Baño, cena... y el libro que cierra el día
Fijado: Estoy por cumplir 54 años y mi hijo Aquiles tiene ocho. Plateado en pelo y barba, soy, como se dice, un papi silver. Orgulloso papi silver.
Si algo hice con entusiasmo en estos años de crianza de mi hijo fue leer junto a él. En general, ese momento se da a la noche, entre las 20.30 y las 21, en su cama, antes de que se duerma.
El ritual es así: baño, cena, postre, lavado de dientes, libro, beso en la frente, buenas noches, mi vida, te adoro, y fin de la jornada.
Los primeros libros que compartimos fueron, como se dice, “táctiles”, más para tocar que para leer, con figuras armadas con diferentes materiales y, también, con sonidos varios: de suricatas, lobos, serpientes, bomberos, ambulancias…
Después, a medida que Aqui fue creciendo, llegaron los relatos: El Señor Orejas, Hipo no nada y buena parte del catálogo de la serie Burundi, de mi autor preferido, Pablo Bernasconi.
La idea siempre fue que Aqui escuchara algún cuento y que eso, además de activarle la imaginación, lo indujera al sueño, pero a veces yo llegaba tan agotado a ese momento que me dormía antes que él.
O, para apurar la lectura, me salteaba a propósito algunos párrafos, pero como mi hijo ya se los sabía de memoria, me decía: “Papi, ahí te faltó decir que…”.
Cuando tenía cuatro o cinco años, y sobre todo después del Mundial de Qatar 2022, donde ganamos la tercera estrella, Aqui se empezó a interesar por los libros de fútbol, en especial, sobre Leo Messi y el Dibu Martínez, sus héroes máximos.
Y llegó a primer grado, donde aprendió a leer por su cuenta, solito y solo, primero en imprenta mayúscula y después en cursiva. Fue, por qué no, un verdadero suceso, el primer paso hacia la emancipación.
Incluso la maestra lo felicitó porque expuso con soltura un trabajo práctico sobre uno de los clásicos de la literatura infantil: Caperucita Roja.
Como parte del mismo aprendizaje, este año, ya en segundo grado, Aqui disfrutó leyendo El genio de la cartuchera, de Mario Méndez, un libro de cuentos en el que el personaje central es Abdul Lapizlázuli, un genio bromista, torpe y con buenas intenciones.
Me gustó ver a Aqui reírse mientras leía, comprender algunos de los giros del relato, disfrutar de los finales.
Aqui lee solo pero también le gusta que le siga leyendo yo. En especial, seguir mis modulaciones. Y apoyar su cabeza sobre mi pecho.
A mí, en cambio, me leía mi mamá: El gato con botas, Blancanieves y los siete enanitos, El Principito... Su voz era muy dulce, clara, casi de locutora. Si se cansaba de leer, cantaba: sus hits preferidos eran los de María Elena Walsh, "la naranja se pasea...".
¿A ella también le leían cuando era chica? ¿Cómo era el momento de irse a dormir de una nena de ocho años en 1954? No lo sé. Se lo voy a preguntar la próxima vez que la vea.
En mi caso, de los libros que leí en la escuela primaria recuerdo dos, Mi amigo Gregorio, de Editorial Estrada, y Elige tu propia aventura, de Edward Packard: entre varias alternativas, el lector decidía cuál era el desenlace del libro. Nos parecía genial. Una publicación, como se dice ahora, rupturista.
En casa me leía mi mamá pero al que yo veía leer era a mi papá, gran consumidor de libros y también de diarios y revistas. Siempre tenía a mano varios ejemplares. Iba de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, a El Gráfico, Goles y La Opinión, de El presidente que no fue, de Miguel Bonasso, a Clarín, Página 12 y La Nación. Es más, creo que me hice periodista porque vi cómo disfrutaba leyendo las columnas que escribía Tomás Sanz en la revista Humor, que guardaba en el primer cajón de su mesa de luz.
Al fin de cuentas, yo quiero hacer lo mismo que mi papá: que mi hijo me vea leer y se entusiasme con esta práctica ancestral, silenciosa. Porque, supongo, la lectura le va a dar más vocabulario, más sensibilidad, más conocimientos. Porque creo que es la mejor fórmula "antitermo".
Al mismo tiempo tengo claro que está lleno de bestias letradas, sin alma, gente con copiosas bibliotecas que no ha asimilado nada de lo que ha leído. Y más todavía: sé que está lleno de sabios que nunca leyeron ni la Patoruzito.
En todo caso, pienso, la lectura de libros puede ser una buena forma de que Aqui no consuma tantas pantallas: Instagram, Tik Tok, X...
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