El país de ayer, el país de hoy
Toda política y en especial la económica, persigue un objetivo. Para lograrlo debe necesariamente atravesar un proceso que, cuando parte de un verdadero caos como el de nuestro país, resulta doloroso. El necesario ajuste se impone y, como tal, hace que el camino sea muy duro y que su recorrido produzca el consecuente desánimo. En ese estadio nos encontramos, y aun quienes están convencidos de que es el camino correcto, comienzan a dudar de su eficacia, acuciados por la ansiedad y la incertidumbre. Así, surgen las inevitables preguntas e inquietudes que el tiempo sugiere.
Las dudas de unos contagian a otros y el clima se enrarece. Es cuando lo emocional –sobre todo en aquellos no tan golpeados por la coyuntura– debe darle lugar al análisis racional de las medidas adoptadas. Es en ese sentido que cabe considerar, una vez más, si las medidas en marcha son las adecuadas o no. Veamos lo que se ha hecho y lo que resta por hacer. En primer lugar, se ha alcanzado el equilibrio fiscal y financiero, sumado a la nula emisión monetaria. Para ello, hubo una severa restricción del gasto público unida a un apreciable recorte del Estado: fueron desafectados 75.000 agentes de la nómina nacional, que según se probó, no cumplían funciones necesarias. Hubo racionalización de las empresas públicas, siendo emblemática la de Aerolíneas Argentinas, cuyos balances arrojaron ganancias en los ejercicios 2024 y 2025. Además, se aplicó la reducción de subsidios y el aumento de los servicios públicos con mejora de los precios relativos.
Respecto de la baja de la inflación, se consiguió reducir el índice interanual del 289,4% en 2024 al 31,5% en 2025, mejorando aún más en 2026. Se puso fin así al impuesto más pernicioso, que perjudica principalmente al sector de menores recursos y que era, sin duda, la principal causa de depreciación de los ingresos familiares. Se lograron la estabilidad cambiaria y el cese del cepo para los futuros dividendos de las empresas a partir de 2025. Y, para las personas, se levantó sin restricciones. Asimismo, se instrumentó la mayor cantidad de desregulaciones que se recuerde –estando prevista una gran magnitud de otras más, las cuales, además de facilitar la actividad productiva, tienden a desactivar la discrecionalidad burocrática con sus conocidas ventanillas–.
En cuanto al futuro próximo, se prevé un aumento considerable de las exportaciones por un total cercano a los US$100.000 millones para 2026, lo que implica un aumento de aproximadamente el 25% respecto de 2024, con un superávit de balanza comercial proyectado de aproximadamente US$15.000 millones. La explotación de más recursos naturales, el fomento y la promoción de la inversión a través del RIGI y otras medidas ya han comprometido recursos financieros por aproximadamente US$200.000 millones, elevando de tal modo el índice de inversión y el PBI de manera muy significativa y beneficiando a numerosas provincias y regiones.
Sumado a ello, se logró el restablecimiento del orden público, eliminando los piquetes diarios y reglamentando el uso del espacio público. También se dictaron leyes importantes que eran desde antaño, como la reforma del derecho laboral, imprescindibles, además de la autorización de nueve privatizaciones, el incentivo de las inversiones (RIGI) y la ley de ficha limpia, entre otras.
En materia internacional se adoptó un posicionamiento que, además de ser novedoso, nos ha devuelto el respeto y la consideración que habíamos perdido debido a la adhesión a países –como Venezuela y Cuba, entre otros– cuyas políticas responden a una ideología distante de nuestras tradiciones. Asimismo, se destaca la obtención de nuevos mercados y la suscripción de tratados comerciales, en especial el del Mercosur con la Unión Europea, el acuerdo marco comercial con EE.UU. y el de cooperación aduanera y otros tratados en marcha con ventajas competitivas para el país.
Todos estos logros marcan el éxito de la política macroeconómica. Es la micro la que todavía no logra arrancar como esperamos para derramarse razonablemente en el poder adquisitivo, pues se mina la paciencia de aquellos que más sufren su retardo. Si bien se notan atisbos de reactivación en algunos sectores, todavía no influye esta reacción como para revertir la situación y cambiar tanto el ánimo general como el humor de mucha gente del común.
Y es aquí donde cabe hacerse dos preguntas: ¿no es de pura lógica que la reactivación de la macro preceda a la micro? En otras palabras, para que la micro reciba los beneficios, ¿no es necesario antes agrandar la torta? ¿Y hay otro camino para lograr el necesario ajuste que no sea observar la ortodoxia económica más allá de errores políticos o formales como los que se formulan a diario?
