Loan está vivo
Hace apenas unos días los padres y hermanos de Loan escribieron una carta que debería ser leída de una manera diferente. Como siempre Perfil, en primera línea de batalla legítima y periodística, reproduciendo reclamos de víctimas de la impunidad y el poder, (porque sigue operando el poder en la causa Loan con su mano negra y sus guantes blancos).
Dijeron que desde aquella tarde del 13 de junio de 2024 “el tiempo se paró” y hablaron de una silla vacía, de un plato guardado, de la ropa esperando, de una madre que llama a su hijo en sueños y de un padre que todavía lo busca en los ruidos del campo. Pero detrás de esas imágenes existe algo todavía más profundo: ellos no hablan de Loan en pasado. Loan está vivo. Ésa es la esperanza, la convicción y la fuerza que sostiene a María, José y a todos sus hijos. Por eso viven cada jornada del juicio de una manera que quienes estamos afuera difícilmente podamos imaginar. Nosotros contamos audiencias; ellos cuentan días sin Loan. Nosotros escuchamos testigos, peritos, fiscales, defensores e imputados; ellos escuchan cada palabra esperando que aparezca el dato, el nombre, el lugar, la contradicción que abra finalmente una puerta. Nosotros podemos terminar una audiencia, guardar un expediente y regresar a casa. Ellos regresan a la suya y Loan todavía no está. Para ellos no existe cuarto intermedio en la desaparición de un hijo.
Hay una diferencia humana enorme entre despedir a un ser querido y buscarlo. No se trata de comparar dolores, porque ningún dolor necesita competir con otro. Se trata de comprender qué significa vivir sin una certeza definitiva. Cuando alguien sabe que un ser querido murió comienza, con toda su brutalidad, el duelo: la memoria, las fotografías, la despedida, la aceptación imposible que lentamente intenta transformarse en posible. Pero cuando una madre cree que su hijo está vivo no mira una tumba: mira la puerta. No piensa solamente en lo que ocurrió aquel día, piensa qué estará haciendo hoy, dónde habrá dormido anoche, quién estará junto a él, si tendrá miedo, si preguntará por ella, si recordará su casa. Un padre que cree vivo a su hijo no puede archivarlo dentro de sí mismo. Sus hermanos tampoco pueden comenzar a recordarlo como alguien que fue porque para ellos Loan es alguien que es. Ésa es la dimensión de esta espera y por eso resulta tan injusto que el paso del tiempo pueda transformarse, casi inadvertidamente, en una invitación social a resignarse.
Loan está vivo. Ésa es la esperanza, la convicción y la fuerza que sostiene a María, José y a todos sus hijos.
El juicio oral es fundamental, pero tampoco debemos pedirle que responda aquello para lo que procesalmente no fue construido. Tiene un objeto determinado, personas acusadas y hechos concretos que deberán ser probados. En su núcleo principal se juzga la sustracción y el ocultamiento de Loan y también existen acusaciones contra otras personas por conductas que, según el Ministerio Público Fiscal, estuvieron vinculadas con el desvío o entorpecimiento de la investigación. El Tribunal deberá decidir exclusivamente sobre la prueba y respetando todas las garantías constitucionales, porque el dolor de una familia nunca puede reemplazar la certeza necesaria para condenar. Pero este juicio no es toda la búsqueda de Loan. Y esto no es una interpretación nuestra ni solamente el reclamo de sus padres. Cuando los fiscales federales Mariano de Guzmán, Alejandra Mángano y Marcelo Colombo pidieron la elevación parcial de la causa a juicio, el propio Ministerio Público Fiscal de la Nación, en información publicada oficialmente en Fiscales.gob.ar, explicó que también habían solicitado preservar las evidencias necesarias y continuar la investigación para procurar el hallazgo de Loan. Utilizaron una expresión que hoy adquiere un significado enorme: mientras se desconociera su paradero era necesario “redoblar los esfuerzos” para encontrarlo. Es decir, la propia acusación dejó establecida una diferencia esencial: una parte de la investigación podía avanzar hacia el juicio mientras la búsqueda del niño debía continuar.
