Bullrich reclamó velocidad en los cambios para tener “economía familiar mucho más amable”
MAR DEL PLATA.– Mientras buena parte del poder político y empresario argentino se trasladó esta semana a París, Patricia Bullrich encontró en esta ciudad un escenario bastante menos concurrido de figuras nacionales y, por eso mismo, bastante más disponible. Llegó al Coloquio de IDEA rodeada de tantos custodios que, por un momento, hasta los organizadores tuvieron dificultades para moverse en su propio encuentro. De hecho, uno de ellos debió identificarse ante uno de los hombres de seguridad para conseguir pasar: “Soy el organizador”, explicó. Después, en conferencia de prensa, Bullrich pidió “velocidad” para que la mejora de la economía llegue a las familias y puso reparos a la estrategia oficial por la Ley de Tierras.
La senadora evitó presentar sus planteos como diferencias con el presidente Javier Milei. Ante una pregunta sobre las posiciones que marcó durante las últimas semanas, dijo que prefería mirarlas “desde otro ángulo” y sostuvo que intenta representar las preocupaciones de ciudadanos, empresas, trabajadores, estudiantes, pymes y comercios. “No lo miraría en contradicción con, sino en relación con la sociedad. Esa es la manera en que me ubico, en que me paro”, afirmó.
El diagnóstico económico, sin embargo, incluyó una demanda concreta. Bullrich sostuvo que, después de tres años de gobierno, es necesario que los cambios realizados comiencen a verificarse “en cada familia”. Y resumió la urgencia con una repetición deliberada: “Velocidad, velocidad en los cambios”. El objetivo, señaló, es que las reformas puedan mostrar rápidamente un horizonte para las empresas y terminar reflejándose en “una economía familiar mucho más amable”.
En IDEA, donde durante estos días se repitió el debate sobre una economía que parece avanzar a dos velocidades, Bullrich hizo su propia descripción de esa brecha. “No podemos tener la industria caída, la construcción caída, el comercio caído y, por otro lado, algunas economías del país, como pueden ser los hidrocarburos, la pesca, el agro y la minería, en porcentajes de crecimiento muy elevados”, planteó. “Tenemos que compatibilizar”, agregó.
Bullrich fue más cauta cuando le preguntaron si la Argentina atraviesa una recesión. No la descartó, pero tampoco afirmó que exista. “Hay que revisar números, ver qué pasa en los últimos trimestres, si esos trimestres son recesivos o no. Aún no están los números”, respondió. “Prefiero no opinar de un tema que no está todavía claro”, agregó.
Un rato más tarde le tocó subirse al escenario principal del encuentro. La sala volvió a llenarse, como había ocurrido con Luis Lacalle Pou y Javier Milei. Bullrich apareció con camisa blanca, saco y pantalón rojos y una escarapela argentina. La rodeaban diez pantallas: seis a los costados, dos reservadas a los patrocinadores y una horizontal que cumplía una función bastante menos solemne. Marcaba los minutos que le quedaban al panel. Cuando estuvo Milei, el contador permaneció clavado en cero durante bastante tiempo. Bullrich tampoco pareció demasiado intimidada por la aritmética: a los 13 minutos y 38 segundos el reloj ya había llegado a cero. La conversación siguió.
La moderaba Martín Galdeano, director de IDEA y presidente de Ford Sudamérica. El eje era la institucionalidad, pero Bullrich pronto lo llevó hacia uno de los asuntos que atravesó buena parte del Coloquio: cuánto falta para que las reformas económicas se conviertan en condiciones estables para invertir y producir. “El gran punto de la institucionalidad del país es que las leyes y la previsibilidad sean de largo plazo”, sostuvo. Puso como ejemplo el RIGI, que ofrece estabilidad durante 30 años, y planteó que esa lógica debería extenderse progresivamente al resto de la economía.
La discusión derivó, inevitablemente, hacia los impuestos. “Me la paso hablando de impuestos”, comentó Galdeano. “¿Acá?”, preguntó Bullrich, que había entendido que se refería al Coloquio. La aclaración provocó el pequeño equívoco: “No, en todos lados”. Fue uno de los momentos de distensión de una exposición que terminó dedicando una porción considerable a la cuestión tributaria. Bullrich sostuvo que una baja de impuestos nacionales pierde parte de su efecto si después una provincia aumenta sus tributos o un municipio incrementa sus tasas. “Eso tiene que ser cooperación federal”, afirmó.
Pero fue al hablar del sistema previsional cuando avanzó sobre una de sus propuestas más profundas. Según Bullrich, la Argentina conserva un régimen pensado para un mundo laboral que ya no existe: aquel en el que una persona ingresaba a una empresa, permanecía allí durante décadas y se jubilaba después de una vida de aportes formales. Hoy, dijo, hay seis millones de trabajadores formales, cuatro millones de monotributistas y entre 40% y 45% de informalidad. Su conclusión fue terminante: “El sistema no va más”.
