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clarin.com · hace 23 horas · Clarin.com - Home

Groenlandia y el espejo de Malvinas

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El acuerdo entre EEUU, Dinamarca y Groenlandia demuestra que, cuando existen intereses estratégicos superiores, la soberanía puede ser preservada mientras se construyen fórmulas prácticas de administración y seguridad. Para Argentina, la mediación ofrecida por Trump representa una oportunidad que no debería ser ignorada.

EEUU, Dinamarca y Groenlandia alcanzaron un acuerdo que permitirá ampliar la presencia militar norteamericana en la isla, construir nuevas bases y modernizar las instalaciones existentes. Groenlandia continuará bajo soberanía danesa, pero Washington habrá logrado lo verdaderamente importante: consolidar su posición estratégica en el Ártico, controlar los accesos septentrionales al continente y contener la creciente presencia de Rusia y China en una región que concentra rutas marítimas, recursos naturales y capacidades militares decisivas.

Algo semejante comienza a ocurrir en el Atlántico Sur. Su conexión bioceánica, la proximidad de los pasos interoceánicos, la proyección sobre la Antártida, la presencia de recursos energéticos y pesqueros y la competencia por el control de las rutas marítimas convierten a la región en un espacio de interés para EEUU. La Argentina debería preguntarse si ese interés constituye solamente un riesgo o si también puede transformarse en una oportunidad.

En 1982, durante la misión de Alexander Haig, EEUU ya exploró una fórmula de administración transitoria con participación argentina, británica y norteamericana. También apareció la denominada propuesta de las tres banderas -argentina, británica y de la ONU- mientras se negociaba el estatus definitivo de las islas. No resolvía inmediatamente la soberanía, pero modificaba la situación existente, reconocía institucionalmente la presencia argentina y abría un proceso político de largo plazo.

La conducción argentina la rechazó. Pretendía que cualquier acuerdo concluyera, en un plazo perentorio, con el reconocimiento de nuestra soberanía. El resultado es conocido: no obtuvimos todo. Obtuvimos nada.

Más de cuatro décadas después, Trump insinuó la posibilidad de mediar entre la Argentina y el Reino Unido. Sin embargo, hasta ahora el gobierno argentino no convirtió públicamente ese ofrecimiento en una iniciativa diplomática formal. La omisión resulta difícil de comprender. Si Washington está dispuesto a involucrarse, Buenos Aires debería aceptar la mediación, definir una propuesta y obligar a Londres a explicar ante la comunidad internacional por qué se niega a negociar.

El Reino Unido mantiene tensiones con Rusia, enfrenta cuestionamientos internos a la continuidad de la Unión en Escocia, Gales e Irlanda del Norte y su relación especial con EEUU ya no posee la solidez de otras épocas.

Ese contexto no significa que Londres esté próximo a abandonar las islas ni que EE.UU. vaya a sacrificar gratuitamente a uno de sus principales aliados. Tampoco implica adoptar una posición ingenua frente a los intereses de los EE.UU. en el Atlántico Sur como ocurrió en 1982. Significa algo más modesto, pero también más realista: que se ha abierto una ventana de oportunidad que podría alterar una situación congelada desde 1982.

Una aceptación argentina de la propuesta de EE.UU., colocaría al Reino Unido en una posición incómodaa. ONU reconoce la existencia de una disputa de soberanía e insta a ambas partes a encontrar una solución pacífica y negociada. Londres intenta presentar el conflicto como una cuestión resuelta, pero si rechazara simultáneamente una mediación norteamericana, quedaría expuesto como el actor que se niega al diálogo reclamado por la comunidad internacional al mismo tiempo que lo colocaría en la situación incómoda de confrontar con su aliado.

La Argentina no debería presentarse a esa instancia con consignas, sino con una estrategia. No se trataría de renunciar a la soberanía. Por el contrario: sería el primer avance concreto desde la ocupación británica de 1833.

La política exterior argentina ha quedado demasiadas veces atrapada entre la declamación y la resignación. Repetimos que la soberanía es irrenunciable, pero evitamos discutir qué instrumentos permitirían aproximarnos efectivamente a ella. Confundimos firmeza con inmovilidad y principios con ausencia de estrategia.

En las relaciones internacionales, la posición de “todo o nada” casi siempre termina en nada, especialmente para el más débil. Y en esta relación asimétrica, el más débil es la Argentina.

Recuperar la soberanía exigirá décadas de crecimiento económico, reconstrucción de capacidades militares, presencia efectiva en el Atlántico Sur, integración con nuestros vecinos y una diplomacia inteligente, capaz de aprovechar las contradicciones entre los actores principales.

Groenlandia enseña que es posible preservar la cuestión jurídica mientras se modifica la realidad estratégica. Una fórmula transitoria para Malvinas no resolvería inmediatamente el conflicto, pero podría quebrar el statu quo, reinstalarnos institucionalmente en las islas y crear condiciones más favorables para una negociación prolongada.

Tras casi dos siglos, el verdadero riesgo no consiste en aceptar una solución gradual, sino en continuar en una zona de confort que se contenta con “tener la razón” en base a principios jurídicos, pero que desconoce lo más elemental de la política internacional: la dinámica de poder entre los Estados.

Juan Martín Paleo

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