Malvinas: un punto de partida
El 1 de mayo de 1982, a las diez de la noche, el canciller argentino Nicanor Costa Méndez recibió una llamada del ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Dr. Javier Arias Stella. Ese contacto dio inicio a la negociación impulsada por el presidente Fernando Belaunde Terry con el propósito de poner fin al conflicto armado por las Islas Malvinas.
Aquella jornada había sido particularmente dura en la Casa Rosada. Durante la madrugada, el aeropuerto de Puerto Argentino fue bombardeado por una aeronave Vulcan británica. Al amanecer, una escuadrilla de Harriers volvió a atacarlo. Poco después, tres buques británicos abrieron un fuego incesante sobre el mismo objetivo y sobre las posiciones defensivas argentinas.
Los primeros informes recibidos a partir de las 17 horas daban cuenta de numerosas bajas argentinas. También informaban sobre el rechazo de ataques helitransportados y la retirada de los buques británicos tras una acción de la Fuerza Aérea Argentina.
El clima en la Argentina era de profunda preocupación. En la Sala de Situación del primer piso de la Casa Rosada, contigua a la oficina que ocupaba nuestro equipo, se advertía que el propósito original de impulsar una iniciativa capaz de destrabar el prolongado empantanamiento de las negociaciones con Gran Bretaña —que durante años no habían prosperado— se desvanecía frente a la realidad de los combates.
Sin embargo, a las 22:15 sonó el teléfono. Era el ministro Costa Méndez desde la Cancillería. Había recibido una llamada del primer ministro del Perú, Manuel Ulloa, y luego otra del canciller Javier Arias Stella. Los funcionarios peruanos deseaban saber si, ante la tragedia que se estaba desarrollando, la Argentina aceptaría una instancia de mediación destinada a frenar la escalada bélica.
Costa Méndez informó que había manifestado la predisposición favorable de nuestro país a aceptar la mediación peruana. Desde el Palacio Pizarro respondieron que el propio presidente Belaunde Terry llamaría a Galtieri para formalizar una propuesta de paz.
La llamada se produjo a las 23:50. Belaunde transmitió a Galtieri un texto que, según explicó, había sido consensuado directamente con el secretario de Estado norteamericano Alexander Haig, quien se encontraba acompañado por el canciller británico Francis Pym, impulsor de una salida diplomática ante la perspectiva de una guerra abierta.
3. Introducción, de común acuerdo, de terceras partes para administrar las islas.
4. Reconocimiento por ambos gobiernos de la existencia de posiciones conflictivas respecto de la soberanía del archipiélago.
5. Reconocimiento mutuo de la necesidad de tener en cuenta los puntos de vista e intereses de las partes involucradas.
6. El grupo de contacto que intervendría en las negociaciones estaría integrado por Brasil, Perú, Alemania y Estados Unidos.
7. Antes del 30 de abril de 1983 debería haberse alcanzado un acuerdo definitivo bajo la responsabilidad de dicho grupo de contacto.
Belaunde pidió encarecidamente a Galtieri que no se produjera ningún hecho bélico durante las siguientes cuarenta y ocho horas, mientras se exploraban estas alternativas. En respuesta a ese pedido, a las dos de la madrugada del 2 de mayo se impartieron órdenes directas desde la Casa Rosada a los comandos argentinos para suspender las acciones militares.
A partir de ese momento comenzó en Buenos Aires un análisis minucioso de la propuesta. El gobierno argentino la consideró aceptable, aunque planteó dos modificaciones: sustituir a Estados Unidos por Canadá en el grupo de contacto y reemplazar la expresión «deseos» de los isleños, propuesta por Gran Bretaña, por la fórmula «deseos sobre intereses». Debe recordarse que pocos días antes la propuesta del General Haig, llamada de las tres banderas, había prosperado, pero a ultimo momento fue objetada por el gobierno argentino, porque Gran Bretaña agregó en el último artículo, la realización de una ”encuesta” sobre los deseos de los isleños, que habría la puerta a la autodeterminación.
