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perfil.com · hace 1 hora · Horacio Sánchez de Loria* y Roberto Dante Flores**

La conciencia moral de la IA, en medio de una lucha geopolítica

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La denominada inteligencia artificial (IA), sus riesgos y promesas están en la portada de todos los medios. Su uso es una parte importante en las políticas de Estado de las grandes potencias; presentes en los procesos de decisión, en la comunicación, en la gestión y el control social, cuyas consecuencias están a la vista.

Pero la IA ¿es verdadera inteligencia? Dado que el lenguaje humano se constituye en forma colectiva —y es imposible dejar de lado los nombres impuestos en la sociedad—conviene evitar ciertos equívocos que tienden a equiparar esta inteligencia a la humana.

En el ser humano la inteligencia y la razón no son facultades separadas. El intellectus se refiere a la intuición para captar la verdad de las cosas, mientras la ratio se refiere al razonamiento que conduce al juicio. Por lo tanto, razón e intelecto son dos aspectos de un mismo acto.

Los sistemas algorítmicos imitan ciertas funciones de la inteligencia humana y en ocasiones la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Sin embargo, estas ventajas están supeditadas exclusivamente al procesamiento de datos. Los grados de automatización expuestos no significan un sentido pleno de decisión, no viven una experiencia, no experimentan emociones.

Las ventajas de velocidad y cálculo están supeditadas exclusivamente al procesamiento de datos; no significan un sentido pleno de decisión"

Por supuesto no tienen una conciencia moral, no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero desconocen lo que producen.

Suele decirse que los instrumentos aprenden, aunqueno lo hacen al modo humano. Expresan adaptaciones estadísticas a partir de datos y retroalimentaciones, muy eficaces instrumentalmente por su práctica velocidad con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, datos concretos y formas de asistencia.

No obstante, también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado, a buscar respuestas rápidas, debilitando nuestro juicio personal y creativo.

No podemos olvidar que sus respuestas reflejan parámetros culturales, sesgos ideológicos solapados bajo una presentación de objetividad. Confiar a un algoritmo la capacidad de seleccionar quien es digno y quién no lo es, significa abandonar todo compromiso moral y por lo tanto político.

Los humanos si bien no son irracionales, a menudo necesitan ayuda para emitir juicios más precisos y tomar mejores decisiones; en algunos casos, las políticas y las instituciones pueden brindar esa ayuda. Por el contrario, según la Escuela de economía de Chicago, la racionalidad humana es tal que resulta innecesario, e incluso inmoral, proteger a las personas de sus propias decisiones.

Sin gestión adecuada, la IA podría aumentar las desigualdades entre países, personas y sistemas de gobierno;Trump parece promover esa desigualdad"

Las personas racionales deben ser libres y responsables de cuidarse a sí mismas, fundamento intelectual del enfoque libertario sobre las políticas públicas (D. Kahneman, 2011). Esto es coherente con las afirmaciones del presidente Donald Trump, quien restó importancia a las advertencias de Anthropic, OpenAI y Google, empresas reclamantes de cierta regulación ante los riesgos por la velocidad con la que avanza esta tecnología. El argumento trumpista supone que la falta de control estadounidense permitiría mantener su liderazgo mundial en IA.

La historia nos enseña otros momentos de cambios tecnológicos, cuando surgieron disputas entre modelos. Hoy la diferencia radica en que la tensión pasó al terreno geopolítico. Sin gestión adecuada, la IA podría aumentar las desigualdades entre países, personas y sistemas de gobierno. Trump parece promover esa desigualdad.

También es necesario analizar el impacto ambiental generado por los procesadores tecnológicos; debido a la gran cantidad de agua y energía consumidos, y a la emisión de gases hacia la atmósfera, cuyo efecto invernadero sobrecalienta el planeta.

Frente a esta amenaza, más de 190 países han adoptado una serie de recomendaciones sobre el uso ético de la IA, e incluso algunos poseen legislación para atenuar el impacto de la IA. Sin embargo, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que esas políticas son insuficientes y deberían estar articuladas para lograr efectos planetarios.

La actual debilidad de las Naciones Unidas y del sistema político internacional revelan la urgente necesidad de acuerdos entre las naciones, señala el pontífice León XIV. Sólo así se podrá reconstruir el multilateralismo, donde las nuevas tecnologías, orientadas en valores éticos compartidos, tiendan al verdadero bien común.

Preocupación en las aulas.