La oportunidad argentina no es un recurso, es una ventana
Hay una frase que en la Argentina se repite cada diez años con la misma convicción e igual resultado: “tenemos una oportunidad histórica”. Se dijo en 1992, en 1997, se repitió en 2007 y otra vez en 2017. En cada uno de esos años había un argumento razonable y en cada uno de esos años, el país terminaba explicando por qué esa vez tampoco se aprovechó.
Vale entonces empezar por lo incómodo: en nuestro contexto la palabra “promesa” no describe un futuro, ya se refiere a un hábito. Ser promesa es un estado cómodo. No exige ejecutar nada, no se audita y se puede sostener indefinidamente mientras el diagnóstico siga siendo brillante. Un país puede vivir un siglo entero de su potencial, como bien lo prueba nuestro país.
Dicho eso, podemos estimar que esta vez hay algo distinto porque lo que cambió no es la promesa, sino el costo de volver atrás.
La dotación de recursos ya no es novedad. El gas de Vaca Muerta está presente desde hace quince años y la geología, desde hace cien millones. El litio, el cobre, la proteína, el talento en software: nada de eso apareció en 2024. Si la dotación alcanzara, este debate no existiría.
Lo que efectivamente cambió es más profundo y relevante: aumentó el costo de revertir. Hay contratos firmados bajo el RIGI con estabilidad por 30 años y derechos ya adquiridos, que no se deshacen con un decreto, sino con juicios en tribunales internacionales. Hay una restricción presupuestaria distinta, con un gasto primario que pasó de 19,5% a 14,5% del PBI y volver a la estructura anterior tiene un precio fiscal explícito. Y hay capital hundido en el suelo: ductos, plantas, proveedores, empleo registrado y regalías que hoy financian presupuestos provinciales de signos políticos diversos.
Nuestro Índice de Reversión del Modelo (creado por Abeceb) lo cuantifica: bajó de 53 a 42 puntos desde fines de 2023, un 22%. El dato relevante no es la magnitud sino la composición. La dimensión macroeconómica se derrumbó de 75 a 30, es decir que la macro dejó de ser el principal factor de reversión en nuestro país y eso no había pasado nunca en la serie.
Ahí está la oportunidad real, y conviene nombrarla con precisión: no es que la Argentina se volvió irreversible. Es que, por primera vez en décadas, deshacer se volvió más caro que continuar.
Ahora bien, una oportunidad que no se difunde no es una oportunidad de desarrollo. Nuestro escenario central para 2027 —al que asignamos 50% de probabilidad— no es ni boom ni crisis. Es dispersión. Un país donde tres o cuatro sectores despegan y el resto se financia con capital propio porque el crédito sigue caro. Los números del primer semestre ya lo muestran sin ambigüedad: agro creciendo casi 10% i.a., minería y oil & gas 14,4%, contra una industria en -1,9% y un comercio tradicional absorbiendo importaciones de consumo que son 35% mayores a las de 2023.
Esa es exactamente la forma que tomó la denominada maldición de los recursos en la mitad de los países que la sufrieron. No fue que los recursos no rindieran, fueron muy redituables, pero para una porción muy chica de la economía. El economista John Hartwick escribió hace medio siglo la regla que separa a Noruega de Venezuela: la renta de un recurso agotable tiene que convertirse en capital reproducible como capital humano, infraestructura y capacidades. No en consumo, subsidio o reserva.
La Argentina está hoy generando esa renta. La pregunta de política económica de los próximos cinco años es si va a convertirla o a gastarla. La conversión no es automática, no la resuelve la macro y depende de tres condiciones que no están resueltas.
La primera es institucional. Un contrato no vale lo que dice la ley: vale lo que un juez hace cumplir, y en cuánto tiempo. Con más de doscientas vacantes en la justicia federal, cada concurso demorado es un costo que no figura en ningún modelo financiero y que igual se paga. El ajuste fiscal tuvo velocidad; la previsibilidad judicial recién empezó a moverse.
