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infobae.com · hace 3 horas · Claudio Chaves

Sarmiento fue mucho más que un maestro

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En un nuevo aniversario de su muerte amerita rescatar aspectos poco conocidos o ninguneados de Sarmiento y de su presidencia, que fue un giro en dirección a las provincias, golpeadas cruelmente por la presidencia del general Mitre.

En primer orden señalar que el sanjuanino le cerró para siempre, a don Bartolo, la posibilidad de repetir. Esto es volver a ser Presidente. Por cierto el porteño no cejó en sus intenciones y como siempre fue el golpe de Estado su política de poder. Su presidencia fue a consecuencia de derrocar al presidente Derqui en 1861. Y luego lo intentaría en 1874, 1880, 1890 y 1893.

La candidatura del sanjuanino fue lanzada por el Ejército Nacional conformado como tal en la guerra contra el Paraguay. El coronel Lucio Mansilla le envió una carta a Sarmiento, a la sazón en los EE.UU., donde le manifestaba la voluntad del Ejército: “Don Emilio Mitre (hermano de Bartolo) el general Gelly, el general Hornos, el coronel Vedia, cien comandantes, mil oficiales, están por usted.” El Ejército se movía en dirección contraria al mitrismo. Bartolo desesperaba. Emitió, entonces, un documento desde su campamento en Paraguay para dejar en claro su postura para la sucesión: “Yo diría que el candidato mejor no sería aquel que me gustase o le gustase a otro, sino aquel que reuniese el mayor número de voluntades de nuestro partido. Porque de no proceder así, sus enemigos más compactos y disciplinados podrían alcanzar el triunfo tomándonos diseminados. Porque el triunfo de esa fracción de nuestro partido solo podría dar origen a un gobierno raquítico”

Para Mitre el candidato ideal sería quien salve la unidad del partido nacionalista o liberal como se llamaba el mitrismo. Sarmiento no era el hombre, dividió al partido. Y Mitre no repitió. Para evitar ser un gobierno raquítico hizo tres movimientos precisos. Primero le ofreció la vicepresidencia a don Adolfo Alsina, caudillo de la ruralidad y de los suburbios porteños. Jefe del antiguo partido rosista. Segundo, ante el brutal ataque de Mitre, por aquello que no hay peor astilla que la del mismo palo, giró la política ciento ochenta grados, marchó a Entre Ríos y selló un acuerdo con Urquiza, jefe del federalismo provinciano, a quien nueve años antes proponía asesinarlo o exiliarlo. La necesidad tiene cara de hereje. Con este abrazo aparecía de manera embrionaria lo que más tarde sería el PAN, partido autonomista nacional. Nada de esto fue gratis. Los federales rabiosos de Entre Ríos enojados con don Justo desde la Batalla de Pavón, que entregó a Mitre, por su postura pasiva frente a la guerra de la Triple Alianza y ahora el abrazo con Sarmiento no esperaron más y en un episodio confuso Urquiza fue asesinado el 11 de abril de 1870, por su gente.

Sarmiento entendió el mensaje. Los extremistas del liberalismo porteño, el mitrismo, y los federalistas rabiosos de Entre Ríos, coincidían en dejar solo al sanjuanino. Pero no alcanzaron su objetivo. Sarmiento concluyó su presidencia e incluso logró imponer su sucesor, el doctor Nicolás Avellaneda cuyo padre había sido asesinado por las fuerzas porteñas del rosismo. Rosismo y mitrismo, dos caras de la misma moneda.

