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lanacion.com.ar · hace 19 horas · Julio María Sanguinetti

Malba, mucho más que una colección

LA NACION

Allá por 1995 Eduardo Costantini dio el salto mortal de disputarles en una subasta a los coleccionistas brasileños el Abaporu de Tarsila do Amaral, símbolo de su modernidad; a los mexicanos el Autorretrato con chango y loro de Frida Kahlo, y a los internacionales la Composición simétrica en blanco y negro de Joaquín Torres García. Con estas incorporaciones le daba a su colección la altura mayor de cumbres latinoamericanas.

Nos es inolvidable el episodio porque con esos nuevos hallazgos hicimos una magnífica exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, en septiembre de 1996. A su término, nos relata las vicisitudes de tener que entrar esos cuadros en la Argentina, volverlos a expatriar por compromisos asumidos para exposiciones y luego reentrarlos, con toda una maraña burocrática. Estábamos en la presidencia y audazmente le propuse que los dejara en depósito en el despacho del presidente de Uruguay, donde estarían bien resguardados y mientras tanto podíamos nosotros presumir... Así fue y hay multitud de fotografías con visitantes brasileños y mexicanos con sus íconos a nuestra espalda. Recuerdo que así lo hice, con malicia, en una nota periodística previa a un viaje oficial a México, de modo que el fotógrafo me registrara con el Frida Kahlo detrás. Me encuentro allá con nuestro admirado amigo Octavio Paz y a boca de jarro me disparó la pregunta: “¿Qué Frida Kahlo es ese que aparece en Montevideo?”. Luego de algunos divertidos minutos de suspenso le contamos la historia, aventando sus suspicacias.

Lo acompañaba en esa aventura Ricardo Esteves, otro personaje notable que aunaba su labor de relacionamiento en la vida empresarial argentina con una sensibilidad aguzada para el mundo del arte. A esa altura llevaban ya años de colaboración, desde los inicios de los años 80, en que una afición se fue transformando, pausadamente, en un enorme proyecto.

El Malba nacerá en 2001, en un momento difícil de la Argentina. Era un acto de coraje y esperanza. Desde entonces no ha dejado de crecer y enriquecer sus colecciones con las donaciones de Costantini. A esta altura muchos cientos de millones se han invertido en cultura para todos. Podrían los cuadros colgar en su casa, pero su satisfacción ha sido ofrecerlos a la mirada colectiva.

Frida Kahlo en el MALBA

Días pasados celebramos en Buenos Aires los 25 años del museo. Cuando se cumplieron los 20, participamos con una charla sobre nuestro compatriota Rafael Barradas, del que se realizaba una muestra emblemática. Ahora, además de la personalísima exposición, intimista, de la vida de Frida, se presentó el proyecto de expansión. Llevaba años de vicisitudes por desarrollarse en una plaza a la que, lejos de desvirtuar, la enriquece ahora con una fantástica instalación subterránea. Al modo de las pirámides de cristal de Pei en el Louvre, el Malba lo hará desde una escalinata abierta hacia la plaza. Se enlazan así el espacio público y los dos edificios, lo visible y lo oculto bajo la superficie.

En el terreno de la difusión del arte de nuestra cultura latinoamericana el Malba ha sido fundamental. Nuestra fragmentación nacional nos suele privar de esa visión de conjunto, sustantiva para configurar una civilización. Hay una unidad en una gran diversidad, producto de la historia y los sincretismos culturales. La “Indoamérica” que recorre los Andes desde el sur de Chile hasta México, la “Afroamérica” del Atlántico y el Caribe o la “Euroamérica” del Sur, llevan cinco siglos largos de incorporación a la cultura europea, pero todas ellas arrastran la fuerza de la vida precolombina y la personalidad de sus etnias. Hasta Joaquín Torres García, con su constructivismo y su mundo de abstracciones, recibió ese influjo y no solo dibujó el mapa al revés, con el sur como norte, sino que recogió de los ancestros peruanos el influjo de su geometría y sus asordinados colores de la tierra.

El MALBA

Son pocos los museos que intentan ofrecer esa visión panorámica, ninguno con la amplitud, profundidad y riqueza de la colección del Malba, que se abre con un retrato de una joven con mantilla de Carlos Federico Sáez, un genio rutilante que se apagó a los 23 años, abriendo el camino de la modernidad. Muchos de quienes hoy son reconocidos en el mundo, lo han sido una vez que se los instaló como parte de este formidable proceso creativo. No hay duda de que la influencia europea está presente y que el cubismo influyó en Diego Rivera o Pettoruti, del mismo modo que el futurismo italiano provocó el desarrollo imaginativo de Rafael Barradas, hijo del mundo bullente de las ciudades que crecían. Todos, sin embargo, ofrecen una visión propia que es parte sustantiva de esa definición civilizatoria de la que hablamos.

Muy importante es la presencia brasileña, normalmente distante de la hispanoamericana. Su enorme territorio le impuso desde el primer día el desafío de ocuparlo e incorporarlo a un Estado que no vivió la fragmentación del mundo hispánico por la sabia traslación de una monarquía portuguesa, con sus instituciones clásicas, desde la diplomacia hasta el ejército. Fue una historia muy distinta a la nuestra. Sin revolución de la independencia ni héroes a caballo. Brasil tuvo que mirarse hacia adentro, como de algún modo ocurrió con los Estados Unidos de América. Fue un desconocido para el resto de América Latina, como a la inversa, pocos han mirado hacia allí desde el otro lado de los Andes. Esa amalgama artística que expone esta colección nos revela nuestra compleja unidad.

En una mirada más amplia, es fundamental el impacto en una ciudad de una institución cultural. Ni hablar de lo que ha sido para París, Londres o Roma el peso de su historia. El desafío es para quienes no poseemos esa herencia. La misma Washington solo dejó de ser la sede administrativa de una república imperial para pasar a ser una real ciudad cuando el Kennedy Center y la National Gallery elevaron su categoría. Ni hablar de Bilbao, con su crisis industrial y la ETA, que renace el día en que Guggenheim se instala, en 1997, y le cambia hasta el humor.

No siempre se comprende que estas inversiones culturales son parte del desarrollo social y aun económico. Dan prestigio, solvencia, la respetabilidad necesaria hasta para el mundo de las finanzas, ni hablar de la atracción turística, generadora de trabajo e intercambios.

El Malba le ha agregado a Buenos Aires un aire de capitalidad cultural latinoamericana de resonancia inédita. Todos nos encontramos representados en él, como no ocurre en casi ninguna institución.

A sus 80 años, Eduardo se preocupa por el futuro del Malba. Su obra es ya un patrimonio nacional y si ha sido creada por su generosidad, no dudamos de que el país entero recibirá algún día ese patrimonio como una herencia a conservar, tan valiosa como las escuelas de Sarmiento o los poemas de Borges.

Julio María Sanguinetti

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