La IA en el aula, entre pensar y delegar
Mientras Silicon Valley discute si la IA puede matarnos a todos, las pruebas PISA pusieron en agenda un problema más cercano: qué está haciendo esta tecnología con la forma en la que aprenden los alumnos. ¿Acaso el uso de la IA está provocando la debacle educativa que registró esa evaluación en el mundo?
Antes de entrar en un nuevo alarmismo conviene mirar bien los datos. Es verdad que PISA encuentra una asociación entre el uso de la IA y un peor desempeño educativo. Pero no demuestra que esa tecnología, por sí misma, sea la causa de los malos resultados.
El mismo informe advierte que pueden intervenir otros factores, como el nivel socioeconómico, las capacidades previas de los alumnos, el acompañamiento docente, la conectividad y el tipo de uso que se hace de la IA.
En este último punto conviene detenerse. Porque el estudio diferencia entre los distintos modos de utilizar la herramienta.
Muestra que los alumnos que la usan solo con un mero chat que reemplaza las tareas que deberían hacer ellos mismos -resumir un texto que no leyeron, redactar un trabajo que no escribieron- tienden a obtener peores resultados.
Ahora, el panorama cambia cuando los estudiantes usan la IA como un apoyo para aprender: para comprender mejor un concepto, investigar un tema, comparar explicaciones o verificar información.
Estamos hablando de la misma tecnología, pero lo que cambia es lo que hacen los estudiantes con ella. Y, eventualmente, si se produce un proceso de delegación cognitiva.
Es que un alumno puede pedirle a una IA que resuma las 20 páginas que debía leer y entregar 5 minutos después un trabajo impecable. El resultado podrá ser excelente, y el aprendizaje, casi inexistente.
Ese mismo alumno puede leer las 20 páginas y pedirle a la IA que cuestione la interpretación que él hace, que le presente un argumento contrario, que compare dos explicaciones o que le señale qué parte no entendió correctamente.
En el primer caso, la máquina reemplaza el esfuerzo intelectual. En el segundo, lo aumenta.
PISA muestra, además, una brecha preocupante. Mientras 9 de cada 10 estudiantes argentinos ya usan IA para alguna actividad escolar (casi todos), solo 6 de cada 10 dicen haber aprendido en clase a evaluar la información que producen estas herramientas.
Por lo visto, los alumnos ya adoptaron esta nueva tecnología, pero las escuelas todavía están viendo qué hacen.
Los alumnos ya adoptaron la IA. Las escuelas todavía están viendo qué hacer. El desafío ya no es enseñar a usarla, sino algo más importante: enseñar cuándo usarla, para qué usarla y cuándo no usarla.
Porque la IA puede ayudar a pensar, pero también puede convertirse en una prótesis que piense por nosotros.
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