes en Chiang Mai, al norte de Tailandia, se alojó en una cabaña cercana a un riachuelo rodeado de rocas. Allí oía continuamente el agua que caía y se deslizaba entre las piedras. Ese sonido permanente terminó revelándole, paradójicamente, la posibilidad de percibir el “sonido de la ausencia de sonido”.

Cree que el silencio es esencial, tan necesario como el aire que respiramos o la luz para las plantas. No consiste simplemente en que no haya sonidos, sino en una quietud mental y afectiva que aparece cuando cesa la agitación y nos permite escuchar lo que sucede en nosotros y a nuestro alrededor.

Ese silencio nos da la posibilidad de percibir la ausencia de sonido. Un silencio sin vacío ni ausencia

Shūsaku Endō escribió Silencio, novela publicada en 1966 y ambientada en el Japón del siglo XVII, durante la persecución de los cristianos. Su protagonista, el jesuita Sebastião Rodrigues, contempla la tortura de los creyentes.

¿Por qué calla Dios ante el sufrimiento de quienes son torturados y asesinados?, es la pregunta que atormenta al jesuita, junto a la duda de si debe mantener públicamente la fe mientras otros sufren, o renunciar a ella para evitar que continúe la tortura.

El silencio que describe Endō, frente al sufrimiento humano, es diferente de todos los anteriores: parece abandono, pero no lo es; parece ausencia, pero al final se revela como presencia.

Al final, Rodrigues recibe lo que interpreta como un susurro: “Yo no estaba callado. Sufría contigo”. Entonces comprende -o cree comprender- el silencio de Dios.

Aunque carece de voz y de palabras, el silencio habla. No tiene un significado único. Hay silencios impuestos, elegidos, padecidos, cómplices, gozosos, opresivos, reverenciales y protectores; silencios de soledad y de incomunicación, entre muchos otros. Todos callan, pero ninguno dice lo mismo. Son las circunstancias y el contexto los que les dan significado.

El silencio que deja la última hablante de una lengua no es el mismo que el elegido por un monje, el impuesto por el poder o el padecido por quien no tiene con quién hablar.

Para comprender un silencio necesitamos saber quién calla, por qué calla y ante quién. Nuestras vidas transcurren entre silencios. ¿Qué nos dicen los silencios que nos rodean? ¿Y qué dice el silencio que llevamos dentro?

Rubén Segal

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