Gardel y el anillo que sobrevivió increíblemente al fuego
En un dedo de la mano de Carmen Barbieri se condensa buena parte de la historia musical trágica de nuestro país. Ese anillo modelo bandera que ella pasea con naturalidad por los estudios de televisión es una asombrosa pieza de “arqueología” que sobrevivió al accidente de avión de Carlos Gardel. La "contraseña" que permitió reconocer uno de los cadáveres.
La joya pertenecía a su abuelo, Guillermo Barbieri, guitarrista de “El Zorzal”. Cuenta la leyenda que lo compraron juntos en París, en Champs Elysees. Gardel quiso regalar a cada uno de sus músicos un presente en un gesto de inmortalidad de esa amistad. El destino hizo de las suyas en Medellín y las llamas destruyeron las cuerdas vocales más sublimes y otras vidas, pero no ese círculo de brillantes que Carmen heredó y piensa legar.
El anillo dice en su interior Guillermo Desiderio Barbieri, lo que en su momento significó un grito de identificación. Esa simple inscripción sirvió para que en medio del horror pudieran oficializar esa muerte. Y Guillermo siguió su “viaje” de otra forma, con ese anillo que se calzó luego su hijo el humorista Alfredo Barbieri y que Carmen mandó a achicar. Más adelante le tocará tomar la posta a Federico Bal.
Los hilos de esta historia, para atrás y para adelante, dan pie a una posible gran película, o a un cuento extraordinario. Tristán Barbieri -bisabuelo de Carmen- enseñó pacientemente guitarra a su hijo Guillermo y eso llevó a ese joven a toparse con Gardel y con la muerte temprana. ¿Qué habría pasado si Tristán no ponía a disposición del hijo un universo musical? ¿O si Guillermo se dedicaba a otro instrumento, o tal vez a otro rubro, o si abandonaba a Gardel unos meses antes? ¿Y si no hubiera usado aquel anillo en aquel desgraciado vuelo?
Entre los sobrevivientes de ese episodio del 24 de junio de 1935 en que nació el mito gardeliano estuvo José María Aguilar, que vivió 16 años más y fue aplastado por un auto en Flores. Después de las quemaduras gravísimas del accidente aéreo y del estigma de las manos quemadas, imposibilitadas de volver a tocar como lo habían hecho, el destino cobró una vieja deuda. En una simetría macabra, cambió obscenamente la ironía del avión por la de un coche. Después de haber escapado del fuego, el hombre nos recordó que nadie está a salvo para siempre. Que la muerte solo cambia de esquina.
El bendito anillo, lo que para muchos puede ser un objeto tenebroso, cargado de un simbolismo oscuro, un enigma que no quedó calcinado, es para Carmen prueba del milagro, una evidencia luminosa y un modo de compañía ancestral.
Más que un souvenir del horror, la alhaja que atravesó dos siglos entre Francia, Colombia y Argentina es para ella signo de resistencia. Podría habitar un museo, pero descansa en el dedo de Carmen. Un metal testarudo que confirma que Gardel cada día canta mejor.
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