Corría el año 1864 y Sarmiento marcha a EE.UU. vía Chile, al llegar a Santiago se entera que un almirante español ha tomado las islas Chinchas, ricas en guano. Sin hacer ningún tipo de averiguación ni pedir autorización al presidente argentino se mete como una tromba en el problema, condena a España y participa de un Congreso Americano constituido para mostrar músculo. Mitre lo saca vendiendo almanaques y le dice: “La verdad es que las repúblicas americanas eran naciones independientes, que viven de su vida propia y debían vivir y desenvolverse en las condiciones de sus respectivas nacionalidades, salvándose por sí mismas o pereciendo si no encontraban en sí los medios de salvación. Que era tiempo ya que abandonáramos esa mentira pueril de que éramos hermanitos y que como tal debíamos ayudarnos. Debíamos vivir la vida de los pueblos libres e independientes, bastándonos a nosotros mismos en vez de jugar a las muñecas de las hermanas”. Mitre y Sarmiento guardan, respecto de una posible unidad iberoamericana, dos visiones antagónicas.

La guerra estalló en abril de 1879 pero se la veía venir, razón por la cual en 1873 viajó, de manera secreta, un plenipotenciario peruano, el Dr. Manuel Yrigoyen para invitar a la Argentina a un pacto ofensivo-defensivo que Bolivia y Perú ya habían firmado. Una vez aquí solicitó una audiencia con el presidente de la Nación, siendo recibido por el canciller, don Carlos Tejedor. El peruano trae una carta de su gobierno que dice: A la República Argentina le interesa tanto como a Bolivia entrar en la Alianza defensiva, y con más razón hoy que la cuestión de límites de Patagonia amenaza entrar en la vía de los hechos. Perú estaba al tanto de la situación en que se encontraba la Patagonia por la expansión de Chile hacia el sur.

Las demandas chilenas sobre la Patagonia hablaban desde tirar una línea desde Puerto Deseado a la cordillera, el norte le correspondería a la Argentina y el sur a Chile. Meses después nuevo reclamo por el cual Chile se quedaba con el sur de Chubut y toda la provincia de Santa Cruz y Tierra del Fuego.

Hasta llegar al escándalo del canciller chileno Adolfo Ibañez que el 5 de marzo de 1873 exigía:

En concepto de mi gobierno, la fundación de una población en Río Gallegos, si es que se mandara establecer, no importaría una violación del territorio argentino puesto que la República de Chile tomó posesión de aquel punto y sus adyacentes desde el 21 de setiembre de 1843. (Fundación de Punta Arenas) El Río Gallegos y su caleta por su situación, por su proximidad a la colonia, por la inmediata comunicación que con ella tiene, forma indisputablemente parte del territorio Magallánico, del que mi gobierno se encuentra en actual y pacífica posesión.

La llegada del enviado peruano coincidía con estas demandas desmesuradas. La situación no podía ser más grave para nosotros y la propuesta que nos ofrecía el Perú muy oportuna. En los primeros días de julio de 1873, el plenipotenciario se entrevistó con Tejedor. Luego de describirle la situación crítica que las naciones del Pacífico atravesaban, invitó al país a sumarse al acuerdo. El Canciller se manifestó resuelto a apoyar la propuesta: me dijo que la idea principal de este pacto me es simpática y que lo será, tal vez más, al Presidente de la República (Sarmiento). El enviado peruano quedó convencido de que el gobierno argentino estaba resuelto a resistir las pretensiones de Chile sobre la Patagonia aun por medio de las armas, y de que, conviniéndole por este motivo aliarse con nosotros, será muy difícil que se nieguen en lo absoluto a adherirse al tratado.

El canciller peruano De la Riva Agüero le escribe a su agente en Buenos Aires acerca de las ventajas de este acuerdo para la Argentina:

A la política armamentista de La Moneda (Chile había mandado construir dos poderosos acorazados a Inglaterra) Perú le opone una política de pactos y acuerdos. Más importante que un barco es una alianza.

