El Súper RIGI y el partido que la Argentina nunca jugó
En 1964, los geólogos de la Compañía Minera Aguilar hallaron en San Juan, a 3.600 metros de altura y pegado a la frontera con Chile, uno de los mayores yacimientos de cobre del planeta. Lo llamaron El Pachón. Apenas diez kilómetros más al oeste, ya en territorio chileno y sobre el mismo sistema geológico, está Los Pelambres, que produce cobre desde 1999 y es una de las mayores minas del mundo. El Pachón, en sesenta años, produjo cero.
La montaña es la misma. El mineral y su precio, también. Lo único que cambia en esos diez kilómetros es la jurisdicción. La geología propone; las instituciones disponen.
Para entender por qué eso sucede, hay que saber cómo elige el capital, y por qué los países se lo disputan. Atraerlo es de las pocas transacciones en las que ganan los dos: el inversor, su retorno; el país, empleo, infraestructura, proveedores e impuestos que antes no tenía. Un inversor global tiene siempre más proyectos que dinero: una fundición en Indonesia, un pórfido en los Andes, un centro de datos en Virginia. Y antes de decidir, se hace siempre las mismas preguntas. ¿Qué tan fácil es entrar? ¿Cuánto tarda el proyecto en devolver lo invertido, y qué puede cambiar mientras tanto? Si las reglas cambian, ¿hay a quién reclamarle? Y la decisiva: ¿Cómo se sale?
Esas respuestas se convierten, al final, en un solo número: la tasa a la que ese inversor descuenta el futuro. Cuanto mayor es el riesgo del país, mayor es la tasa, y menos vale hoy la mina. No hace falta más teoría para explicar por qué el capital eligió durante décadas a Chile.
Vista con esos ojos, la Argentina respondió mal todas esas preguntas durante un siglo: nueve defaults, la pesificación de 2002, la expropiación de YPF, dos cepos que hicieron del giro de dividendos un privilegio administrado. No le faltaron oportunidades —Vaca Muerta, los pórfidos sanjuaninos—; le sobró riesgo. La roca estuvo siempre ahí. Lo que no estuvo fue todo lo demás.
Recién en 2024 el RIGI atacó ese problema punto por punto: estabilidad por treinta años, arbitraje internacional, salida de las divisas. El resultado, en dos años: unos cincuenta proyectos por más de US$ 200.000 millones en gas, petróleo, energía y minería, con el cobre que esperó sesenta años —El Pachón incluido— finalmente en movimiento. Pero más del 95% se concentra en esos sectores, donde ya teníamos ventajas evidentes. El RIGI no creó oportunidades: las destrabó.
El Súper RIGI, hoy en el Senado, quiere ir más lejos. Premia la novedad: sólo admite actividades sin antecedentes productivos en el país, con un piso de US$ 1.000 millones, ganancias al 15%, arancel cero y estabilidad por treinta años. Lo hace en dos frentes: agregar valor a nuestros recursos —exportar el gas como cómputo, el litio como celda, el cobre refinado— y disputar industrias que ninguna montaña obliga a venir: centros de datos, semiconductores, biotecnología. Y la fila ya se insinúa: una pastera de US$ 2.000 millones en Corrientes para un producto que nunca fabricamos; gigantes tecnológicos recorriendo el sur en busca de sitios para sus centros de datos.
Queda la pregunta de fondo: ¿puede un país con nueve defaults venderle previsibilidad al mundo? Irlanda, que no tenía nada salvo previsibilidad, se convirtió en la plataforma europea de la industria farmacéutica y tecnológica. Pero no ganó ese partido el día que fijó su alícuota: lo ganó durante el medio siglo siguiente, cada vez que un gobierno pudo cambiar las reglas y eligió no hacerlo.
Eso es lo que el Súper RIGI pone en juego: la posibilidad de aprender el único oficio que nunca dominamos, sostener una promesa durante treinta años. El Pachón pudo esperar sesenta, porque las montañas tienen esa paciencia. Las nuevas industrias no la tienen: el centro de datos que no se instala acá se instala este año en otra parte, y no vuelve. La próxima El Pachón quizá no sea una montaña. Y si llega, no será porque la geología la puso ahí, sino porque, por una vez, las instituciones llegaron primero.
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