Jóvenes suburbanos: ¿una rebeldía silenciosa?
A los jóvenes trabajadores de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado se los recuerda por su ropa de grafa, sus boinas azules o negras y un aire tanguero. De hecho, conservo una foto de mi padre retratado así a la salida de una fábrica. Y a los de la generación del setenta se los evoca, a su vez, por el pelo largo, los jeans, la retórica y los gestos enérgicos y desafiantes. ¿Cómo perdurará en la memoria la juventud de los suburbios, gran parte de la cual hoy, sin desearlo, no trabaja ni estudia?
Sea como fuere, distintas investigaciones y encuestas realizados por el Centro de Investigación y Acción Social, el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el INDEC, entre otros, contienen datos reveladores. Casi la mitad de los menores de treinta años que habitan las periferias de las grandes ciudades vive en condiciones de vulnerabilidad multidimensional.
Es decir, se enfrentan a diversas limitaciones simultáneas —como falta de empleos decentes, bajos ingresos, mala atención médica y vivienda precaria— que perjudican sus derechos básicos o les impiden ejercerlos plenamente. Además, perciben un panorama que les juega en contra y los desalienta a buscar trabajo por la falta de horizontes y movilidad social ascendente.
En un plano, registran, como estrellas distantes y fugaces, un cuantioso superávit comercial y una actividad pujante en la producción agrícola pampeana, el sector financiero y en el desarrollo minero y energético andino-patagónico.
En el otro, en cambio, advierten que, a las conocidas caídas del consumo interno, la industria y el comercio, se suman otros aspectos adversos. Entre ellos, una inflación que no termina de controlarse, combinada con aumentos del desempleo y de la precariedad laboral.
También les pesa el cierre de miles de empresas desde noviembre de 2023. Y el hecho de que los precios de la ropa, los restaurantes, la recreación y hasta de una simple hamburguesa estén entre los más altos en dólares de América Latina.
A esto se agrega, por ejemplo, que la mayoría de los salarios retrocedió en el último año y que el sueldo promedio nacional de un maestro de grado con antigüedad no alcanza a cubrir lo que una familia tipo necesitó en julio pasado para no caer en la pobreza.
El estudio de la UBA revela, en este sentido, que un alto porcentaje de los jóvenes que trabajan lo hace en la informalidad o por cuenta propia. Ya sea en el comercio, la construcción, las tareas de cuidado o la venta ambulante, y que aun así no llegan a fin de mes con sus ingresos.
Esta situación los lleva a endeudarse por canales informales y a contraer créditos que no pueden devolver, lo que afecta su historial financiero y, por ende, su futuro económico. O bien, los obliga a postergar pagos de la tarjeta de crédito, de la obligación tributaria o de las facturas de luz, gas y agua.
La vivienda es otro componente de la fragilidad juvenil. Alrededor de la mitad de los que tienen entre 19 y 29 años vive con sus padres o ha regresado a sus hogares de origen debido a las dificultades para afrontar el precio de los alquileres, las expensas y los servicios básicos.
En materia educativa, la cantidad de personas de hasta 24 años que completaron el secundario creció en la última década. Sin embargo, la brecha continúa siendo profunda: solo 6 de cada 10 jóvenes de recursos insuficientes obtuvieron el título, a pesar de saber que les mejoraría el nivel de vida, frente a 9 de cada 10 del quintil socioeconómico más alto.
En el plano de la salud, los datos completan el cuadro. Buena parte de los jóvenes vulnerables carece de obra social o prepaga. Además, el malestar psicológico se convirtió en una experiencia cotidiana con signos frecuentes de ansiedad o nerviosismo, y más de la mitad experimentó tristeza o desgano. A su vez, un tercio reconoce haber consumido alcohol, tabaco o drogas en los últimos tiempos.
¿Constituirán estas condiciones la base de cierta indiferencia política que revelan las encuestas? ¿Responderá esa actitud a una rebeldía singular y silenciosa que no busca, por ahora, manifestarse colectivamente —salvo en el deporte o con los ídolos populares— ni organizarse de algún modo? ¿O esa apatía obedece, simple y llanamente, a la ausencia de representantes genuinos?
Una proporción significativa de estos jóvenes afirma en las encuestas que en 2027 votará por un cambio de gobierno. Al mismo tiempo, se muestra convencida de que hacer las cosas bien no garantiza resultados, ya que los desenlaces son siempre inciertos, y de que no conviene verbalizar las ilusiones porque pueden pincharse.
“En mi familia cada uno tiene un sueño, pero mucho no lo contamos porque queremos que se cumpla, que no se estropee…” razona una de las entrevistadas.
Son expresiones que dejan entrever una vida difícil, con un futuro cuesta arriba, cercado por riesgos, relaciones inestables y la ausencia o escasez de servicios públicos, instituciones e infraestructura que funcionen como se espera. A esta luz me dieron, a esta luz me doy, decía el bardo Fernández Moreno aludiendo a la fatalidad de ser argentino. ¿Habrá otra manera, tal vez?
Quizá. Mientras tanto, los dirigentes que han demostrado una incapacidad manifiesta para evitar o resolver estos problemas harían bien en sincerarse frente a este universo juvenil. Bastaría con adaptar unas líneas del gran Bertolt Brecht: “Ustedes, cuando lleguen los tiempos en que el ser humano sea amigo del ser humano, piensen en nosotros con indulgencia” .
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