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infobae.com · hace 15 horas · Pilar Rahola

Bardem y la judía mala

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¿En qué momento de extraña inconsciencia aceptamos que los Bardem y las Sarandon de turno decidieran qué se puede pensar y qué se puede opinar? ¿Cuándo permitimos que los groupies de moda al estilo Swifties Against Genocide se convirtieran en la nueva inquisición del pensamiento? ¿Qué delirio nos llevó a creer que los Macklemore cualquiera eran cualificados expertos en geopolítica? ¿Qué brújula ética rota nos hizo suponer que todos estos fueran los guardianes de la moral ideológica?

Se está creando una nueva Stasi de las ideas que se ha autonombrado como censora universal de la libertad de expresión. Una Stasi que habita fuera de las reglas de juego que nos hemos impuesto como civilización, indiferente a las leyes que marcan los límites del juego democrático. Por supuesto, toda esa marabunta de dioses menores coincide en dos principios básicos. El primero: profesar la nueva religión del palestinismo, cuya fe obliga a practicar contra el estado hebreo un odio puro, sin matices ni ambages. Y el segundo: negar que sean los principales responsables del odio judeófobo que campa por el territorio viral sin ningún sentido, ni control. Por supuesto, todos repiten la vieja letanía del “amigo judío” que les impide ser antisemitas, porque lo suyo es el antisionismo y bla, bla, bla. Lo cual es una contradictio in terminis, porque ser antisionista es negar el derecho de Israel a su existencia, es decir, negar al pueblo judío, sometido a la persecución secular y al intento masivo de exterminio, la posibilidad de tener un escudo que los defienda. No nos vendan el pescado podrido: convertir a Israel en la madre de todas las maldades, focalizar todos los conflictos del mundo en uno solo, negar las razones de Israel para defenderse y banalizar las atrocidades del terrorismo solo tiene un viejo, conocido y letal nombre: antisemitismo. Como metáfora, el aberrante ejemplo del gobierno español, que se niega a coincidir con Israel en el festival musical de Eurovisión, pero se siente feliz con la compañía de Irán en el mundial de fútbol. Negar el antisemitismo de todas estas prácticas es una tomadura de pelo monumental que no aguanta ni un segundo de reflexión. Solo hace falta observar cómo han aumentado las agresiones contra los judíos en todo el mundo para entender de dónde surge la fuente que alimenta al odio.

Sin embargo, todo lo que está ocurriendo no se queda solo en el antisemitismo, porque la censura y el boicot contra determinadas personas públicas no solo es por su condición judía, lo cual es muy relevante, sino por las ideas que defienden, más allá de su identidad. De ahí que algunos que no somos judíos, suframos el mismo boicot. Es decir, no solamente son judíos, sino que se perciben como “judíos malos”, y es ahí donde el mundo se divide entre el director de Naza Yuval Abraham y la cantante Pink. Es decir, entre el judío bueno que hace una película contra el ejército de Israel y defiende de las tesis de los gurús anti israelíes, y la judía mala que recuerda el drama del 7 de octubre y afea el negacionismo del Free Palestine. El caso de la escritora argentina Ariana Harwicz es especialmente significativo. A pesar de que su condición judía, expresada sin complejos ni tapujos, pesa a la hora de tomar partido en estos tiempos maniqueos y desquiciados, lo cierto es que la persiguieron no por ser judía, sino “judía mala”. Si Harwicz hubiera comprado las tesis del “genocidio” y sus declaraciones hubieran pasado el filtro del “bardenismo” (Bardem crea escuela), habría sido presentada con loor de multitudes y los 25 minutos de aplausos para Naza en Venecia se habrían quedado cortos. Pero Harwicz tenía opinión propia, se había pronunciado en contra del boicot cultural a Israel y sus declaraciones fueron inmediatamente tipificadas como “justificación del genocidio”, una vez queda impuesto y fuera de todo debate, el concepto del genocidio. Este es el punto: Harwicz pensaba libremente sobre el conflicto, y está prohibido tener otra opinión que no sea la que imponen los gurús de la censura. Por cierto, en este punto, caiga para siempre la vergüenza sobre Camila Sosa Villada y el resto de compatriotas de Ariana Harwicz que han defendido el boicot.

La escuela de Bardem, es decir el “bardenismo”, no persigue a los judíos en general. Para eso ya están los miles de descerebrados cuya diarrea mental se esparce por las redes, las universidades, los campos de fútbol, los discursos políticos y por tantos otros rincones oscuros. Lo que persigue el bardenismo es la libertad de pensar, de interrogarse y de llegar a conclusiones que no cuadran con el pensamiento único impuesto. El proceso para derrotar el pensamiento libre es preciso y minucioso: primero se niega toda complejidad al conflicto. Simplificada y vulgarizada la situación, se impone una conclusión cerrada que no admite discusión: la guerra no es una guerra, es un genocidio. Y con las palabras mayores impuestas por doquier, sin pruebas, ni sentencias, ni nada que lo avala, se persigue a quien no acepte la conclusión como una fe inamovible. A Harwicz y a Pink y a muchos otros se les ha puesto la estrella de David en el brazo no solo por ser judíos -que ya es un plus-, sino por no convertirse en delatoras del estado que nació para defenderlas. Al judío público, a las Pink y las Harwicz se las obliga a pronunciarse en contra de Israel, como una penitencia para perdonar su judeidad. El judío domesticado es el único judío bueno. Pero si ese mismo judío habla del 7 de octubre, del terrorismo, del derecho a la defensa, del antisemitismo que sufre, y alza la voz propia contra el pensamiento impuesto, entonces es el judío malo: un señalado, un apestado, un proscrito.

Javier Bardem, Susan Sarandon, el sabio Macklemore, los ruidosos Swifties del Against Genocide, son la nueva policía del pensamiento, herederos de todos los inquisidores de todos los tiempos que intentaron matar el derecho a pensar, a disentir y a atreverse a expresarlo. Se venden como almas solidarias, pero son vulgares censores, tan cobardes, que necesitan imponer, perseguir y señalar, antes de admitir el debate. Son simplemente lo que parecen: una policía religiosa adscrita a la nueva fe del palestinismo.

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