Finalmente el Ejecutivo el 25 de setiembre de 1873 envía a Diputados el Tratado determinando que la reunión fuese secreta. Sarmiento se halla en una situación complicada pues los diarios chilenos, al tanto de lo que estaba ocurriendo, comienzan a publicar, maliciosamente, lo escrito por él, en su exilio chileno, respecto del derecho trasandino sobre el Estrecho de Magallanes e incluso sobre la Patagonia, aunque esto último es una interpretación forzada. El Canciller chileno, Adolfo Ibáñez, utilizó lo escrito por Sarmiento. Ante esa situación el Presidente le escribe a nuestro embajador en Chile su disposición a renunciar a mi puesto, y consagrarme a combatir las pretensiones de aquella gente. No fue necesario.

En la Cámara de Diputados la bancada mitrista se opone al acuerdo. El Diputado Santiago Cáceres, gran amigo de Mitre, atacó en toda su extensión el proyecto que venía a quebrar el principio de neutralidad, derecho el más sagrado y perfecto que tenían las naciones, atacando la soberanía de Chile…acarreando muchos males para la república desde que una vez conocido por el gobierno chileno, podía buscar mil medios para hostilizarnos concurriendo con otras naciones (Brasil) y hasta propendiendo quizás a desmembrar al territorio de la República Argentina.

El ministro, presente en la sesión, le advierte que los actos agresivos de Chile han recrudecido en los últimos tiempos de manera que se trata de robustecer la política Argentina. El diputado Dardo Rocha aprobó sin reservas la política del gobierno nacional, solicitando, además, de parte del Congreso consenso y acuerdo para dotar al país de elementos de guerra para defender sus fronteras.

Finalmente el diputado Onésimo Leguizamón ante la negativa mitrista aseguró que el proyecto más que un tratado militar es una alianza política. Algo que el mitrismo no quería.

Por su lado el embajador peruano en la Argentina le envía una nota informativa a su Canciller:

Ha venido a verme el ministro de Relaciones Exteriores, doctor Tejedor y me ha confirmado la noticia, sobre el resultado favorable de la votación en la Cámara de Diputados. Solo 18 votos hubo en contra y para desengaño y desilusión mía y de usted casi todos fueron de los más notables y conocidos partidarios y amigos del general Mitre, entre ellos el doctor Rawson. Si los otros partidos políticos, a saber los de Alsina y Avellaneda, no hubieran sido favorables en su totalidad, habría fracasado el asunto. Hoy mismo según me acaba de referir también el doctor Tejedor, no se ha votado la cuestión en el Senado, por haberse opuesto un senador, Torrent, íntimo amigo y correligionario de Elizalde y Mitre.

Del mitrismo quien explicó con mayor detenimiento y profundidad las causas del rechazo al Tratado fue el doctor Guillermo Rawson. No lo hizo en la Cámara. Sus argumentos los desarrolló en dos cartas, personales, dirigidas a su amigo senador, Plácido Bustamante. En algunos de sus párrafos afirma que votar favorablemente el Tratado:

Conspira tenebrosamente contra la República más adelantada de Sud América. Chile ha fecundado para el comercio del mundo, el desierto y agreste Estrecho de Magallanes, que ha consagrado a ese fin sus capitales y sus esfuerzos desde 1839. En mi concepto el resultado práctico de la Alianza será despertar el encono de Chile contra nosotros.

Sin ruborizarse, como en la actualidad tampoco lo hacen una diputada o intelectuales respecto de que las Malvinas no nos pertenecen o que la soberanía territorial es un disparate, decía:

La masa de la Nación no se ha de apasionar y se interesará escasamente por la usurpación de Chile en el Estrecho y sus inmediaciones; las riquezas del Estrecho y los desiertos territorios vecinos son conocidos apenas de nombre entre nosotros. Qué interés, pues, que pasión nacional ardiente se despertaría en el pueblo el día que se le notificara la existencia de una guerra para reivindicar contra Chile la posesión del Cabo de las Vírgenes o de otros puntos ignotos que es preciso buscar en el mapa para saber que existen. Lo mejor sería dejar que Chile tome posesión de toda la extensión del Estrecho y mantener por lo demás las relaciones con Chile que sean absolutamente compatibles con tal estado de cosas. Por supuesto que esto supone el rechazo a la Alianza porque bajo el imperio de ella no sería decoroso ni posible ese rol pasivo y prudente de nuestra parte. Si hubiéramos de realizar una Alianza con Chile sobre nuestros límites australes, yo no vería inconveniente en cederle todo el Estrecho. Él lo ha fecundado con perseverancia y lo ha hecho útil y servible para la comunicación interoceánica; a él le interesa el mantenimiento de esa preciosa vía y nadie puede conservarla con más eficacia.

