Cuando el trabajo también puede salvar vida
La prevención del suicidio requiere empatía, protocolos claros y líderes que sepan escuchar en los espacios donde pasamos gran parte de nuestro tiempo.
Hoy Argentina y la región atraviesan un contexto muy complicado en salud mental: el suicidio es una de las principales causas de muerte a nivel global, especialmente entre personas jóvenes. Hablar de él con datos y sin sensacionalismo forma parte de la prevención: es la base del lema 2024-2026, "Cambiemos la narrativa sobre el suicidio".
Los intentos son más frecuentes entre los 15 y los 19 años, una etapa en la que las mujeres duplican a los varones. En cambio, las muertes se concentran principalmente en varones de entre 20 y 34 años, un rango etario con el que las organizaciones trabajan y acompañan todos los días.
Suicidios en Argentina: alcanzaron un récord en 2025 y son la principal causa de muerte en jóvenes
A su vez, los intentos de las mujeres llegan con mayor frecuencia al sistema de salud, mientras que los varones consultan menos y suelen pedir ayuda más tarde. En este sentido, el mandato de “resolver solo” deja de ser una idea abstracta y se convierte en una barrera concreta para pedir ayuda.
Según la OMS, cada 40 segundos una persona muere por suicidio en el mundo; más de 700.000 al año. En Argentina, entre abril de 2023 y octubre de 2025 se notificaron 22.249 intentos en el país, ya con notificación obligatoria al Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud.
Detrás de esos números hay una oportunidad: por cada muerte se registran unos 17 intentos que no terminan en fallecimiento. La conducta suicida, casi siempre, deja tiempo. Y donde hay tiempo, hay lugar para intervenir, acompañar y conectar a una persona con la ayuda que necesita.
La pertenencia frustrada -no sentirse parte, no ser visto- es uno de los factores centrales del riesgo de suicidio; pero esto no significa atribuir a las organizaciones la causa de un fenómeno multicausal"
¿Dónde transcurre ese tiempo? En los espacios que habitamos todos los días, y entre ellos, el trabajo. El modo en que una organización escucha, contiene, habilita pedidos de ayuda y responde ante una crisis no es neutral: puede convertirse en una barrera más o en un espacio que facilite el acceso a la ayuda necesaria.
Thomas Joiner lo explica con precisión: la pertenencia frustrada -no sentirse parte, no ser visto- es uno de los factores centrales del riesgo de suicidio. Esto no significa atribuir a las organizaciones la causa de un fenómeno multicausal, sino algo más simple: la pertenencia no se construye en soledad, se construye en los espacios donde las personas pasan la mayor parte del tiempo. La escuela es uno. El trabajo es otro.
En el contexto laboral, no se trata de diagnosticar, se trata de preparar la respuesta antes de necesitarla:
1. Un canal conocido. Que cualquier persona sepa a quién recurrir si no está bien. 2. Un procedimiento escrito. Quién toma la situación, a quién se contacta, cómo se activa una emergencia, definido antes, no durante. 3. Contención profesional. Proveedores especializados que asesoran al área y trabajan con las personas, sin que los líderes deban tener criterio clínico. 4. Un líder cercano, que sepa escuchar. Poder decir "acá estoy, conversemos, quizá pueda ayudarte" cambia la experiencia de quien está pasando un mal momento. Preguntar directo no aumenta el riesgo.
El decreto 603/2021 de la Ley 27.130 ya define ese marco: qué se comunica, quién acompaña, cómo se cuida a los más cercanos tras una pérdida. El marco existe; falta traducirlo en protocolos concretos.
Si un integrante del equipo pierde a un hijo, hija, pareja, hermano o amigo por suicidio, el aislamiento que sigue no es personal: es organizacional, y está a nuestro alcance evitarlo. Eso también se prepara con protocolo que requiere considerar mayor flexibilidad horaria y trabajo remoto cuando la función lo permite; reorganización temporal de tareas; acceso a acompañamiento profesional; ana decisión clara sobre qué se comunica al equipo y qué no: la ausencia, sí; los detalles, no; un regreso conversado, no una reincorporación automática.
Nada de esto implica prometer beneficios que la organización no puede sostener. Sí implica algo más concreto: evitar que una persona tenga que negociar cada necesidad o pedir cada excepción en medio de uno de los momentos más difíciles de su vida.
Prestar atención a cambios en la conducta o el estado de ánimo, escuchar sin juzgar y acompañar en la búsqueda de ayuda son formas de cuidar. No hace falta ser líder: como compañero de equipo, un simple "estoy acá" puede ser diferencial.
No se trata de tener respuestas perfectas, sino de empatía y liderazgo responsable. Un canal, un procedimiento y un líder que escuche pueden no evitar por sí solos una tragedia, pero achican la distancia entre quien necesita ayuda y quien puede dársela. Ahí es donde las organizaciones pueden actuar, hoy.