Milei, el relato y un futuro que no alcanza
En apenas dieciocho meses el presidente electo el año que viene, ya sea un reelegido Javier Milei o un nuevo (o nueva) primer mandatario, estará dando su discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso ante una Asamblea Legislativa atenta a los lineamientos de un nuevo mandato presidencial.
Seguramente serán dieciocho meses muy distintos a los “mejores 18 meses de la historia” que según el ministro Caputo iban a comenzar en abril pasado, convirtiendo el camino hacia la reelección de Milei en una suerte de paseo triunfal. Sin embargo, como se excusara su anterior jefe, también ocupante de Casa Rosada, “pasaron cosas”, y en los meses venideros el proceso electoral convivirá con un panorama económico y social a todas luces muy complejo.
Previsiblemente, un gobierno urgido por recrear expectativas y encarar el proceso electoral en un contexto más difícil del que esperaba, busca reconstruir un relato que lo sostenga y que dé sentido a los trece meses que lo separan de las elecciones nacionales.
Una operación discursiva no exenta de serias dificultades y evidentes riesgos en términos de credibilidad, tanto de cara a los votantes como frente a los mercados y grandes actores económicos, en cuanto demanda desplazar las promesas hacia un futuro —siempre imprevisible e hipotético— cada vez más lejano, afirmar una vez más que “lo peor ya quedó definitivamente atrás” y pedir más paciencia y sacrificio a una sociedad cada vez más golpeada por el ajuste y atravesada por un cada vez más palpable cambio del humor social.
El propio Milei, no solo ya definitivamente lanzado a la reelección sino también tan ensimismado con que la razón asiste a su “modelo” económico como convencido de que su triunfo será eventualmente inevitable, se mostró dispuesto a apostar a esta nuevo versión del relato, aún a riesgo de potenciar el riesgo electoral al avivar las dudas de lo que ocurrirá con la economía real el año próximo. Así lo expresó en su decimonoveno viaje a Estados Unidos concluido la semana pasada, al señalar que “si somos reelectos, el 2028 va a ser el mejor año de la Argentina”.
Al “correr el arco” nuevamente, no solo se expone a tensionar aún más un clima social que comienza a horadarse con mayor rapidez al calor de una economía real que no arranca, sino que instala nuevamente la incertidumbre y la cautela entre los inversores y actores del establishment financiero que parecen volver a la actitud de “esperar y ver” antes de tomar decisiones respecto a sus posiciones y decisiones. Algo de esto último pudo verse en estos días con la disparada del riesgo país por encima de los 600 puntos básicos y la mala performance de los bonos argentinos.
Lo cierto es que el panorama con el que se encuentra el Gobierno a esta altura del año es muy diferente al escenario de una economía que transitaría un escenario de crecimiento económico con impacto palpable para la mayoría de la población y una inflación por debajo del 1% en camino a “colapsar” definitivamente.
Por el contrario, el espejo de la realidad —pese al evidente desacople del presidente y el siempre vigente recurso de asignar responsabilidades a actores ajenos— le devuelve una imagen muy distinta. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la actividad económica se desplomó 2,9% en julio respecto de junio y retrocedió 1,4% a nivel interanual, con la industria y el comercio —sectores con mayor demanda de mano de obra— como los sectores más complicados.
Una baja que, en virtud de su magnitud, pareciera no solo dejar muy poco margen para una recuperación en el tercer trimestre del año y provocar una nueva “recesión técnica” en el cierre de este 2026, sino tornar ya de imposible cumplimiento la meta del de 3% de crecimiento prevista en el Presupuesto 2027 presentado hace menos de dos semanas, y que comenzará a debatirse en Diputados la próxima semana.
Y, como si esto fuera poco, la pobreza —siempre según el INDEC— subió del 28,2% al 32,3% entre el fin de 2025 y el primer semestre de 2026, con una indigencia que pasó del 6,3% al 7,5%, lo que significa que el país tiene 1,6 millones de nuevos pobres, en un panorama de 15,4 millones de personas que no llegan a cubrir la Canasta Básica Total y experimentan un permanente estado de estrés económico.
Con la actividad en retroceso, el empleo planchado, con niveles crecientes de informalidad y erosión manifiesta del salario real, desplome del consumo masivo, y niveles de endeudamiento y mora crediticia récord para sostener gastos corrientes de las familias, la vieja aunque siempre vigente tensión entre política y economía parece instalar nuevos nubarrones sobre las perspectivas reeleccionistas de Milei.
Más aun teniendo en cuenta que sobre el complejo panorama económico se potencian los conflictos políticos, tanto en lo que respecta a las internas libertarias que se potencian, los desmarques de aliados siempre incómodos y con juego propio como el caso de Patricia Bullrich, el relanzamiento de referentes como Macri, los posicionamientos de dirigentes con potencialidad de abrevar en los votos libertarios como el caso de Villarruel, y los vínculos necesarios con los gobernadores dialoguistas.
Así las cosas, con los magros resultados del modelo en el bolsillo, y las certezas de que el panorama no se alterará significativamente durante el proceso electoral, es probable que el foco del oficialismo intente trasladarse a la política, con la intención de que sean las disputas político-electorales y las confrontaciones narrativas las que sostengan unas expectativas que difícilmente la economía pueda garantizar.