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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

Este año no festejo

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Se acerca fin de año y con él, la más esperada y temida de las fechas: mi natalicio. No tienen por qué saberlo, pero mis festejos de cumple han sido famosos por lo descontrolados. Los invitados asistían con la clara determinación de alcanzar estados de destrucción total, como autos esperando un seguro que los pagara por nuevos. Una vez llegué a limpiar siete charcos de vómito y tuve que alojar a tres caídos en batalla, rayanos en el coma etílico, hasta el día siguiente.

De más grande, las celebraciones dejaron de destacarse por su poder de daño y empezaron a brillar por su capacidad de generar encuentros. Siempre me gustó mezclar el ganado, invitar compañeros de distintos universos y ver el fabuloso ecosistema que creaban al cruzarse. En mis cumpleaños, karatecas conocieron periodistas, levantadores de pesas se asociaron con poetas, artesanos se enamoraron de bomberos. Se formaron parejas, proyectos laborales y amistades que siguieron su curso con absoluta independencia de mí. Una especie de agencia matrimonial, bolsa de trabajo y experimento sociológico, todo con barra libre.

Por eso, cuando se acerca la fecha, muchos interesados empiezan a pincharme, ansiosos por lo que pueda brindarles el Palo-fest de cada año. Y por eso mismo me duele comunicar que, justo este, no se hace. La verdad es que me estoy poniendo grande. Cuando cumplí cuarenta me sentía plena, al tope de mi energía, esplendor y posibilidades. Quizás por eso dicen que ese número es una bisagra. De ahí en adelante mi entusiasmo empezó a mermar. La organización de los siguientes festejos se me fue haciendo cada vez más cuesta arriba, hasta llegar al punto actual en que la sola idea de estar despierta toda la noche me hace querer meterme en la cama.

Entonces, pregunto: ¿es una vergüenza envejecer? La gente a mi alrededor sigue repitiendo consignas como: “No pareces de tu edad”, “Los cuarenta son los nuevos veinte” o “estás mejor que nunca”. Pues vengo a decirles: no importa como me vea, qué aparente mi físico, ni como luzca mi cutis. Soy una mujer grande y lo siento. Lo siento en las articulaciones, en la paciencia para atender ciertas pavadas, pero sobre todo en ese impulso arrollador por hacer todo a lo grande todo el tiempo que -feliz o infelizmente- ha decaído.

Vivimos obsesionados con la longevidad, el anti age, detener el tiempo, y parecer de veinte de la cuna hasta el cajón, como si la vejez fuera un secreto que esconder. Pero la realidad es que cada edad tiene pros y contras. A los veinte podía pasar toda la noche de fiesta. A los cuarenta y cinco puedo elegir no hacerlo. Y esa es una forma bastante sofisticada de libertad.

Hoy no tengo más ganas de tirar la casa por la ventana. Me basta con cenar, soplar las velitas y volver a un hogar sin platos rotos, vasos sucios, vómitos que limpiar, ni borrachos para despachar. Y los amigos que extrañen el jolgorio, pueden invitarme a sus propios cumples. Asistiré encantada y me retiraré a tiempo, sin afán vengativo ni devolución de gentilezas.

Paloma Fabrykant

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