La segunda es empresaria, y es la menos discutida. Durante 20 años el resultado de una compañía argentina dependió más del contexto que de su gestión. Eso se terminó, el riesgo dejó de ser macroeconómico y pasó a ser competitivo: productividad, escala, tecnología, estándares. Es una buena noticia, porque el resultado vuelve a estar en manos propias y porque se acabaron las excusas.
La tercera es de capacidades, y merece párrafo aparte porque es la más apremiante.
En la Argentina la educación se discute como un tema social y se decide como tema presupuestario. Habría que analizarla como lo que nos urge en este momento: la restricción de oferta más dura que tiene la economía. Es una cuestión de equidad, por supuesto, pero mientras siga siendo sólo eso, va a competir por atención con 20 urgencias y va a perder casi todas las veces.
Segundo, es clave mirar el piso y no el promedio. PISA 2025 dio el peor resultado desde que existe la serie y la lectura fue que caímos once puntos respecto de 2022. Ese no es el dato más significativo. Lo importante es que tres de cada cuatro chicos quedaron por debajo del nivel básico en matemática, seis de cada diez en lectura y casi seis de cada diez en ciencias. No tenemos sólo un problema de rendimiento promedio: tenemos un problema de umbral. La brecha con la OCDE es de entre 70 y 96 puntos según la materia, más de un desvío estándar completo. Eso no se resuelve con mejoras marginales.
Tercero, cobertura no es aprendizaje. La Argentina resolvió el acceso hace décadas y sigue reportándose a sí misma con indicadores de matrícula y egreso, que son los que mejor la dejan parada. Si el indicador que elegimos nos felicita, no estamos midiendo con seriedad.
Cuarto, y es el punto que más cuesta aceptar: la educación tiene el tiempo de maduración más largo de cualquier política pública. Un chico que entra hoy a primer grado llega al mercado de trabajo en 2038. La ventana de oportunidad de la que venimos hablando no dura hasta 2038. De ahí se desprende que la respuesta no puede ser una sola: hay que reformar el sistema, que corre en el reloj largo, y simultáneamente, implementar formación técnica de ciclo corto y reconversión de adultos, que corre en el reloj que sí tenemos.
Hoy el 68% de las empresas no consigue los perfiles que busca —ingeniería, tecnología y datos, operaciones y logística— y esa escasez no se resuelve a tiempo si seguimos procrastinando los cambios.
Y quinto, el problema es federal antes que nacional. Las provincias que están generando la renta son, en buena medida, las que tienen hoy con qué financiar el capital humano que hará falta después. Convertir regalías en escuelas técnicas, en institutos de ciclo corto y en infraestructura de formación no es una metáfora de la regla de Hartwick. Es la regla de Hartwick aplicada en el único momento del ciclo en que puede dar resultados.
Una oportunidad basada en dotación de recursos no tiene vencimiento: el gas espera. Una oportunidad basada en costo de reversión, sí. Las ventanas se cierran y lo hacen sin anuncio previo.
En Abeceb usamos un cociente simple para ordenar decisiones de capital: tiempo disponible sobre tiempo necesario. Cuánto falta para que el cambio competitivo alcance a una empresa, dividido por cuánto tarda ese negocio en reposicionarse de verdad. Cuando el cociente es mayor que uno, se escala. Cuando ronda uno, se reposiciona. Cuando es menor, se defiende. La mayoría de las empresas argentinas todavía no hizo esa cuenta, y varias descubrirían que su discurso dice escalar mientras su presupuesto real, dice defender.
Sirve también a escala de país. Hay una ventana abierta y no está claro cuánto dura. Durante veinte años, el que se equivocaba de diagnóstico perdía plata. Hoy el que se demora en decidir, pierde la posición. Es una diferencia enorme y todavía no terminamos de incorporarla.
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