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perfil.com · hace 15 horas · Damián Tabarovsky

Las aventuras de Napoleón en Ecuador

Damián Tabarovsky

Venezuela y Ecuador son las dos únicas selecciones que no ganaron nunca una Copa América (o con los nombres que tenía anteriormente). Es precisamente a Ecuador que va a dirigir Marcelo Gallardo. Es decir una selección de tercer orden en el fútbol sudamericano o, en el mejor de los casos, de segundo orden, como ahora, que tiene una generación más o menos aceptable de jugadores.

Ocurre de vez en cuando que una selección menor, con una buena camada, accede a un segundo orden. Por ejemplo, la Chile que ganó dos Copa América (y que antes y después no volvió a ganar nada, ni a clasificar al Mundial), la Paraguay del Mundial de Francia 98, con Chilavert a la cabeza; el Perú del 70, con Cubillas, y cosas así. Así que Ecuador es un equipo de tercera línea que está pasando un momento relativamente bueno. Eso es todo. Y ahí va a dirigir Gallardo. Noticia a la que se le dio jerarquía, pero, creo, no toda la que merece, por la importancia que Gallardo mismo tiene: sacando a Scaloni, es el técnico más importante del fútbol argentino después de Bianchi (me refiero al fútbol local, el otro obviamente es Simeone). Por lo tanto, no hay en mí una pizca de ironía, de intento de hacer leña del árbol caído, sino una sincera pregunta por buscar comprender por qué Gallardo terminó en Ecuador.

Es muy alto el respeto que siento por Gallardo y por su River, que le ganó a Boca la final de la Libertadores después de ir perdiendo tres veces (dos en la Bombonera y una en Madrid). Tiene mucho de hazaña. Gallardo cambió la forma de jugar de River. Lo convirtió en un equipo duro, áspero, que presionaba en toda la cancha, que pegaba cuando había que pegar. Lo convirtió en un equipo ganador a nivel internacional y dejó la vara tan alta que él mismo lo pagó en su segunda gestión.

¿Entonces? ¿Cómo terminó en Ecuador? Gallardo es un enigma. Hay algo de incomprensible en toda su carrera desde que dejó River por primera vez. De entrada, el “gallardismo” (porque Gallardo tenía sus periodistas amigos, sus voceros, sus off) lo presentaba a punto de dirigir un equipo grande europeo. Nada de eso ocurrió. Después salieron a instalar que le habían ofrecido equipos medianos (o chicos) europeos, y que él los había rechazado. Nunca sabremos si fue así. Lo cierto es que terminó dirigiendo, por una carretilla (o varias) de guita en Medio Oriente, donde le fue mal. Y luego volvió a River, donde le fue mucho peor, y terminó renunciado (¿o lo echaron?) de un modo que se pareció más a una huida que a otra cosa. ¿Eso implica que en el mercado hoy es un técnico que vale como, digamos, Beccacece, su antecesor en Ecuador? Me resulta inconcebible. No logro comprender el devenir de Gallardo. Puede decir, en esta incertidumbre, que me gustaría que le vaya bien en Quito (o en Gauayaquil, no sé dónde van a jugar de local). Más allá de su bien alta soberbia (que tal vez ahora esté erosionada), Gallardo es uno de los más grandes técnicos contemporáneos, y esta caída en desgracia no me gusta para nada.

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