Cuando en 1874 se reabran las sesiones del Congreso el asunto no volvería a debatirse, la oposición mitrista del Senado no lo permitió. Cinco años después sobrevendría la Guerra del Pacífico. Argentina, Bolivia y Perú hubieran firmado ese pacto, como decía Riva Agüero y como querían los Diputados, sarmientistas, alsinistas y avellanedistas, la guerra no hubiera ocurrido.

La geopolítica nacida en Pavón y realizada por el mitrismo era clara, respondía al modelo de país: una economía agropecuaria vinculada a Europa. Era en definitiva una geopolítica Atlántica. Nada de “jugar a las muñecas de las hermanas”.

Sarmiento, Avellaneda y Roca tenían otra mirada, si bien no cuestionaban el modelo agroexportador, su geopolítica era más generosa: la América profunda no debía ser ignorada, como tampoco la Patagonia. Cuando estalló la Guerra del Pacífico en 1879 un vasto movimiento peruanista-boliviano se conformó alrededor del periódico La Tribuna, vocero del pensamiento provinciano en Buenos Aires.

En mayo de 1879 en un teatro céntrico de Buenos Aires un nutrido grupo de personas expresó públicamente su repudio al vandalismo chileno. Desde los diarios porteños se desata una dura polémica alrededor de estos acontecimientos; siendo la Tribuna de los hermanos Varela y su jefe de redacción Olegario Andrade los más aguerridos defensores de la causa peruano-boliviana.. Hay un editorial del 13 de abril de 1879 de Olegario donde queda reflejada la geopolítica del futuro Partido Autonomista Nacional (PAN)

¨No podríamos decir si el gobierno argentino (Avellaneda) tiene un plan de política exterior madurado y adoptado, pero resuelto o vacilante, tiene que preocuparse mucho de las cuestiones que en el Pacífico se ventilan, porque está al frente de un país que forma parte del concierto Sud Americano, cuyo equilibrio ha sido perturbado por las agresiones de Chile. Contra ese sistema geográfico conspira abiertamente Chile, desmembrando a Bolivia, amenazando al Perú y disputando a la República Argentina sus mejores puertos del Atlántico. Chile dueño del Estrecho y de Mejillones sería la primera potencia marítima hispanoamericana.¨

La República Argentina no se encuentra en condiciones de tomar por ahora parte directa ni indirecta en la cuestión del Pacífico. Nosotros no podemos ni debemos salir de la actitud circunspecta que nuestra posición, nuestros deberes y nuestra conveniencia nos señalen. Es que no juzgamos prudente ni acertado el contribuir a que se establezca como principio de derecho internacional americano, el de la injerencia de unas secciones del continente en los conflictos de las otras.

El neutralismo mitrista era el máximo retroceso posible, dado por el partido liberal a un clima nacional de amplia simpatía por Perú y Bolivia. El Partido Autonomista Nacional de Roca, presentaba una visión más amplia de la patria, insertada en Iberoamérica. Esta última no se contraponía con el atlantismo, si se quiere lo complementaba.

La postura de Sarmiento al defender el pacto ubica al sanjuanino en la línea de una Argentina grande y bifronte: hacia el Atlántico y hacia la ruta sanmartiniana. Los defensores de Sarmiento tanto como los críticos debieran conocer estas realidades.

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