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clarin.com · hace 23 horas · Clarin.com - Home

La infraestructura de la información y el nuevo tablero de la geopolítica

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Vivimos en una época en la que los mapas tradicionales del poder internacional han dejado de ser útiles. Las certezas políticas y diplomáticas que durante décadas estructuraron el sistema internacional se desvanecen frente a nuestras coordenadas actuales, dominadas por tensiones geopolíticas y una profunda reconfiguración de las alianzas estratégicas.

En este escenario, las grandes potencias ya no compiten únicamente por el control territorial, el petróleo o los yacimientos de litio; la batalla más disputada se libra por el dominio de la infraestructura de la información y los flujos de datos. El mundo se asemeja a un territorio inexplorado donde las viejas brújulas ya no funcionan y la urgencia por comprender el rumbo se ha convertido en una necesidad fundamental para las sociedades contemporáneas.

Analizar las relaciones internacionales hoy exige mucho más que la simple observación de los hechos; demanda descifrar las corrientes subterráneas que mueven la diplomacia global. Cada disputa por la hegemonía digital, cada crisis diplomática y cada reajuste de bloques de poder rediseña las fronteras invisibles del nuevo orden mundial.

Sin embargo, este ejercicio de interpretación se encuentra constantemente amenazado por un ecosistema digital tóxico, donde la proliferación deliberada de fake news y la polarización extrema son alimentadas por algoritmos diseñados para premiar el escándalo, fracturar el tejido social y aislar a los ciudadanos en trincheras ideológicas impermeables al diálogo.

La eficacia de los regímenes autocráticos modernos no reside en el silenciamiento absoluto, sino en la gestión estratégica del ruido. Tal como señalan Sergei Guriev y Daniel Treisman en su libro Spin Dictators: The Changing Face of Tyranny in the 21st Century, el autoritarismo del siglo XXI ha mutado: en lugar de recurrir al costo político de la censura directa o la violencia explícita y la represión sistemática, han perfeccionado la técnica de inundar el ecosistema digital con un volumen inmanejable de información sesgada, noticias falsas y contenidos automatizados.

Esta opacidad no es un vacío, sino una construcción deliberada. El objetivo no es prohibir la lectura de voces críticas, sino crear condiciones tales que, en un océano de desinformación, el ciudadano sea incapaz de distinguir la verdad de la narrativa oficial, convirtiendo el debate público en un ejercicio fútil.

De esta manera, al saturar la infraestructura de la información, estos regímenes logran que la verdad quede enterrada bajo capas de banalidad, volviendo irrelevante cualquier disidencia. Así es como el sharp power no opera mediante el bloqueo del acceso a la información, sino mediante la manipulación de la atención, transformando la libertad de expresión en un activo inútil al diluir la capacidad de las sociedades para sostener un juicio crítico e informado.

Esta realidad se ve confirmada por investigaciones de organizaciones como Probox, las cuales han documentado cómo la polarización en las redes sociales no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de operaciones de influencia coordinada.

El alcance de estas estructuras es cada vez más transnacional: un reciente informe de la Digital News Association ha revelado una compleja red de desinformación respaldada por Rusia que opera en ocho países latinoamericanos, donde más de 1.000 creadores de contenido han sido capacitados para amplificar narrativas que buscan erosionar la confianza institucional mediante el 'lavado de narrativas' y teorías conspirativas.

Este modus operandi se refleja claramente en el monitoreo que ProBox realizó sobre las elecciones en Colombia, donde identificó que diversos medios extranjeros -con vínculos estatales en Rusia, China y Latinoamérica- concentraron sus esfuerzos en amplificar denuncias de fraude y cuestionamientos al sistema de preconteo para deslegitimar los mecanismos institucionales.

Las autocracias modernas han aprendido que el poder se ejerce mediante el control de la arquitectura digital y la manipulación deliberada de la atención, erosionando así los cimientos de la libertad desde adentro.

Como puente entre la teoría y la realidad, el pensamiento crítico se consolida como la herramienta fundamental para desentrañar las capas de manipulación que opacan -o impiden- el debate público.

En definitiva, descifrar este mundo en transición requiere asumir la responsabilidad intelectual de examinar las estructuras del poder global sin atajos ni simplificaciones. Como advierten Guriev y Treisman, la tiranía del siglo XXI no exige lealtad, sino indiferencia hacia la verdad. Solo a través de una mirada lúcida, libre de dogmatismos y basada en la evidencia, es posible iluminar las zonas oscuras de la geopolítica contemporánea y ofrecer a nuestras sociedades las claves de lectura necesarias para recuperar la capacidad de entender el presente y anticipar el porvenir.

Constanza Mazzina

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