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clarin.com · hace 22 horas · Clarin.com - Home

Chiqui Tapia y AFA: nuevas escenas de una decadencia sin fin

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La lista que sigue no aspira a la totalidad ni mucho menos, pero alcanza para representar la época.

"Si te quejás, al partido siguiente te mandan un árbitro que te cobra un penal a los diez minutos; quejarse en el micrófono es firmar tu propia sentencia", Carlos Eliceche, presidente de Guillermo Brown de Puerto Madryn, abril de 2018.

"Hay una tiranía en la AFA. Los dirigentes tienen terror de hablar porque saben que después te castigan con los árbitros o te mandan al descenso", Roberto Sagra, presidente de San Martín de Tucumán, junio de 2020.

"Muchos nos callamos durante meses para no generar animosidad en la AFA, pero llega un punto en que te despojan de todo un año de trabajo y te das cuenta de que el silencio tampoco te salva", Néstor Di Pierro, presidente de Chacarita Juniors, octubre de 2023.

"En la AFA todos agachan la cabeza porque saben que el costo de pararse de manos es que tu club no suba nunca más o termine peleando el descenso", Ezequiel Segura, presidente de Comunicaciones, febrero de 2024.

"Muchas veces tenemos que tragarnos la bronca porque sabemos cómo funciona esto: si levantas la voz, el domingo siguiente no pasás la mitad de la cancha", Walter Morales, presidente de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, octubre de 2025.

"Me callo la boca, me hago el boludo. No hablo de ningún árbitro. Entiendo cómo es esto", Omar De Felippe, entrenador de Talleres de Córdoba, septiembre de 2026.

"Maltrataron a la gente y la impunidad que manejan para robarte es increíble… innecesario. Para esto nos traen hasta acá jajaja. Una puesta en escena ridícula. El reglamento lo manejan como quieren", Juan Sebastián Verón, presidente de Estudiantes de La Plata, septiembre de 2026.

La cronología viene a cuento de otro fin de semana bochornoso en nuestro fútbol y describe cómo opera desde hace casi una década la AFA: una asociación corrupta sostenida en amenazas, temor y represalias, cuyo brazo armado son los árbitros dirigidos por Federico Beligoy y el tribunal de Disciplina que preside Fernando Mitjans. A los testimonios podría sumarse otra decena.

A la AFA no la definen los periodistas, sino los propios dirigentes, entrenadores y futbolistas, cómplices o víctimas según la oportunidad. Todos saben de qué se trata, pero nadie (salvo Verón y Di Carlo) se atreve a hablar solo. Así se constituye un sistema de lealtad forzada que por su naturaleza presagia lo peor.

El sábado, la degradación fue un paso más allá: Claudio Tapia mostró su desvergüenza al negarse a entregar las medallas a los futbolistas de Estudiantes de La Plata, y solo subir al escenario para la premiación a Rosario Central, abandonando el más mínimo sentido institucional.

A esta altura hay que saber que el fútbol argentino sigue adelante como gran negocio y entretenimiento masivo que nadie quiere interrumpir. Pero hay una dimensión, un sentido profundo, que estos dirigentes, en su vulgaridad, destruyeron sin más: la legitimidad de la competencia, la mínima deportividad imprescindible para validar a los vencedores. Por eso Rosario Central debe sobreactuar la autenticidad de su consagración, y esa es la razón por la que todo se convirtió en violencia, explícita y simbólica. Son las trompadas y los insultos de la impotencia. En verdad, no apuntan ni a los jugadores ni a los hinchas rivales, aunque es lo que se vea en la superficie. Apuntan a Chiqui Tapia, el responsable mayor de corromper la gran ilusión compartida de los argentinos.

Gonzalo Abascal

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