Vivimos más años, pero todavía no aprendimos a envejecer
Cada 1° de octubre, el Día Internacional de las Personas Mayores nos invita a hablar de envejecimiento. Pero también puede ser una buena oportunidad para hacernos una pregunta: ¿aprendimos realmente a envejecer?
Vivimos más años. Y eso es, sin dudas, uno de los grandes avances de la humanidad.
La medicina, la tecnología y las mejores condiciones de vida hicieron posible que lleguemos a edades que hasta hace pocas generaciones eran excepcionales. Muchas enfermedades que antes eran graves o mortales hoy pueden prevenirse, tratarse o controlarse.
No estamos viviendo una juventud más larga. Estamos viviendo una vejez más extensa.
Y una vejez más extensa y exitosa requiere algo más que buenos sistemas de salud. Requiere que revisemos algunas ideas con las que todavía pensamos el envejecimiento.
Una de ellas es la autonomía: sencillamente, decidir qué quiero hacer y poder hacerlo.
Una persona puede decidir viajar, organizar su viaje y hacerlo en transporte público o con asistencia. El hecho de que no pueda conducir no le quita autonomía. El apoyo no reemplaza la decisión. Todo lo contrario: permite llevarla adelante. Eso es lo que llamamos autonomía con apoyos.
Los apoyos aparecen cuando necesitamos de otra persona, de una herramienta, de una adaptación o de un recurso para poder hacer aquello que decidimos hacer.
Esta distinción es especialmente importante cuando hablamos de envejecimiento. Porque necesitar un apoyo no significa ser menos autónomo. Lo que importa es conservar la capacidad de decidir sobre la propia vida y contar con los recursos necesarios para poder llevar esas decisiones adelante.
Los cuidados, en cambio, aparecen cuando una persona atraviesa una situación en la que necesita asistencia para realizar determinadas actividades.
Cuidar es estar al lado, asistir mientras hace falta y dejar de hacerlo cuando esa asistencia ya no es necesaria.
El objetivo del cuidado no debería ser generar dependencia, sino acompañar a la persona mientras lo necesita, preservando —y cuando sea posible recuperando— su autonomía.
Esta mirada también nos ayuda a entender cuál debería ser el lugar del sistema sanitario.
Tenemos un sistema de salud extraordinariamente valioso. Pero ningún sistema sanitario, por bueno que sea, puede resolver por sí solo todas las necesidades de una población que vive cada vez más años, porque la vejez no es una enfermedad: es un capítulo más en nuestra historia de vida.
Si pretendemos que cada necesidad que aparece con el paso del tiempo sea resuelta por el sistema de salud, lo vamos a saturar.
Una adaptación en la vivienda, una ayuda técnica, un acompañamiento, una red familiar o comunitaria pueden ser tan importantes para sostener la autonomía como una intervención profesional.
La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización pueden mejorar procesos, anticipar problemas, facilitar información y hacer más eficientes muchos servicios.
Pero hay algo que la tecnología difícilmente pueda reemplazar: la presencia humana.
Es entender que delante nuestro no hay un diagnóstico, una patología ni un grado de dependencia.
No como sentimentalismo, sino como una forma concreta de entender el cuidado: estar al lado de alguien, reconocer su historia, respetar sus decisiones y asistirlo cuando lo necesita, sin quitarle aquello que todavía puede hacer por sí mismo.
No solamente conseguir que vivamos más, sino construir las condiciones para que esos años puedan ser vividos con autonomía, con los apoyos necesarios y con los cuidados adecuados cuando hagan falta.
Debería significar poder seguir siendo uno mismo, aun cuando a veces necesitemos de los demás.
Vivimos más años que nunca. Ahora tenemos que aprender a vivir mejor esos años.