El exilio y el mal
Un encuentro emocionante, como si fuera de pronto el regreso de un mundo que ya no se puede tener de nuevo, tuvo efecto esta semana en Madrid. Organizado por Sergio Ramírez y por Claudia Neira, ambos empeñados desde hace años en llevar por el mundo iberoamericano la esencia cultural de su país de origen, Nicaragua, y también lo que en las distintas capitales del mundo hispano queda de la pasión literaria, y humana, de los países que un día sí podían buscarse. Ahora no siempre está abierto el mundo para la cultura común o para la política que muchos de ellos cultivan o cultivaron.
Estuve en los encuentros de esta semana. Se abrieron en el Instituto Cervantes, en Madrid. Me fijé, sobre todo, en el encuentro que tuvieron dos supervivientes del exilio, Ramírez, y Juan Diego Botto, además de Juan Villoro, cuyo padre, Luis Villoro, se sumó al exilio español en México. Fue una tarde sin tacha, un momento realmente bello y difícil, porque nada de lo que se dijo allí puede ser ahora parte del olvido. Aquí cito algunas de las memorias que me dejaron estos momentos en los que el periodismo fue también un modo de sentir lo que la maldad del mal quiso hacer contra la pasión de recordar y de querer.
Sergio Ramírez es hoy académico de la Lengua española y es un exiliado nicaragüense que vive en Madrid desde hace cinco años, obligado por los que mandan en su país, al frente del cual está Daniel Ortega, con el que Ramírez luchó por la libertad. Ahora, desde hace años, la libertad no existe en Nicaragua. Ramírez, como Claudia Neira, como Gioconda Belli, reciente ganadora del premio Fil de Literatura en Lenguas Romances, viven en Madrid. Ninguno de ellos, como miles de nicaragüenses, puede regresar al país en el que nacieron.
Juan Villoro, escritor mexicano, es hijo de Luis Villoro, filósofo, diplomático, nacido en Barcelona que vivió el exilio mexicano y dejó en herencia una historia que combina la sabiduría con la inteligencia del silencio. Fue también un republicano español. Juan Diego Boto es hijo del actor argentino Diego Fernando Botto, que de niño vino a Madrid con su madre, la profesora de teatro Cristina Rota. Su padre fue desaparecido por los militares que arrasaron Argentina. Desde 1975 madre e hijo han vivido en Madrid. La madre ha hecho de su oficio una leyenda, llena de historias de otros artistas como su hijo.
Los tres se sentaron con Eva Orué, periodista y escritora, para hablar de esos tres modos del exilio que, de una manera u otra, han marcado sus tres vidas. Los escuché hablar, como si estuviera también escuchando a los suyos, en el Instituto Cervantes de Madrid. Este acto, con otros que vienen organizando Ramírez y Claudia Neira dentro de la serie Centroamérica Cuenta, llenó esta semana varios centros culturales de la capital de España. Estuve en casi todos, como si a la vez estuviera allí como periodista, pero también, boquiabierto, como si estuviera escuchando algunos de los momentos terribles de la vida que aun vivimos.
Luis Villoro llegó a México, dijo su hijo, a raíz de la guerra mundial, desde un internado de Jesuitas de Bélgica. En México encontró a los republicanos españoles… Cuando Juan era un niño le preguntó a su padre: “¿Cómo era tu vida en la escuela?” El padre le respondió que los jesuitas dividían el salón entre romanos y cartagineses. “¿Y tú de qué bando eras?”, preguntó el hijo, “y él me contestó que era de los cartagineses, por supuesto… Esas dos palabras se me quedaron grabadas, no supe bien cómo entenderlas. Pero pasaron los años hasta que me dijo ´por supuesto`, él se había asociado a los perdedores de la guerra, con los vencidos. Los exiliados españoles… Él se volvió novio de la hija del general Miaja, defensor de esta ciudad [Madrid] para los republicanos… El exilio es una fatalidad terrible para muchas personas, pero también existen la empatía y la posibilidad de sentirnos nosotros parte emocional de ese exilio y de entender aquella causa”.
Fueron hora y media de encuentro con un mundo, el del exilio, que llenó el Instituto Cervantes de un silencio abrumador. Se produjo una especie de recuerdo colectivo en el que lo ocurrido no fue tan solo un recuerdo sino la resurrección de un tiempo, de un universo que allí nos juntó a todos. En el caso de Juan Diego Botto, fue tan cercano como si se lo estuviera diciendo a sí mismo al terminar el viaje al exilio con la madre.
Él es escritor, actor. Hijo del exilio… “Mi madre fue la que tomó la decisión, era una decisión para salvar la vida… Ella carga con el peso de abandonar su país, de abandonar a su familia, su contexto, su entorno, sus amistades a toda su generación, a la lucha que emprendían… Ella tenía el convencimiento de que su compañero, su marido, estaba muerto… El gran peso lo llevó mi madre, y yo tuve la dificultad de empezar a crecer en un país en el que no conocía absolutamente a nadie, ni tenía ningún referente… Una de las cosas que tiene el exilio es la eliminación del contexto, el desarraigo. Mires arriba o abajo, todo te resulta nuevo, no tienes lugares a los que agarrarte… Me encontré con un amigo chileno que me dijo que el exilio añade un 15% de locura… Es cierto que el exilio te añade dificultad en la forma de encarar tu vida… Entendí qué hecho llevó a mi madre al exilio cuando le escuché a Manuel Rivas hablar, en una conferencia, acerca de un dibujo de Goya en el que se veía a un condenado a muerte por la Inquisición… Abajo había un texto que ponía ´Por poner la lengua de otro modo`… Es lo que hizo mi madre, lo que hizo su generación: intentar mover la lengua de otro modo, proponer otros mundos posibles. Eso es lo que determinó su exilio”.
Sergio Ramírez es el exiliado mayor de esta historia de exiliados. Lo vi subir al estrado con el aire que siempre tuvo: el de una persona que, al aparecer, siembre da la impresión de que nunca estuvo allí, que de pronto llega con el aire del que está buscando su país, que es su pueblo, Masatepe. Vivió en Alemania, en Costa Rica, y ahora (dijo) le toca vivir en España… En su último exilio, este al que lo mandó el que fue su correligionario, su verdugo, el verdugo de Nicaragua, Sergio Ramírez ha encontrado amistad, acogimiento, literatura, y él y Tulita, su mujer, son ahora de aquí y de todas partes… Además, son los que con Claudia Neira, pusieron en marcha los encuentros de Centroamérica cuenta.
Dijo Sergio, al sentarse para contar su pasado y este presente: “A mi me ha tocado vivir varios siglos en la vida, el que me llevó a Costa Rica, el que viví en Alemania, este otro que me toca vivir en España, pero también el ya lejano de 1967 y 68 cuando conocí la otra España, la España del franquismo… Y hace cinco años yo estaba fuera de Nicaragua, en Estados Unidos, y tenía planeado venir a España. Pero de repente surgió un proceso judicial. Me quedé fuera, sin saber qué hacer… Me fui unos meses a Costa Rica, luego tenía que presentar una novela en España, la novela que había causado mi exilio, me vine aquí, a este país, y ya me quedé. Pero me quedé como alguien que entra en un rompecabezas… Ahora llevo aquí cinco años, ¿a dónde regresamos, a un país bajo la ética de los que están ahora vendiendo protección para instalar regímenes controlados por Estados Unidos?”
Imposible el olvido. El amor, el pasado, no hay olvido en el horizonte de los que se fueron para vivir, lejos de sus países, la vida del otro país, aquel en el que se buscan, se encuentran y se abrazan.
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