Esa precisión jurídica cambia mucho las cosas. Una sentencia podrá establecer quién participó en la sustracción, quién intervino en el ocultamiento y qué responsabilidad penal corresponde a cada acusado, pero incluso una condena no necesariamente responderá todas las preguntas. ¿Para qué se llevaron a Loan? ¿Adónde? ¿Quién lo recibió? ¿Dónde estuvo durante las primeras horas? ¿Qué ocurrió después? ¿Hubo otras personas? ¿Quién sabe algo que todavía no dijo? ¿Dónde está hoy? “Sustracción” y “ocultamiento” pueden parecer palabras frías cuando se leen dentro de un Código Penal. Traducidas a la vida significan otra cosa: sacar a un niño del lugar donde debía estar protegido e impedir que su familia pudiera encontrarlo. Y si ésa es la hipótesis que llegó al debate, la historia no necesariamente termina en el momento de la sustracción. Hay un después que necesita ser reconstruido. Por eso la pregunta “¿para qué se llevaron a Loan?” no pretende inventar una hipótesis: reclama exactamente lo contrario, que se investigue hasta encontrar una respuesta.
El tiempo, además, produce una injusticia silenciosa. Primero desaparece un niño y todo un país pregunta dónde está. Después las cámaras comienzan a retirarse, las noticias se espacian, aparecen otros dramas y empieza a escucharse esa frase aparentemente inocente: “A esta altura…”. ¿A esta altura qué? ¿Debemos dejar de buscarlo porque pasaron más de dos años? ¿El calendario puede transformarse en una prueba? ¿Quién podría acercarse a María y decirle que llegó el momento de dejar de esperar? ¿Quién podría pedirle a José que deje de buscar a su hijo? ¿Quién podría decirles a sus hermanos que empiecen a hablar de Loan en pasado? El paso del tiempo no es un certificado de defunción y el cansancio de la sociedad nunca puede convertirse en el cansancio del Estado. Mucho menos cuando el propio Ministerio Público Fiscal ha sostenido oficialmente que, mientras se desconozca el paradero de Loan, deben profundizarse los esfuerzos destinados a encontrarlo.
Por eso cada jornada del juicio tiene para esta familia una dimensión que excede largamente una discusión jurídica. Cada persona que se sienta frente al Tribunal puede conocer una palabra que acerque a Loan. Cada contradicción puede esconder un dato. Cada recuerdo puede reconstruir una hora perdida. Cada silencio puede obligar a formular una nueva pregunta. Cuando termina la audiencia, los jueces se retiran, los abogados guardamos nuestras carpetas y las luces se apagan, pero la desaparición no se suspende hasta la audiencia siguiente. Para María y José continúa durante la noche y vuelve a comenzar a la mañana siguiente. La búsqueda de un hijo no conoce horarios judiciales.
Y existe un riesgo que debemos evitar desde ahora: que cuando llegue la sentencia se produzca una sensación social de clausura. Podremos decir que terminó este juicio, pero si Loan no apareció no podremos decir que terminó el caso Loan. Habrá una sentencia, podrán existir condenas o absoluciones, recursos y revisiones. Todo eso pertenece al Derecho. Pero ninguna pena de prisión puede sentarse en la silla vacía de Loan, ninguna sentencia puede ocupar su lugar en la mesa y ninguna resolución judicial puede decirle a una madre dónde está su hijo si la investigación todavía no consiguió descubrirlo. Un expediente puede dividirse en causas, legajos y etapas procesales; una madre no puede dividir a su hijo en legajos. Para María y José hay una sola historia y tiene un solo nombre: Loan. Por eso juzgar a los acusados y continuar buscando al niño no son obligaciones incompatibles. Son dos deberes que deben avanzar juntos. El propio Ministerio Público Fiscal lo comprendió cuando reclamó continuar la investigación y “redoblar los esfuerzos” para hallarlo.
La carta de la familia publicada hace unos días nos obliga entonces a volver al principio. Detrás de las fotografías, las audiencias, las pericias y las discusiones jurídicas no existe solamente “el caso Loan”. Existe un chico que tenía una vida antes de convertirse en expediente. Tiene una madre, un padre, hermanos, una casa, una mesa, una cama, juegos y una familia que lo espera. Ellos quieren justicia, naturalmente, pero una familia no abraza una sentencia cuando vuelve a casa: abraza a un hijo. Por eso no reclaman solamente saber quién se lo llevó; necesitan saber adónde. No reclaman únicamente determinar quién lo ocultó; necesitan encontrarlo. Y mientras una parte de la sociedad pueda comenzar a resignarse por el tiempo transcurrido, María, José y sus hijos mantienen intacta una frase que contiene al mismo tiempo dolor, esperanza y exigencia: Loan está vivo. Hay que buscarlo como a un chico vivo. El juicio terminará, los inocentes a casa y los culpables a la cárcel, la búsqueda no terminará. Y mientras no exista una prueba que demuestre otra realidad, la obligación humana y judicial sigue siendo la misma que comenzó aquella tarde del 13 de junio de 2024: encontrar a Loan y devolverlo a su casa, vivo, sano y salvo.