¿Y si nuestros hijos no son menos inteligentes?
Los adolescentes comprenden peor lo que leen. Calculan peor. Les cuesta más mantener la atención. Uno de cada cinco estudiantes de 15 años de los países de la OCDE tiene un rendimiento bajo simultáneamente en lectura, matemáticas y ciencias.
La pandemia hizo daño. La precariedad también. Hay padres que pasan menos tiempo con sus hijos porque necesitan trabajar más horas. Profesores agotados. Teléfonos. Menos lectura. Más distracciones.
¿Estamos midiendo las capacidades que necesitará una persona dentro de veinte años?
Durante mucho tiempo tuvimos una idea bastante estable de lo que significaba ser una persona preparada. Leer bien. Escribir bien. Calcular. Memorizar. Concentrarse durante mucho tiempo.
Yo puedo tardar veinte minutos en escribir un correo razonado y correctamente estructurado. Con una inteligencia artificial puedo hacerlo en tres.
He necesitado diecisiete minutos menos de atención para conseguir aproximadamente el mismo resultado.
O que la cantidad de atención necesaria para hacer determinadas cosas está disminuyendo.
Esta propia columna es un ejemplo. Frases cortas. Pocas subordinadas. Párrafos pequeños.
Sé que compito por su atención en un ecosistema digital agresivo y he adaptado mi manera de escribir para necesitar menos de ella.
Quizá no solo estamos perdiendo atención. También estamos construyendo un mundo que necesita menos de ella.
Un adolescente consume información de una manera que a nosotros nos parece caótica. Salta de un vídeo a un texto, de una imagen a una conversación. Convive con palabras, imágenes, sonido, interfaces e inteligencias artificiales.
Nosotros vemos fragmentación. Ellos simplemente viven en el mundo que les ha tocado. Un mundo que, por cierto, hemos construido nosotros, no ellos.
Seguramente perderán algunas capacidades. Me cuesta creer que no desarrollen otras.
Quizá leerán peor un texto de veinte páginas, pero integrarán información que les llega en cinco formatos diferentes. Quizá no sepan hacer un cálculo que nosotros aprendimos en el colegio, pero construirán una aplicación sin saber programar porque una IA hará esa parte por ellos.
En algunas cosas, evidentemente sí. La pregunta es si también están aprendiendo cosas que nosotros todavía no sabemos medir.
Cada generación tiene una extraordinaria facilidad para pensar que la siguiente se está estropeando. Lo llamamos declinismo generacional. Cambian la música, el lenguaje, la manera de relacionarse o las tecnologías y tendemos a confundir aquello que conocemos con aquello que es mejor.
Queremos que nuestros hijos lean como nosotros, calculen como nosotros, se concentren como nosotros y además sepan convivir con inteligencias artificiales y adaptarse a tecnologías que cambian constantemente.
Queremos que estén preparados para su futuro sin dejar de parecerse a nuestro pasado.
Si una máquina puede calcular, programar, traducir, escribir o resumir mejor y más rápido que nosotros, tendremos que volver a preguntarnos qué significa ser inteligente.
Quizá importe menos ejecutar y más decidir. Ganarán peso el criterio, la intuición, la curiosidad, la creatividad, entender a otros seres humanos o saber cuándo una máquina se equivoca.
Dentro de veinte años el mundo será suyo. Serán ellos quienes descubran qué capacidades nuestras merecía la pena conservar, cuáles podían permitirse perder y cuáles necesitarán desarrollar.
Lo que no podemos exigirles es que sean inteligentes exactamente de la misma manera que nosotros.
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