Bullrich propuso “pensar hacia adelante” un esquema diferente. Una parte de la jubilación tendría una base financiada mediante impuestos generales y otra surgiría de un ahorro previsional que podría acordarse, por ejemplo, a través de convenios colectivos. Su razonamiento parte de otro dato que mencionó ante los empresarios: según afirmó, actualmente alrededor del 70% de las jubilaciones se financia con impuestos generales y solo el 30% con recursos propios del sistema.
La idea tocó además uno de los nervios del auditorio: los impuestos al trabajo. Allí llegó uno de los cuatro aplausos que recibió durante la conversación. Desde algún lugar de la sala, alguien consideró que se lo había ganado y lo dijo en voz alta. Bullrich había planteado que el desafío es construir un sistema en el que estar dentro de la formalidad no resulte menos conveniente que permanecer afuera. “Si te conviene más estar afuera que adentro, lo que vas a terminar teniendo va a ser siempre esta dualidad”, sostuvo.
Hasta hubo tiempo para una pequeña digresión semántica. Al referirse a la legislación laboral, mencionó una cuenta identificada con la sigla FAL. “Un nombre un poquito violento, FAL”, bromeó, y despertó risas. Para entonces, el contador que debía disciplinar la conversación hacía varios minutos que estaba en cero.
La propuesta tributaria fue más allá de la Nación. Bullrich planteó que provincias y municipios deberían acompañar la reducción de la carga impositiva y propuso hacerlo mediante una fórmula que ella misma resumió con una imagen clásica: “zanahoria” y “látigo”. En términos concretos, habló de premios para las jurisdicciones que reduzcan impuestos y tasas, y castigos para aquellas que no lo hagan. “Yo te doy premio si bajás tasas y te castigo si no lo hacés”, explicó.
El razonamiento la llevó todavía más lejos. Bullrich cuestionó que la coparticipación automática conserve distribuciones independientemente de cuánto haya crecido o cambiado cada provincia y dijo que es una discusión que “en algún momento” debería darse. Admitió que tocar el esquema plantea un problema constitucional, pero mencionó una alternativa: recurrir a un sistema de enmiendas que permita abrir la Constitución únicamente para discutir un asunto específico, sin embarcarse necesariamente en una reforma general.
Antes, durante la conferencia de prensa, había introducido también un matiz respecto de la estrategia oficial por la Ley de Tierras. Bullrich sostuvo que, mientras continúa en la Justicia la discusión vinculada al capítulo del DNU, avanzar simultáneamente con una ley en el Congreso puede terminar debilitando el propio instrumento del Gobierno. “Estas cosas es como que hay que pensarlas dos veces. ¿Para qué vas a mandar una ley si todavía estás en la Justicia con la constitucionalidad o no de ese capítulo de la Ley de Tierras?”, preguntó.
Bullrich llevó después el argumento más allá de la discusión jurídica. Dijo que el país necesita evitar la dinámica de avances y retrocesos y defendió “el principio de la continuidad de los actos”.
“Tratar de no entrar con un martillo a romper todo lo que hizo el anterior”, sostuvo. Su planteo, aclaró, no apunta a retroceder sobre las reformas que considera positivas, sino a cuidar la forma en que se consolidan.
La conferencia había dejado también abierta una pregunta política que circuló durante estos días por los pasillos del Coloquio: cuál será el lugar de Bullrich en 2027. Consultada sobre una eventual candidatura presidencial, evitó proyectarse y recordó que acaba de ser elegida senadora por seis años. Antes había dicho que “lo importante” es que el proyecto actual pueda continuar, aunque reconoció que tanto las alianzas como la futura oferta electoral “aún están en veremos”.
En el escenario, en cambio, evitó casi por completo la especulación electoral. Habló de jubilaciones, impuestos, justicia, empresas, provincias y municipios. Pero la agenda de Bullrich en Mar del Plata no terminaba allí. Al salir del Sheraton, la esperaba un almuerzo reservado en el Costa Galana con algunos de los principales empresarios que participan del Coloquio. Sin cámaras, sin periodistas y, esta vez, sin una pantalla que marcara los minutos restantes. Entre los hombres de negocios quedaban preguntas que apenas habían asomado en público: su relación con Milei, las diferencias que marcó en las últimas semanas y, sobre todo, qué lugar imagina para sí misma cuando llegue 2027.
Tras su exposición en IDEA, Bullrich encabezó un almuerzo reservado con empresarios en el Hotel Costa Galana. La exministra de Seguridad se reunió con cerca de 40 representantes del mundo de los negocios en el Salón Juan de Garay, ubicado en el primer piso del hotel y con vista al mar.
El encuentro estuvo acompañado por un menú diseñado por el chef Mauro Trinarolli. Como entrada se sirvió una ensalada montada de hojas verdes, jamón serrano, tomates confitados, calabazas y zucchinis asados, láminas de Pategrás y focaccia crocante. El plato principal fue pescado blanco con costra de hierbas, acompañado por un cremoso de cabutia, puerros estofados y salsa de cítricos y naranjas. El almuerzo terminó con un postre de tiramisú de limón y maracuyá, biscuit de té verde y namelaka de mango.
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