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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

Libros ¿prestar o no prestar?

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Los libros no se prestan, leí en un tuit con aires de mandamiento, de serás lo que debas ser o no serás nada. Entonces, hice lo que no hay que hacer: respondí. Pero, como suele ocurrir en las redes, la réplica del autor fue todavía más fanática: se regalan, no se prestan. La idea era que si uno quiere compartir un libro, lo que debe hacer es comprar un nuevo ejemplar. De esa manera —entendí— uno no es tocado más que en su bolsillo. Pero para mí, prestar es un acto íntimo porque los libros que uno necesita compartir están vivos. Dar no solo el libro, sino un pedazo de uno. Dar algo que sigue siendo propio en manos del otro que leerá sobre nuestra lectura y al devolverlo, entregará, a su vez, la suya junto con el libro que ahora guarda las partículas de ambos y tantas como lectores haya tenido. Los libros leídos también contienen multitudes.

Cuando estaba embarazada de mi hijo mayor, después de haber perdido un embarazo avanzado, estaba aterrada. Mi nueva obstetra era una mujer ruda pero, a su modo, cariñosa y lectora de premios Nobel. Me había indicado reposo absoluto y en cada consulta, me recomendaba libracos. Eso tenés que leer vos —decía— libracos, y mostraba el tamaño con la mano acompañándolo con una mueca que me daba a entender: si estás todo el día en la cama. Para su cumpleaños se me ocurrió que un libro sería el regalo perfecto. Algunos años antes, yo había leído El mundo, del español Juan José Millás: una novela que me había alentado a creer en mi propia escritura a partir del relato de cómo él se había convertido en escritor. En aquellos meses, yo me estaba convirtiendo en madre, algo que venía bastante accidentado por cierto. Le voy a regalar El mundo, pensé y quise comprar el ejemplar. Pero resultó que estaba agotado y yo quería regalarle ese libro, no El proceso o La metamorfosis, así que decidí regalarle mi ejemplar.

Muchos meses después, cuando mi hijo ya había nacido sano y salvo, en buena medida gracias a mi obstetra, conseguí un nuevo ejemplar de El mundo. No quería volver a leerlo, necesitaba tenerlo. Cuando me subí al auto, ya sin panza desde hacía meses y recobrada no solo la movilidad sino también mi capacidad de pensar con cierta lucidez, apoyé el ejemplar sobre el asiento del acompañante y recién ahí, entendí: El mundo. Había entregado mi mundo, a cambio de que me ayudara con la llegada de mi hijo a esta vida llena de riesgos y cosas sin terminar, donde somos lo que podemos y eso siempre es algo más que nada, solo hay que saber leerlo. Y para eso, queridos lectores, está la literatura. Entonces, insisto: los libros se prestan aún a riesgo de que terminen en la basura como hizo una querida alumna con un ejemplar prestado de Cincuenta sombras de Grey. Aun a riesgo de que no sean devueltos y que los otros se queden con un pedazo de uno. Acaso qué otra cosa hacemos al leer sino es quedarnos con un pedazo del otro para ser nosotros a su vez.

Natalia Zito

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