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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

El esfuerzo de llegar a la meta

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Al argentino le gustan las cosas extremas. Esa puede ser una linda cualidad. Por eso, acá, no es raro que de pronto un amigo te diga sin perder la compostura "voy a correr una maratón" y uno piensa: tremendo.

En Cuba hay muy pocos maratonistas; a los cubanos nos gusta lo intenso pero que dure poco, en eso somos pueblos muy diferentes. A mí por ejemplo me gusta correr 5 km, 10 y.... hasta ahí llego.

Una maratón lleva años de sacrificios y cuando acabas tienes los pies y las rodillas destruidas, el ritmo cardíaco alterado y durante meses lo piensas antes de subir escaleras. Es una empresa difícil y, como dije, sacrificada porque además del entrenamiento tienes que renunciar a un montón de cosas ricas, como las facturas de dulce de leche, y enfocarte en la alimentación sana.

Se ha puesto de moda hacer de lo extremo algo cotidiano. Cualquier hijo de vecino pretendiendo escalar el Everest, el Kilimanjaro o el Aconcagua. Metas hermosas pero que pueden terminar siendo fatales de no prepararte bien.

Como acabo de decir, los maratones forman parte de esa obsesión. Antes se decía que toda persona antes de irse debía escribir un libro, sembrar un árbol y tener un hijo. A esos tres asuntos, ahora muchos le agregan correr una maratón.

Media maratón de Buenos Aires 2026. Foto: Francisco Loureiro

Que llevan preparación, zapatillas especiales, cuotas de inscripción y muchos exigen que seas capaz de rendir un tiempo mínimo para poder inscribirte. Hay maratones famosos, como el de Buenos Aires. A esas carreras asisten desde atletas profesionales hasta simples aficionados. Todos usan el mismo dorsal. Solo cambia el número que los identifica.

Al principio, o sea en los primeros 5 kilómetros, estoy seguro que casi todos van disfrutando. Después de los 8 km, cuando aún falta un mundo para llegar, empieza esa etapa de la carrera llamada el muro. Ese muro tiene poco que ver con la canción de Pink Floyd. Es sencillamente que después de los 8 km empezamos a preguntarnos: ¿por qué estoy haciendo esto?

Pregunta clave, sabiendo que aún falta un motón para la meta. Vamos por las calles, vemos los puestos con líquido y el público que nos alienta y nos gustaría ser parte de esa multitud que se limita a aplaudir. Pero seguimos corriendo. Al menos, la mayoría sigue corriendo.

Para muchos el kilómetro 10 es el momento de abandonar. De echarse a un lado. Llegar a casa rezongando y con dolor en las rodillas y decirse a sí mismo: lo intenté.

Otros siguen y muchos llegan hasta el final. Todos son ganadores porque el que termina un maratón, ya sea que llegue primero o último, repite la hazaña de ese mensajero Filípedes que corrió desde la ciudad de Maratón hasta la ciudad de Atenas, en el 490 antes de nuestra era, para anunciar una victoria militar, gritó “¡Nike!” (victoria en griego antiguo) y se derrumbó para siempre.

Cuando intentamos correr los 42 km, emulamos a ese héroe. En parte somos héroes también nosotros aunque solo anunciemos nuestra victoria personal.

Marcial Gala

Marcial Gala, escritor de la "patria de Guillén y de Borges". En Cuba ha sido Premio Alejo Carpentier, Nacional de la Crítica y de Cienfuegos en cuento y en poesía. En Argentina premio, Ñ Ciudad de Buenos Aires y en Estados Unidos estuvo entre los finalistas del Pen Club América. Aquí publicó cinco novelas: “Sentada en su verde limón”, traducida al italiano, “Rocanrol”, “La catedral de los negros”, al inglés, francés, alemán y árabe, “Llámenme Casandra”, al inglés, francés, italiano, portugués y polaco y, la última, “La máquina de ser feliz”.

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