Las modificaciones fueron aceptadas y la propuesta quedó aprobada. Durante la mañana del 2 de mayo, Costa Méndez se comunicó con Belaunde, quien ratificó los cambios.
A las 15 horas se comunicó formalmente al presidente peruano que la propuesta había sido aceptada y que la Junta Militar se reuniría a las 19 para realizar el anuncio oficial. La paz aparecía entonces como una posibilidad concreta. Belaunde convocó una conferencia de prensa para las 17 horas de Lima y anunció que la Argentina y Gran Bretaña habían aceptado la propuesta, lo que implicaba el cese de toda hostilidad entre ambas naciones.
Pero a las 18:50 llegó al seno de la Junta Militar una noticia infausta. A las 16:05 había sido torpedeado y hundido el crucero ARA General Belgrano, con 1.053 hombres a bordo. No existían noticias sobre sobrevivientes. El buque había sido atacado fuera de la zona de exclusión y alejándose de la flota británica. El ataque se producia en plena tregua gestionada por Belaunde, apenas quince minutos antes del anuncio de la paz.
Pese a la gravedad de la noticia, el brigadier Lami Dozo testimonia que la propuesta fue aceptada y que únicamente se postergó el anuncio hasta conocer el destino de los tripulantes del Belgrano. Sin embargo, recién veinticuatro horas después se tuvo alguna información sobre ellos.
Posteriormente, la primera ministra británica Margaret Thatcher declaró que desconocía la propuesta cuando ordenó el hundimiento del Belgrano y que, de haberla conocido, la habría considerado aceptable. De hecho, cuando la Argentina se inclinó por la mediación de las Naciones Unidas, Thatcher manifestó a Belaunde que aceptaba la propuesta, aunque solicitó mantener únicamente la palabra «deseos».
Múltiples testimonios, tanto en Lima como en Washington, sostienen que Thatcher estaba informada en detalle por Pym acerca de la propuesta y de la aceptación argentina. Esta revelación contradice la versión oficial británica. Asimismo, se ha demostrado que el Belgrano se alejaba de la flota británica y se encontraba a más de catorce horas de distancia.
Lo cierto es que, tras aquella tragedia, el gobierno británico terminó reconociendo que la propuesta era aceptable, aunque posteriormente bloqueó el cese del fuego promovido por las Naciones Unidas.
Cabe destacar que el 4 de noviembre de 1982, la Asamblea General de Naciones Unidas, votó la resolución 37/9 que exhortaba a Gran Bretaña y a la República Argentina a buscar una solución pacifica al diferendo. Esta resolución fue aprobada por una amplia mayoría, impidiendo que Londres, diera por cerrado el camino de la negociación. Fue un notable triunfo de la Cancilleria Argentina a cargo en aquel momento del Dr. Juan Aguirre Lanari.
Si esa propuesta pudo ser considerada aceptable por ambas partes en medio de una guerra, resulta difícil sostener que no pueda serlo hoy, cuando, cuarenta y cuatro años después, la controversia sobre la soberanía de las Islas Malvinas sigue abierta.
¿No ha llegado el momento de retomar la iniciativa de paz impulsada por Fernando Belaunde Terry y convertirla en la base de una negociación seria, capaz de conciliar los intereses en disputa y abrir un nuevo camino para la resolución del conflicto del Atlántico Sur?
¿Dado que esta propuesta de 1982, fue de Estados Unidos, y vista la preocupación de este país hoy por el Atlántico Sur, se la puede pedir que oficie de mediador y garante de esta negociación?
El cambio de escenario actual, invita a pensar alternativas para asegurarnos un rol protagónico a futuro, en esa región de creciente nivel estratégico.
De cuanto aquí se relata soy testigo presencial. Formaba parte del equipo que aquella noche permaneció en la Casa Rosada mientras transcurrían las negociaciones con Belaunde. El relato de esa jornada, acompañado por la documentación que lo respalda, puede encontrarse en el libro Malvinas: cinco días decisivos.