Alex Karp avisa: la IA será pronto una empresa de servicios públicos
Alex Karp lleva seis meses advirtiéndoles a sus colegas del sector de inteligencia artificial que terminarán siendo nacionalizados. La respuesta que recibe es siempre la misma: "¿Nacionalizarnos? ¿En Estados Unidos? Somos tan simpáticos.
Karp es el CEO de Palantir, la firma que mayores ingresos genera vendiendo IA a ejércitos y agencias gubernamentales. No es un crítico externo ni un académico disconforme. Es el hombre mejor posicionado para saber cómo termina esto, porque lleva veinte años cobrando del Estado lo que otros todavía esperan cobrar. Y cuando alguien con ese currículum dice que el viento cambió, vale la pena escuchar hacia dónde apunta.
Su predicción, dicha en CNBC sin rodeos: la propuesta de Bernie Sanders de tomar el 50% de las acciones de OpenAI, Anthropic y xAI va a parecer conservadora en dos años. “En dos años no van a pensar que Bernie Sanders es progresista. Van a decir: ¿solo querés el 50%? ¿Qué es ese 50%?" Trump, por su parte, ya dijo que quiere reunirse con los líderes del sector para explorar formas de propiedad pública, llamándola una "asociación con el pueblo americano".
David Sacks, ex zar de IA de la Casa Blanca, intentó frenar la corriente desde adentro del propio oficialismo: advirtió que los republicanos que adopten la posición de Sanders se arrepentirán cuando el próximo gobierno demócrata use esas mismas reglas contra ellos. No lo escucharon. Que un senador socialista y un presidente conservador coincidan en estatizar la IA no es una coalición ideológica. Es la señal de que algo se rompió en el relato original.
Trump ya dijo que quiere reunirse con los líderes de la IA para explorar formas de propiedad pública, llamándola una 'asociación con el pueblo americano'"
Ese relato tenía una lógica impecable: la IA sería la industria más grande de la historia, resolvería lo que los gobiernos no pudieron resolver, y el mercado ordenaría quién ganaba. Lo que no anticipó es que los propios constructores empezarían a decir en público que el sistema que construyen podría exterminar a la especie.
Sam Altman canceló el IPO (Oferta Pública Inicial) de OpenAI, que habría valuado la empresa en más de un billón de dólares, alegando que el momento es imprudente desde el punto de vista de la seguridad. Dario Amodei, su par en Anthropic, estima entre 10 y 25% la probabilidad de catástrofe. Ambos siguen construyendo.
Un 10% no parece mucho hasta que se lo compara con cualquier otra industria regulada. La aviación comercial opera con una tasa de mortalidad por vuelo inferior al 0,0001%. Ningún medicamento llega al mercado con esa probabilidad de matar al paciente. La IA avanza con ese riesgo reconocido por sus propios CEOs, y la respuesta es acelerar. Que los mismos que advierten el peligro sean los que más lobby hacen para que las reglas las escriban ellos no es una contradicción: es el negocio.
Ahí entra la lectura que incomoda más que el catastrofismo. Andrew Ng, cofundador de Google Brain, lo dijo sin eufemismos: el miedo a la extinción es una campaña de captura regulatoria para aplastar la competencia del código abierto.
Las reglas que proponen Altman y Amodei, evaluaciones independientes, organismo único de certificación, estándares definidos en Washington, suenan razonables hasta que se nota que solo las empresas grandes tienen los abogados y los equipos para navegarlas.
Andrew Ng, cofundador de Google Brain, lo dijo sin eufemismos: el miedo a la extinción es una campaña de captura regulatoria para aplastar la competencia del código abierto"
Para mediados de 2026, los fondos de campaña financiados por empresas de IA acumularon más de US$ 322 millones en un solo ciclo electoral en Estados Unidos. El fatalismo, a esa escala, es también una categoría contable.
Si la tendencia que Karp describe se consolida, las valuaciones multimillonarias sostenidas en expectativas de crecimiento exponencial cederían paso a rendimientos regulados, tarifas fijadas por el gobierno, controles sobre exportaciones de modelos.
El incentivo económico migraría de la innovación acelerada hacia el cumplimiento normativo, con un ecosistema que se parece más a una empresa de servicios públicos que a una startup. Es un escenario que destruye el modelo de OpenAI y que Palantir, que ya opera exactamente así desde su primer contrato con la CIA en 2004, navegaría sin sobresaltos.
La IA que Altman no quiere llevar a bolsa, que Sanders quiere estatizar y que Karp vende al ejército existe en un contexto donde ningún sistema educativo del mundo ha decidido todavía cómo enseñarla"
Cuando el bombero avisa que hay fuego, conviene preguntarse qué tiene en la mano, si un extintor o un encendedor.
Lo que ninguno de estos actores menciona es la pregunta más simple: ¿para quién? La IA que Altman no quiere llevar a bolsa, que Sanders quiere estatizar y que Karp ya le vende al ejército existe en un contexto donde ningún sistema educativo del mundo ha decidido todavía cómo enseñarla, ni cómo enseñar a pensar sin ella.
Las agencias que deberían regular no tienen capacidad técnica interna para auditar y dependen, paradójicamente, del asesoramiento de las mismas corporaciones que pretenden controlar. La tecnología que va a reestructurar el mercado laboral y redefinir qué significa saber algo es diseñada por actores que no tienen ningún incentivo para democratizar su comprensión. Esa omisión no es técnica. Es la grieta por donde se cuela todo lo demás.
Cassandra tenía un problema: nadie le creía. El problema de hoy es el opuesto. Todos le creen, todos firman, y mientras tanto el mercado sube, el lobby avanza y las instituciones esperan. Karp tiene razón en que algo viene. Lo que no dice es que Palantir ya compró el paraguas.