Por qué abrir una escuela si nacen menos chicos
En apenas una década, la cantidad de nacimientos en la Argentina cayó casi a la mitad. No es un fenómeno aislado: ocurre en sociedades muy distintas y ya empieza a transformar la educación, la salud, el trabajo y los sistemas previsionales.
En las escuelas, el cambio comienza a hacerse visible. Algunas tienen menos alumnos y aulas disponibles; otras deben revisar su organización frente a una demanda que ya no es la misma. Las proyecciones indican que, para 2030, la matrícula primaria podría reducirse un 27%, lo que representa 1,2 millones de estudiantes menos.
En este escenario, abrir un nuevo colegio puede parecer una decisión difícil de explicar. ¿Por qué crear una institución educativa cuando nacen menos chicos y todo indica que la matrícula seguirá cayendo?
La respuesta exige mirar más allá del promedio nacional. La caída de la natalidad es generalizada, pero sus efectos no se distribuyen de manera uniforme. Mientras algunos centros urbanos pierden población infantil y capacidad de matrícula, otras localidades y nuevos desarrollos residenciales reciben familias jóvenes que necesitan vacantes, servicios e instituciones cercanas.
El mapa de la demanda educativa está cambiando. No alcanza con saber cuántos chicos nacen: también necesitamos comprender dónde viven, hacia qué zonas se desplazan sus familias y qué tipo de educación buscan. Un país puede tener menos alumnos en términos generales y, al mismo tiempo, necesitar nuevas escuelas en territorios específicos.
Esta transformación forma parte de una reorganización urbana más amplia. En las últimas décadas, las ciudades argentinas extendieron su superficie hacia las periferias y varios municipios metropolitanos crecieron muy por encima del promedio nacional. Muchas familias eligieron construir su vida fuera de los centros tradicionales, en lugares donde encuentran más espacio y otra relación con el entorno.
Cuando una comunidad nace o se expande, la escuela se vuelve una de sus instituciones fundamentales. No solo porque garantiza el acceso a la educación, sino porque crea un espacio común. Es allí donde las familias se conocen, donde se establecen vínculos y donde una suma de habitantes comienza a reconocerse como parte de una comunidad.
Abrir una escuela en este contexto también supone una apuesta. Y esa apuesta adquiere todavía más importancia porque la crisis educativa argentina no es solamente demográfica.
No alcanza con saber cuántos chicos nacen: necesitamos comprender dónde viven, hacia qué zonas se desplazan sus familias y qué tipo de educación buscan"
Nuestro sistema no enfrenta únicamente el desafío de tener menos estudiantes. También tiene dificultades profundas para garantizar que quienes están dentro de las aulas aprendan y completen sus trayectorias.
Por eso, la caída de la matrícula no debería llevarnos a una discusión centrada únicamente en cierres, fusiones o reducción de estructuras. También puede convertirse en una oportunidad para revisar cómo enseñamos, acompañar mejor las trayectorias y ofrecer respuestas más personalizadas.
Tener menos alumnos no mejora automáticamente la educación. Para que el cambio demográfico se convierta en una oportunidad, hace falta una decisión pedagógica: aprovechar la disponibilidad de espacios, recursos y capacidades para trabajar mejor con cada estudiante.
En las ciudades donde quedan aulas vacías, puede ser el momento de ampliar la cobertura en edades más tempranas, fortalecer los equipos docentes o crear propuestas de acompañamiento. En los territorios que crecen, el desafío será construir instituciones capaces de responder a las nuevas comunidades sin repetir modelos educativos que ya demostraron sus límites.
La discusión, entonces, no debería plantearse como una elección entre cerrar escuelas donde baja la matrícula o abrirlas donde aparecen nuevas necesidades. El desafío es mucho más complejo: reorganizar el sistema educativo de acuerdo con una realidad demográfica y territorial que cambió.
Sus resultados no se miden en meses, sino en generaciones. Abrir una institución en medio de la caída de la natalidad y de una crisis educativa profunda implica reconocer las dificultades del presente, pero también negarse a renunciar al futuro.
Quizás esa sea la verdadera pregunta que tenemos por delante. No solamente cuántas escuelas necesitaremos en los próximos años, sino qué escuelas queremos construir, dónde hacen falta y qué experiencias educativas serán capaces de ofrecer. Porque aun en un país en el que nacen menos chicos, cada chico necesita más y mejor educación.
*fundador de la Red Educativa Itínere y director ejecutivo de HUB Educación e Innovación.