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infobae.com · hace 11 horas · Carlos Verissimo Storace

El olvido selectivo de China

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China exige a la comunidad internacional el pleno respeto a su interpretación de la Resolución 2758 de la Asamblea General de las Naciones Unidas para justificar su posición sobre Taiwán. Al mismo tiempo, aplica un criterio completamente distinto cuando se trata de otras demandas internacionales que le resultan incómodas.

Mientras Pekín insiste en que la Resolución 2758 —que no menciona a Taiwán ni determina su estatus— debe ser acatada sin matices, olvida sistemáticamente pedidos reiterados de la comunidad internacional en ámbitos donde sí tiene obligaciones claras.

• Pandemia y OMS: China retrasó la notificación del brote de COVID-19, limitó el acceso de expertos y se negó a entregar datos completos sobre el origen del virus. Años después, la OMS sigue solicitando mayor transparencia. Pekín responde que ya “cooperó plenamente”.

• Derechos humanos: El informe de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU (2022) señaló posibles crímenes de lesa humanidad en Xinjiang. China rechazó el documento, negó los hechos y bloquea cualquier investigación independiente. En el Consejo de Derechos Humanos descarta de forma rutinaria las recomendaciones sobre Xinjiang, Tíbet y Hong Kong, alegando “interferencia en asuntos internos”.

• Medio ambiente: Aunque cumple parcialmente con algunos acuerdos técnicos (como el Protocolo de Montreal), sus metas climáticas siguen siendo calificadas como “altamente insuficientes” por organismos independientes. Continúa expandiendo el uso del carbón mientras presenta sus compromisos del Acuerdo de París como un esfuerzo máximo.

El contraste es evidente. Cuando se trata de Taiwán, China exige que el mundo acepte sin reservas su lectura ampliada de una resolución de 1971. Cuando la comunidad internacional le pide transparencia, rendición de cuentas o el cumplimiento de normas que ella misma ha suscrito, la respuesta habitual es el rechazo, la dilación o la acusación de injerencia.

Este olvido selectivo no es un descuido. Es una estrategia deliberada: aplicar las reglas internacionales solo cuando refuerzan sus intereses y descartarlas cuando las limitan.

Detrás de esa estrategia hay un cálculo más profundo. El peor temor del Partido Comunista Chino no es la crítica externa ni las sanciones. Es que una parte significativa de su propia población deje de aceptar como natural e inevitable el gobierno de un solo partido.

Todo el aparato de control ideológico, policial y tecnológico está orientado a impedir exactamente eso.

Taiwán y la comunidad democrática internacional deben seguir poniendo de manifiesto esta doble vara de medir. El orden basado en normas no puede funcionar si un actor permanente del Consejo de Seguridad solo lo invoca cuando le conviene.

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