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lanacion.com.ar · hace 1 hora · Diego Yañez Martínez

El riesgo de convertirse en una “colonia digital”: la fuerte advertencia para la Argentina

LA NACION

MAR DEL PLATA.- En la carrera mundial por la inteligencia artificial hay países que construyen la tecnología, países que escriben sus reglas y países que, simplemente, terminan utilizándola. Para estos últimos, Mark Esposito eligió una expresión menos amable: corren el riesgo de convertirse en “colonias digitales”. Y ante los empresarios reunidos en el 62° Coloquio de IDEA advirtió que la Argentina todavía está a tiempo de elegir otro camino.

Esposito, profesor de Política Tecnológica en Northeastern University, Faculty Associate del Berkman Klein Center de Harvard University y economista jefe de micro1, habló de inteligencia artificial, pero dedicó buena parte de su exposición a aquello que viene antes de la inteligencia artificial. Energía. Redes. Centros de datos. Agua. Minerales. Talento. La tecnología puede parecer inmaterial hasta que llega la factura de electricidad.

“Energía primero, datos después, IA tercero”, resumió. Alterar ese orden, sostuvo, deja a los países con grandes anuncios y pocas posibilidades de concretarlos. “No hay nada más frustrante que tener un anuncio que después no puede ser acompañado por el respaldo necesario”, dijo. Para Esposito, muchos gobiernos descubren demasiado tarde “la diferencia entre lo que deseamos y lo que podemos hacer”.

Mark Esposito, profesor de Política Tecnológica en Northeastern University, Faculty Associate del Berkman Klein Center de Harvard University y economista jefe de micro1

El planteo adquirió particular relevancia para la Argentina. Esposito mencionó los proyectos para instalar centros de datos en el país y formuló una pregunta previa: “No se trata solamente de la voluntad política de tener centros de datos. ¿Tenemos la infraestructura para esos centros de datos?”. La demanda energética de la inteligencia artificial, explicó, obligará a ampliar tanto la generación como las redes capaces de transportarla. Sin ese esqueleto, la sofisticación tecnológica sirve de bastante poco.

Fue entonces cuando introdujo el concepto de “colonia digital”. Son los países que no consiguen navegar simultáneamente la transición energética, tecnológica y geopolítica; que temen abrir y utilizar sus datos, no desarrollan infraestructura propia y terminan adoptando una posición defensiva frente a una transformación que, de todos modos, ocurre. “¿Es usted un país que actualmente ejerce capacidad de decisión?”, preguntó. No hacerlo, sostuvo, conduce naturalmente hacia una dependencia tecnológica sin demasiada capacidad para establecer las condiciones.

“Este no es el tipo de futuro que uno quiere para ningún país”, dijo. Pero enseguida hizo una salvedad sobre la Argentina. “Si este fuera un país que no tiene ninguna posibilidad, nunca haría una presentación como esta. ¿Por qué deprimirlos más de lo necesario? La vida ya es suficientemente difícil”, bromeó. Cuando comenzó a estudiar el caso argentino, explicó, llegó a una conclusión distinta: “Tal vez todo lo que necesito hacer es mostrarles lo que tienen alrededor y que necesita ser movilizado en una determinada dirección”.

“Energía primero, datos después, IA tercero”, resumió Mark Esposito durante su charla

¿Qué encontró? Capital humano con formación técnica, recursos minerales, disponibilidad energética y una sociedad con un grado significativo de adopción digital. También una democracia, una característica que Esposito consideró relevante para construir la confianza necesaria para sostener una transformación que necesariamente excederá el mandato de un gobierno. “Este es un país que tiene oportunidades”, afirmó. Y añadió una definición algo menos entusiasta, acaso por eso más útil: “Su punto de partida es creíble”.

La cuestión, según Esposito, es qué hacer con esos recursos. Un mineral puede ser simplemente algo que un país extrae y vende o puede convertirse en un instrumento de negociación. Para explicar la diferencia recurrió a China y a su posición dominante en las tierras raras frente a Estados Unidos. Pekín, señaló, entendió que el acceso a determinados recursos podía utilizarse como “una forma de influencia” y modificó con ello los términos de su discusión comercial con Washington.

La pregunta que trasladó a la Argentina fue sencilla: ¿puede empezar a pensar sus recursos como una fuente de poder y no solamente de dependencia? En el nuevo orden tecnológico, explicó, la inteligencia artificial no consiste únicamente en software. Necesita chips, minerales, energía, centros de datos y agua. Quien controla alguno de esos componentes conserva una carta en una negociación en la que no todos los países llegaron con las mismas.

Mark Esposito, profesor de Política Tecnológica en Northeastern University, Faculty Associate del Berkman Klein Center de Harvard University y economista jefe de micro1

Esposito llamó a ese proceso la “triple transición”. La primera dimensión es la inteligencia artificial y los datos. La segunda, la energía y la infraestructura necesarias para sostenerlos. La tercera es geopolítica: decidir qué lugar pretende ocupar cada país en un escenario internacional que ya no está organizado simplemente alrededor de dos bloques y en el que las alianzas son cada vez más móviles.

Hay además una dimensión menos glamorosa de los centros de datos. Necesitan agua para refrigerarse, consumen enormes cantidades de energía y modifican las comunidades donde se instalan. “Los centros de datos transforman el paisaje. No siempre son actores benévolos. No necesariamente se convierten inmediatamente en generadores de empleo”, advirtió. Antes de recibir inversiones multimillonarias, sostuvo, un país debe preguntarse si puede sostenerlas y si las comunidades están preparadas para hacerlo.

A los empresarios les reservó otra advertencia. La adopción de inteligencia artificial no debería medirse por la fascinación con el último modelo disponible. “No vayan detrás de la velocidad o de los nombres sofisticados. Vayan detrás de la adopción, la penetración y la expansión horizontal”, dijo. De poco sirve, explicó, tener una conversación sofisticada sobre IA en la sede central de una compañía si la tecnología no alcanza después a sus operaciones, sus proveedores y su cadena productiva.

La adopción de inteligencia artificial no debería medirse por la fascinación con el último modelo disponible, sostuvo Mark Esposito

Para la Argentina imaginó incluso un lugar posible: convertirse en “un puente regional confiable”. No lo presentó como un destino inevitable. El país todavía aparece por debajo del promedio de la OCDE en distintos indicadores y necesita mejorar su infraestructura y sus capacidades. Pero Esposito insistió en que no empieza desde cero. Agricultura, servicios públicos, educación y salud podrían funcionar, según su planteo, como terrenos iniciales para demostrar que la inteligencia artificial produce beneficios concretos antes de intentar llevarla a una escala mayor.

Dejó finalmente una tarea con plazo: 24 meses. Definir reglas, decidir qué papel quiere ocupar el país, lanzar proyectos piloto, probar, equivocarse, reunir datos, construir redes y, después, institucionalizar aquello que funcione. Esposito había empezado describiendo un mundo en el que apenas un puñado de países participa realmente de la elaboración de las reglas tecnológicas. Terminó invitando a la Argentina a intentar sentarse en esa mesa. Había dejado antes una frase menos tecnológica que todas las demás y acaso más incómoda: “La esperanza nunca es una estrategia”.

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