Gotas frías caen sobre mi cabeza
La otra noche, mientras hablaba en mi programa de televisión, gotas frías caían desde el techo sobre mi cabeza.
El canal en que trabajo hace veinte años se ha declarado formalmente en quiebra. Quienes trabajamos en él lo hemos arruinado. Sus dueños deben trescientos millones de dólares. Han tratado de venderlo. Nadie quiere comprarlo.
Los acreedores del canal, cuatro fondos de inversión, hartos de que no les pagasen, han tomado posesión de la empresa, no solo del canal, sino de varias radios. El canal tiene ahora nuevos dueños. No los conozco, no he hablado con ellos.
Si los banqueros que ahora poseen el canal desisten de operarlo porque lo consideran un negocio ruinoso que no pueden salvar y deciden cerrarlo, mis días en esa televisora estarán contados. Pero es posible que los nuevos dueños consideren que el canal, bien administrado, podría levantar cabeza, expandir su audiencia, mejorar sus ingresos y dejar ganancias. En ese caso, si se proponen rescatar al canal de la bancarrota para convertirlo en un negocio rentable, tal vez me pidan que siga haciendo mi programa, o quizás me despidan. Si los nuevos dueños son defensores del presidente rubicundo que nos gobierna, mis días estarán todavía más contados, porque suelo expresarme en aquella tribuna con abierta hostilidad a ese presidente acanallado, charlatán, de mala entraña, que se cree el rey del mundo y, una y otra vez, sin advertirlo, hace el ridículo.
Entretanto, aguanto y resisto, como he aguantado y resistido veinte años largos, viendo cómo despedían a mis colegas, cómo echaban a los técnicos y camarógrafos, cómo recortaban sin piedad mis honorarios, cómo el negocio se empequeñecía y languidecía. Muchos han caído en el camino porque no aceptaron que la televisora les bajara el sueldo. Ahora el canal se cae a pedazos, literalmente se cae a pedazos: el techo tiene huecos y, cuando llueve copiosamente, lo que ocurre a menudo, todo se inunda porque el agua persistente del chubasco penetra por esos orificios, mojando los estudios, las cámaras, los decorados y los pasillos. Por eso la otra noche, mientras yo hablaba en el programa en directo, rompió a llover como si fuese una maldición bíblica ensañándose con nosotros, los contados sobrevivientes del hundimiento del canal, y sentí cómo unas impertinentes gotas de agua fría que se filtraban por el techo caían sobre mi cabeza deshabitada. Fue una imagen hilarante, decadente, de mórbida belleza: mientras hablaba de política en un canal que ya casi nadie veía, las gotas de la lluvia caían sobre mi poblada cabellera, una gota cada cinco segundos, debido a que el techo se encontraba agujereado y hasta agrietado. Si vuelve a llover a cántaros durante el programa en directo, tendré que abrir un paraguas.
Por supuesto, podría renunciar. Me pregunto si debería renunciar. Tal vez sería más digno, o menos indigno, retirarme tras cumplir veinte años en antena, antes que esperar a que me despidan. Mi esposa cree que no debo renunciar, que debo seguir hasta que me echen. Es optimista y piensa que los nuevos dueños podrían levantar el canal. Yo soy pesimista. No creo que los banqueros, deseosos de recuperar los trescientos millones que le prestaron al canal, se animen a invertir dinero en la televisora con el afán de hacerla rentable. El problema es uno de tipo cultural y no parece tener arreglo. La gente joven ya casi no ve televisión. Los grandes auspiciadores se marcharon a las redes sociales para no volver más. El hábito de encender el televisor para buscar entretenimiento o información está en franco desuso, en un punto sin retorno. En mi casa solo prendo el televisor para ver un gran partido de fútbol, lo que ocurre infrecuentemente, porque los juegos de la liga inglesa o de la española los veo resumidos en internet. Hace treinta años, cuando vivía al norte, en la capital del imperio, encendía el televisor a las seis y media de la tarde para ver las noticias. Ya no lo hago más. Pasan los días, las semanas, y no veo televisión en modo alguno. Si el canal en que trabajo fuese mío, lo convertiría en una televisora periodística independiente, una tribuna opositora al presidente rubicundo, quien, una y otra vez, abusa de su poder, en perjuicio de los más débiles.