No continuar con este plan, donde ya se ha sufrido gran parte de lo que podía resultar imaginable, no hace más que postergar el problema y esquivar la solución. Es la conducta que han sostenido desde siempre los gobiernos populistas que a veces calmaban el dolor con aspirinas, pero empeoraban la enfermedad. Hoy debemos valorar que estemos por fin enfrentando el flagelo que por años nos postergó en la mediocridad y el atraso al cual la sucesión de gobiernos y políticas equivocadas sumió en la involución y el caos un país colmado de recursos.
Los datos son apabullantes y aseguran un crecimiento en el volumen exportador que ya registra un alto superávit de divisas
Hoy avanzamos en la explotación de nuevos recursos y las inversiones a tal fin son relevantes tanto en Vaca Muerta (Neuquén) como en otras partes de la Patagonia (Chubut, Santa Cruz y Río Negro), centro (San Juan y Mendoza) y norte (Salta, Jujuy, Catamarca), en especial con yacimientos de petróleo, gas, litio, cobre, oro y plata. Los datos son apabullantes y aseguran un crecimiento en el volumen exportador que ya registra un alto superávit de divisas. Se aplicó la baja de impuestos con un costo fiscal del 2,45% del PBI (retenciones agrícolas, impuesto PAIS, aranceles de importación, impuestos internos de consumo y bienes personales), todo ello compensado con una baja del gasto público del 5,7% del PBI. También se logró la baja del índice de pobreza del 52,9% en enero del 2024 al 28,2% en 2025, siendo el más bajo en siete años, desde 2018.
En cuanto a los planes sociales, se eliminó la intermediación parasitaria y se aseguró la entrega directa de subsidios. La AUH (Asignación Universal por Hijo) se duplicó en 2024: superó ampliamente la inflación y llega a más de 4,5 millones de beneficiarios. También se mantuvo la tarjeta alimentaria, habiéndose aumentado su erogación y se implementaron los programas Volver al Trabajo y Ayuda Social. Toda esta asistencia ha sido considerablemente mayor que la precedente, repito, sin la intermediación de los punteros de turno. El crecimiento ha sido evidente en importantes sectores de la economía, y aun cuidándose su sustentabilidad, no se descuidó la asistencia social.
Es esta, a grandes rasgos, la realidad que permite vislumbrar con esperanza un promisorio futuro. No hay progreso sin esfuerzo y siempre es conveniente tener memoria para saber cómo estábamos y ser conscientes de que en materia económica no hay magia. Si seguíamos cometiendo los mismos errores, íbamos a tener las mismas consecuencias que nos habían llevado al país que había el 9 de diciembre de 2023.
Ahora vale señalar algunos datos del gobierno anterior que son por demás reveladores por contraste con la gestión de este gobierno. En tal sentido, cabe destacar que la gestión Fernández produjo una inflación acumulada del 211% en cuatro años; la actual ha sido solo del 31,5% en 2025 (la más baja de los últimos ocho años) y en 2026 acumula hasta ahora un 16,8%, por lo que promete ser considerablemente menor (alrededor del 23% anual). Fernández dejó un índice de pobreza del 40%; la actual, recordemos, se ubica en el 28,4%, sensiblemente menor. Aquel dejó reservas negativas de US$11.000 millones, mientras que este gobierno acumuló reservas por US$48.000 millones aproximadamente, con un nivel neto de alrededor de US$11.000 millones, incluso después de haber honrado todos los intereses de la deuda.
Como se puede apreciar, estamos transitando el camino adecuado pues la herencia recibida fue la deuda de un país fundido. Esta es hoy nuestra realidad y, como se ve, el trabajo de reconstrucción ha sido importante, con una tendencia muy auspiciosa. ¿Hay razones para el desánimo? Emocionales seguro que sí, pero hay datos económicos de indudable valor que exponen logros y reformas que presagian un muy buen futuro. Es mucho lo que se ha hecho pero no es todo. Es necesaria una reforma tributaria que baje el costo argentino e incentive la competividad de nuestro comercio e industria, además de la reforma previsional, la de inocencia fiscal, la de estabilidad fiscal y monetaria, y otras que produzcan las necesarias reformas estructurales. ¿Hay otra posibilidad? Sería suicida desandar el camino, pues las medidas adoptadas son las que nos permitirán equilibrar genuinamente la economía y que toda la sociedad, sobre todo quienes más han sufrido, puedan vivir en un país mejor y gozar de sus beneficios.
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