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infobae.com · hace 3 horas · Martín Ostolaza, Guillermo Variego

Las pasiones tristes y el humor social

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La política argentina ya no puede entenderse únicamente desde las preferencias ideológicas o los indicadores económicos. Existe una dimensión que gana cada vez más peso: las emociones. No solo ayudan a explicar el voto, sino también la creciente dificultad que tienen los oficialismos para sostener su apoyo y dar continuidad a sus proyectos políticos. El ejemplo más cabal de esto fue el enorme porcentaje de electores que durante el 2025 decidieron no participar del escrutinio. La explicación de esas ausencias debe buscarse en la emotividad negativa que acechó a esos votantes y los atravesó. Por más que hayan expresado cierto orgullo de su decisión, el trasfondo es otro: indignación, indiferencia, bronca, y así podríamos seguir.

Las mediciones de Innova Opinión Pública muestran que, cuando se consulta por los sentimientos que despierta la actualidad, predominan ampliamente la incertidumbre, la bronca, el miedo y la tristeza, mientras que la esperanza y la tranquilidad ocupan un lugar mucho más reducido. Este patrón no es exclusivo de una provincia; distintas consultoras nacionales describen un clima emocional similar.

Ese diagnóstico dialoga con La época de las pasiones tristes, de François Dubet. El sociólogo sostiene que vivimos en sociedades donde el debilitamiento de las expectativas de progreso, la percepción de desigualdad y la sensación de vulnerabilidad alimentan un estado de ánimo dominado por la frustración, el resentimiento y la incertidumbre. No se trata solo de una crisis económica, sino de una transformación en la forma en que las personas experimentan su relación con la sociedad.

Desde esa perspectiva, la economía explica una parte del malestar, pero no toda. Una persona puede reconocer que algunos indicadores mejoran y, al mismo tiempo, sentir incertidumbre respecto de su trabajo, miedo por el futuro o angustia frente a la pérdida de previsibilidad. Las emociones responden tanto a las expectativas como a la realidad objetiva. En ese sentido, los gobiernos no administran únicamente la economía: también administran expectativas.

Entre todas las emociones que relevamos desde Innova, la incertidumbre aparece como la más persistente. Y no es un dato menor. Una sociedad que no sabe qué esperar posterga decisiones, reduce proyectos, desconfía más y evalúa la política desde el riesgo antes que desde la esperanza. Esa emoción atraviesa tanto a oficialistas como a opositores.

Dubet advierte que las “pasiones tristes” también modifican el funcionamiento de la política. Cuando predominan el miedo, la bronca o la frustración, disminuye la confianza interpersonal, aumenta la búsqueda de responsables, se profundiza la polarización y los discursos confrontativos encuentran un terreno más fértil. De esta forma, la competencia política se centra en una disputa emocional y se aleja de la competencia de propuestas.

Quizás allí exista una clave para comprender por qué los oficialismos, en Argentina y en muchas democracias, encuentran cada vez más dificultades para conservar el poder. Gobernar ya no implica solamente producir resultados; implica reconstruir confianza y reducir la incertidumbre en sociedades que llegan emocionalmente desgastadas.

La buena noticia es que las emociones no son inmutables. También responden a experiencias concretas. En Santa Fe, por ejemplo, la mejora en la percepción de la seguridad comienza a reflejarse en un descenso del miedo y en un crecimiento de la tranquilidad. Eso demuestra que las políticas públicas, cuando producen resultados visibles en la vida cotidiana, pueden modificar el clima emocional de una sociedad, sobre todo cuando se trata de problemas profundos que la dañaron durante tantos años.

Quizás allí resida una enseñanza para cualquier gobierno. La discusión ya no pasa únicamente por la economía ni por el relato. Entre ambas dimensiones existe una tercera variable: las emociones colectivas. Comprender cómo se forman, cómo cambian y cómo influyen sobre la confianza puede ser tan importante como medir la intención de voto o la imagen de un dirigente. Porque, muchas veces, antes de cambiar un gobierno, cambia el estado de ánimo de la sociedad.

En conclusión, sociedades emocionalmente agotadas tienen menos paciencia con sus gobiernos, consumen más rápidamente el crédito de confianza que otorgan en las urnas y buscan respuestas inmediatas a problemas estructurales. No se trata únicamente del cansancio que provoca una crisis económica prolongada. Es un agotamiento más profundo: el de convivir durante años con la incertidumbre, la frustración y la sensación de que el esfuerzo personal no siempre alcanza para construir un horizonte previsible.

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