Mis finanzas no sufrirían demasiado si renunciase al canal, o si me despidiesen. A estas alturas, gano poco dinero gracias al programa. Después de impuestos y de pagar a mi equipo, no me queda gran cosa. Peor aún, conducir por autopistas congestionadas hasta llegar al canal en un barrio desangelado rebaja la calidad de mis tardes, haciéndolas tensas, contrariadas. Además, la gasolina ha subido mucho de precio. A todo ello hay que sumarle las multas que cada tanto me impone la policía por conducir deprisa. Es decir que podría renunciar al programa de televisión sin condenarme a vivir peor. Sospecho que, liberado de ese lastre antiguo, viviría mejor. Me sentiría más libre, escaparía de las odiosas autopistas atascadas, ahorraría en gasolina y en multas, y no malgastaría mi tiempo hablando de política, que es lo que comencé haciendo en ese programa hace veinte años y lo que sigo haciendo, porque es lo que le gusta a la audiencia y lo que me resulta más natural. ¿Por qué entonces no renuncio al programa de una buena vez? Porque me da miedo. Porque me da pena. Porque presiento que, si me alejo de la televisión, ya nadie vendrá a proponerme un programa, y entonces una parte de mí se apagará, morirá sin remedio, dejará de existir. Soy como esos futbolistas veteranos, subidos de peso, lentos, pesados, melenudos, que insisten en seguir jugando en primera división, en el club de sus amores, el club donde todo comenzó, sin advertir que ya no están en condiciones de continuar jugando, sin comprender que deberían retirarse discretamente, antes de hacer el ridículo. Soy como esos boxeadores mal envejecidos, aporreados, aturdidos, machucados a golpes, que reclaman una pelea más para volver a ser campeones, sin sospechar que les darán una paliza, protagonizarán un espectáculo bochornoso y la gente los verá con lástima cuando antes los contemplaba con admiración.
He sabido ahorrar. He sido prudente en mis inversiones. He recibido donaciones de organizaciones de caridad, quiero decir de mi madre. Puedo permitirme una buena vida. No me hundiré en la miseria si renuncio al canal de televisión, o si me despiden. Seguiré viviendo cómodamente. Tengo la fortuna de vivir en la isla que elegí hace treinta años, en la casa que compré hace quince, con una mujer y una hija que son los amores de mi vida. Soy un hombre libre y, a ratos, feliz. Sigo siendo un escritor. Seguiré escribiendo. No me rendiré. La cifra capital de mi destino no consiste en fatigar al periodista de televisión hasta el último cansancio del mundo. Mi destino más genuino y perdurable, el destino que yo elijo, es dejar hablar al escritor hasta que se quede sin voz, hasta que se apague, sin más historias por contar. Por eso no debería darme miedo renunciar al programa de televisión, lo que, valgan verdades, equivaldría, en mi caso, a alejarme sin retorno de la televisión, porque ningún canal vendría a proponerme un programa. Lo sé porque a principios de año me ofrecí, sin cobrar, a varios canales, y todos me dijeron gracias, pero no, gracias.
Lo cierto es que, para bien o para mal, soy terco y porfiado, como ha sido siempre mi madre. Al parecer, he heredado eso de ella. Mi madre es terca en aferrarse a sus ficciones religiosas. Yo soy terco en aferrarme a mis ficciones literarias. Ambos nos salvamos de naufragar, de hundirnos en el mar y ahogarnos, porque nos sostienen las ficciones. Como soy obstinado y testarudo, me digo aguanta un poco más, no te retires todavía, quizás puedes resistir un año o dos más, y ver caer al presidente rubicundo que tanto detestas, y ver libres por fin a los venezolanos y a los cubanos, quienes han sido traicionados por ese mandamás que lo vende todo, incluso la libertad.
No sé entonces si soy cobarde y pusilánime y por eso no me retiro del programa de televisión, o si soy guerrero y luchador y quiero seguir dando la batalla un año más y por eso no renuncio y me digo tendrán que sacarme a patadas y empellones los nuevos dueños, porque yo nací para sentarme frente a una cámara de televisión y despacharme a hablar, aunque estén cayendo sobre mi cabeza unas gotas frías que se filtran por el techo agujereado bajo la lluvia, un techo que, me temo, acabará por caerme encima cierta noche malhadada, sepultando para siempre mi carrera en la televisión.
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