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perfil.com · hace 15 horas · Quintín

Nuestros negros hermanos

Quintín

Mi amiga Cristina García, que de chica vivió en el campo, me contaba que ella y sus amiguitos se alegraban cuando “veían los cuervos” y podían observar e interactuar con esos pájaros. Siempre me llamó la atención esa historia y desde hace tiempo intento conseguir el libro sobre los cuervos de la colección Naturalezas de la editorial Adriana Hidalgo. Ya había leído los dedicados a los burros y a las algas que me permitieron enterarme de muchas cosas pero que tienen además una cualidad sobresaliente que son sus ilustraciones: los cuadros y dibujos utilizados en lugar de las toscas fotografías.

Cuervos, obra del filósofo y biólogo alemán Cord Riechelmann, superó con creces mis expectativas y me permitió concretar la sospecha de que los cuervos eran bichos extraordinarios por múltiples razones, en primer lugar porque son endiabladamente inteligentes. Los cuervos vienen desde el fondo de la historia y están en todas partes del mundo. En algunas culturas fueron y siguen siendo objeto de veneración (sobre todo en Asia y entre los aborígenes americanos). En otras (como en la Europa moderna) son víctimas de odio y de persecuciones injustificadas. Riechelmann descubre que son misteriosos sin ser exóticos e insinúa que ser feos y negros los salvó de la extinción porque nadie quiere comerse un pájaro tan poco atractivo que se asocia con la muerte. Pero los cuervos también sobrevivieron por su capacidad de adaptación: cuando la extensión de los cultivos los expulsó del campo, se refugiaron en la ciudad. En Berlín, donde vive el autor, viven instalados desde hace cuarenta años.

Experimentos conducidos en Oxford por un biólogo argentino demostraron que los cuervos son capaces de utilizar instrumentos, incluso de fabricarlos. Y también que pueden resolver un problema pensándolo con cuidado, sin recurrir al ensayo y error. Estas capacidades eran conocidas solo entre los orangutanes. Igualmente notable es que la memoria de los cuervos sea superior a la de los humanos, aunque la morfología de sus cerebro respectivos obedece a patrones completamente distintos.

Desde las pintura de Van Gogh a la poesía de Poe, de la ópera de Wagner al cine de Hitchock, los cuervos tienen un lugar importante en el arte pero es en la ciencia, en particular en los descubrimientos de Konrad Lorenz, que jugaron un papel esencial que influyó hasta en autores como Deleuze y Guattari. Aunque nadie domesticó nunca a un cuervo, Lorenz utilizó cuervos para investigar la conducta mediante el procedimiento de internarse en sus objetos de observación, por así decirlo, convirtiéndose en un cuervo, pensando y actuando como uno en una especie de animismo que conectó la ciencia con la filosofía y con la religión.

Más allá de las indudables contribuciones de los cuervos al espíritu, hay algo inexplicable en ellos que es la curiosidad que generan, de la cual da cuenta la anécdota del principio de la nota. Pero leyendo a Riechelmann, creo haber encontrado la explicación: además de alimentarse, aparearse, volar y hacer vida social, los cuervos dedican la mayor parte de su tiempo a jugar, es decir a hacer algo que no tiene ninguna utilidad práctica. Cuando pensamos en esa faceta de su comportamiento sentimos una corriente de simpatía que nos conecta con nuestra mejor expresión como especie.

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