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perfil.com · hace 10 horas · Mónica Martin

Franz Kafka, la indiferencia y "La Ópera de Tres Centavos"

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Franz, así se titula el film de la directora Agnieszka Holland, que hace un recorrido fascinante de la vida del escritor checo nacido en Praga en 1883 y que murió en Kierling, cerca de Viena en 1924, no llegando a cumplir los 41 años, afectado por una tuberculosis de la que no llegó a recuperarse; habiéndose recibido de abogado y trabajado en una Compañía de Seguros.

Pero nada de ello explica a este escritor fantástico, que conocemos gracias a la valentía y perspicacia de otro literato, que fuera íntimo amigo suyo, Max Brod, que desoyó la increíble orden testamentaria del propio Kafka, de destruir toda su obra.

Bastaría recordar sólo dos cuentos: La metamorfosis de un hombre convertido súbitamente en insecto, con la reacción familiar hacía ello y Visita a la Cárcel Penitenciaria, donde un oficial le explica a un visitante, la configuración de una máquina infernal, que es la condena a muerte, a través de una tortura refinada y fatal por desobedecer una orden imposible.

Sus dos novelas póstumas lo convierten en un escritor inmortal, admirado por Borges; se trata de El Proceso y El Castillo, que muestran una aceitada maquinaria de impedir la resolución de los conflictos y la imposibilidad para el común de la gente, del acercamiento al poder, siempre distante, poderoso e inalcanzable.

A principios del film ya señalado, el joven Kafka, que no practica una vida religiosa, y es de una familia comerciante próspera en el período entregeuerras; declara en un diálogo que hay sólo dos pecados capitales, la impaciencia y la indiferencia.

Él, a su vez, se muestra muchas veces impaciente en su vida de relación, quizás relacionado con su carácter tan sensible, por ejemplo, el de ir a la guerra, que es nada menos que la Primera Gran Guerra; pero para gloria de la literatura y disfrute del mundo entero, su precaria salud lo devolverá a su vida civil, o sea a la posibilidad de su escritura genial.

Y la indiferencia, sin duda se refiere a su obra, tanto en los dos cuentos mencionados, como en las novelas antedichas hay un común denominador, el resto de los seres humanos, sea la familia, el oficial encargado de la máquina del castigo, el guardia del Castillo o los vericuetos del proceso a Joseph K, que nunca llegará a enterarse cuál es la causa de su infortunio.

Este sinsentido que aparece en el período entreguerras de los dos grandes conflictos mundiales, algunos califican como núcleo fundamental de su origen, la existenciabásica de una guerra civil europea.

Y en ese mismo período se estrena en Berlín y en 1928, La Ópera de tres centavos con texto de Bertold Brecht y música de Kurt Weil en colaboración con Elizaberth Hauptmann; que se ha repuesto a través de una producción del Teatro Colón y el Complejo Teatral de Buenos Aires durante los meses de agosto y primeros días de septiembre, para reestrenarse en Madrid a mediados de este mes.

Si bien la escritura de Brecht siempre ha sido ácida y mordaz, como en su inolvidable pieza teatral Galileo Galilei, en este caso acompañada por una música espléndida en efectos sonoros y que resalta el texto, aquí se trata de un grotesco, del tipo que en el teatro argentino mostraran Armando Discépolo y Alberto Vacarezza; pero que transcurre en Londres.

Donde participan ladrones, falsos mendigos y policías corruptos, mostrando una sociedad que parece anunciar ya el famosísimo tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo, escrito en 1934 y referido al siglo XX, pero cuya letra puede prolongarse, sin ninguna duda, a este siglo XXI de la posverdad, donde todo es igual, “da lo mismo un burro que un gran Profesor”.

La sátira de La Ópera de Tres Centavos se acentúa hacia el final, dado que la acción transcurre en el momento de la coronación de la reina de Inglaterra y en realidad hay dos finales, uno de ellos donde el jefe de los ladrones es llevado a la horca por delación de sus cercanos y la colaboración del jefe de la policía.

Pero hay otro mucho más creíble, teniendo en cuenta la propia obra y el tango inmortal de Discépolo, puesto que Macbeath, el jefe de los ladrones y asesinos, es indultado por la Reina, es liberado y recibe un título nobiliario, como premio quizás a sus múltiples fechorías, o sea, asciende al poder real.

Pero hay un tercer elemento que se puede agregar ya en el siglo XXI a estos ejemplos kafkianos y brechtianos, es el film norteamericano que aquí hemos visto como La Gran Apuesta, que muestra con muchísimo detalle y actuaciones memorables, la famosísima crisis de la hipotecas norteamericanos, que luego se trasladara a Europa, en el 2008.

Y el relato muestra con gran despliegue que los bancos y las calificadoras de riesgo, engolosinadas por las notables ganancias que estaban generando para sus propias empresas y sus funcionarios, con la multiplicación de los deudores y la partición de las mismas hipotecas en porciones increíbles, iban a arrastrar a Lehman Brothers y al propio sistema a la quiebra.

En resumen, los que alquilaban se quedaron sin sus alquileres, los deudores de las casas, sin poder pagarlas y los que apostaban a un ahorro seguro para los estudios universitarios de sus hijos, sin esos estudios.

También en este film hay dos finales, uno en el que todo es color de rosa y otro que es el del poder real, como en La Ópera de Tres Centavos, que se salva a los Bancos responsables de la bancarrota, que es lo que ocurrió.

Sin embargo, Baruch Spinoza advierte desde el siglo XVII, que los humanos deben ser conscientes de sí mismo, del mundo y de la naturaleza.

Con respecto a esto último, viendo lo ocurrido en Nepal, con el derrumbe de un glaciar por el calentamiento global, producido por los seres humanos, pareciera que no lo hemos podido escuchar todavía.

Y la escritora Diana Sperling en el Diario Perfil y en su artículo Cambalache del siglo XXI, donde menciona del tango la famosa cita “ves llorar la Biblia junto al calefón”, recuerda también a Baruch Spinoza cuando sostiene “el amor al prójimo, la caridad y la justicia” como la Ley fundamental.

En otro artículo del mismo Diario perfil, el periodista Gabriel Levinas, se refiere al sabio judío babilónico, Hillel, que afirma, desde el siglo 1 AC.: “Lo que es odioso para ti, no se lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la Torá. El resto es comentario. Vé y estudia”.

Y quizás estos últimos párrafos nos sirvan para neutralizar la indiferencia kafkiana, que el grotesco permanezca en el teatro y no se traslade a la vida real y que las apuestas no sean sobre nuestras vidas; con la esperanza que este siglo XXI, no siga repitiendo al “siglo XX, Cambalache, problemático y febril” y que podamos encontrar la clave mágica del bien común.

Una persona busca información con inteligencia artificial desde su teléfono