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lanacion.com.ar · hace 19 horas · Laura Lewin

Caos en el aula

LA NACION

Un profesor grita. Los alumnos se ríen. Se burlan. Alguien graba. En pocas horas, miles de personas participan del debate. El video circula y la mayoría se hace la misma pregunta: ¿cómo llegamos a que un adulto tenga que dar clase así?

La escena se repite cada vez con más frecuencia. Y mientras discutimos metodologías, hay aulas donde la clase directamente no puede empezar.

Algunos pueden llegar a cuestionar al docente. ¿Por qué gritó? ¿Por qué perdió la paciencia? Claro que un docente debería poder sostener su autoridad sin perder las formas ni reaccionar de cualquier manera. Pero hay una pregunta anterior: ¿qué pasó antes de que llegara a ese punto? ¿Cuántas veces pidió silencio? ¿Cuánto tiempo intentó dar la clase? ¿Cuántas interrupciones hubo? ¿Qué nivel de provocación tuvo que sostener? Un video de veinte segundos muestra una reacción. No explica una situación. Es la foto. No la película entera.

Una escuela no puede funcionar sin autoridad docente. Autoridad significa que hay un adulto responsable de conducir la clase, poner límites, cuidar a los alumnos y garantizar que se pueda aprender.

Durante mucho tiempo confundimos el límite con algo negativo, como si decir “no”, pedir silencio o establecer una consecuencia fuera incompatible con una educación afectiva. Es exactamente al revés: el límite también es cuidado. Un chico necesita saber qué se puede hacer, qué no y qué ocurre cuando cruza esa línea.

Los chicos necesitan adultos cercanos, empáticos y respetuosos. Pero también necesitan adultos capaces de decir “hasta acá”. Necesitan adultos que los comprendan, y adultos que no les tengan miedo.

Una escuela sin límites no es una escuela más amorosa: es una escuela más insegura.

Hay algo todavía más preocupante, que es la transformación del conflicto en espectáculo. Un alumno saca el celular, graba, se ríe, publica. Grabar la humillación de otro no es una travesura: es una forma de violencia.

La ciudadanía digital también se enseña. Poder grabar algo no significa que deba hacerse. El enojo, el error o la vulnerabilidad de otra persona no son contenido ni entretenimiento. También ahí hacen falta límites.

Y acá la familia tiene un papel decisivo. Cuando un hijo llega a casa diciendo “el profesor me retó”, la primera pregunta no debería ser “¿cómo se atrevió?”. Debería ser: “¿Qué pasó? ¿Qué hiciste vos?”.

Si cada vez que un docente pone un límite la familia corre a cuestionarlo, le sacamos el piso sobre el que tiene que enseñar. Y el alumno aprende algo peligroso: que siempre va a encontrar un adulto dispuesto a desautorizar al otro. Cuando los adultos compiten por la aprobación del chico, pierden todos. Pero pierde, sobre todo, el chico.

La escuela no es un servicio con “clientes”. Es una comunidad, y el respeto es de doble vía: al alumno hay que respetarlo, y al docente también. El derecho de un alumno a divertirse termina donde empieza el derecho de otro a aprender.

Podemos discutir innovación, motivación, neurociencias y nuevas maneras de enseñar. Pero ninguna pedagogía funciona en medio del caos permanente.

No necesitamos una escuela basada en el miedo. Necesitamos evitar una escuela en la que los adultos tengan miedo de ejercer su rol.

Laura Lewin

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