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infobae.com · hace 3 horas · Valeria Abusamra, Lorena Canet, Luis Ángel Roldán

PISA 2025: cuando los resultados no cuentan toda la historia

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En 1953, Ray Bradbury imaginó en Fahrenheit 451 un futuro poblado de pantallas gigantes, información permanente y personas cada vez menos dispuestas a detenerse a leer. Isaac Asimov imaginó máquinas capaces de conversar, responder preguntas y participar del aprendizaje . Durante décadas leímos esas historias como ciencia ficción. Hoy, buena parte de ese futuro cabe en un teléfono. Y en ese mundo viven los adolescentes que fueron evaluados en PISA 2025.

Los resultados volvieron a encender las alarmas. En Argentina, el 41% de los estudiantes de 15 años alcanzó el nivel mínimo en Ciencias, el 40% en Lectura y el 24% en Matemática. En América Latina, en general, el panorama tampoco es alentador: la región se encuentra muy por debajo del promedio de la OCDE y la mayor distancia aparece en Matemática.

Pero detrás de ese panorama regional hay trayectorias diferentes: El Salvador y Costa Rica lograron mejorar sus resultados; Brasil y República Dominicana se mantuvieron relativamente estables en las tres áreas. Una señal importante de que la caída no es inevitable.

La mirada se vuelve todavía más interesante cuando salimos de la región. El problema no se limita a la distancia que separa a unos sistemas educativos de otros ni puede medirse únicamente en relación con el promedio de la OCDE. En numerosos países, los resultados también empeoraron respecto de evaluaciones anteriores. La pregunta, entonces, ya no es solo qué distancia separa a unos países de otros, sino qué está haciendo que tantos retrocedan respecto de sí mismos. En buena parte del mundo desarrollado, los resultados de los adolescentes vienen deteriorándose desde antes de la pandemia. El COVID profundizó el problema, pero no lo inició. Y eso abre una pregunta mucho más interesante que la búsqueda inmediata de culpables: ¿qué está pasando con el aprendizaje de los adolescentes en el mundo actual?

La provocación puede formularse de una manera todavía más incómoda: ¿los adolescentes de hoy son menos inteligentes? Probablemente esa sea la pregunta equivocada. PISA no mide inteligencia. Tampoco puede decirnos que una generación sea cognitivamente “peor” que otra. Lo que sí muestran las pruebas es que los adolescentes están teniendo más dificultades para realizar algunas de las tareas que consideramos fundamentales: comprender textos, razonar matemáticamente y aplicar conocimientos científicos para resolver problemas. En los tres dominios evaluados por PISA, el rendimiento es hoy peor que hace una década.

Y eso merece atención. Pero también merece contexto. Los chicos que hoy tienen 15 años crecieron en un ecosistema cultural que implica procesos cognitivos radicalmente diferentes de los que atravesamos quienes hoy diseñamos, enseñamos y evaluamos en la escuela. Nunca una generación tuvo tanto acceso a información. Nunca recibió tantos estímulos simultáneos. Nunca tuvo tantas posibilidades de producir, buscar, compartir y crear contenidos. Y nunca tuvo tan cerca una tecnología capaz de responder en segundos una pregunta, resumir un texto o escribir un ensayo. Si bien es una hipótesis tentadora, la brusca caída de los resultados PISA no pueden ser explicados únicamente por el uso de pantallas. Mucho menos que estemos frente a una generación que “ya no puede prestar atención”. Significa que cambiaron las condiciones en las que se desarrollan, distribuyen y ejercen nuestras capacidades cognitivas.

También cambiaron algunas habilidades. Navegar entre múltiples fuentes, seleccionar información, aprender interfaces nuevas, producir contenidos multimodales o interactuar con sistemas de inteligencia artificial son prácticas cotidianas que hace veinte años apenas existían. PISA 2025, de hecho, incorporó la resolución de problemas computacionales y la capacidad de aprender en entornos digitales. Por eso quizá no estemos ante una simple historia de “pérdida”. Puede haber también un desajuste creciente entre un mundo que cambió a enorme velocidad y sistemas educativos que no siempre cambiaron con él. Esto no relativiza los malos resultados. Al contrario: los vuelve más urgentes.

Hay capacidades que, lejos de perder vigencia, se vuelven cada vez más necesarias. En un mundo saturado de información y de contenidos generados por inteligencia artificial, la capacidad de detenerse, pensar, elaborar y no quedarse con la primera respuesta disponible cobra un valor enorme. Comprender un texto, distinguir evidencia de opinión, sostener un razonamiento, evaluar una fuente o detectar una inconsistencia no son habilidades del pasado. Son condiciones para poder moverse con autonomía en el presente.

Solemos explicar los resultados recurriendo casi automáticamente al nivel socioeconómico. Y efectivamente importa. En Argentina, los estudiantes del cuartil socioeconómico más alto superan ampliamente a los del más bajo; en Ciencias, la diferencia alcanza los 82 puntos. Pero la evolución reciente agrega un dato que obliga a complejizar esa explicación. En Lectura, entre 2022 y 2025, el grupo de menor nivel socioeconómico se mantuvo prácticamente estable, mientras que las caídas se concentraron en los sectores medios y altos. La desigualdad pesa, y mucho, pero no alcanza por sí sola para explicar por qué los resultados empeoran.

Algo similar ocurre con los recursos. América Latina invierte por estudiante casi cuatro veces menos que la OCDE, una brecha que importa. Pero países con niveles de gasto semejantes alcanzan resultados muy diferentes: Turquía, por ejemplo, con una inversión cercana al promedio latinoamericano, obtiene casi 100 puntos más en Ciencias. Los recursos importan; qué hacemos con ellos, también.

Esto desplaza la pregunta: no solo cuánto tiene un estudiante, sino qué oportunidades encuentra para aprender. Estar en la escuela es una de ellas. Tener docentes disponibles, materiales, libros, tiempo efectivo de aprendizaje, desafíos cognitivos y espacios donde preguntar, equivocarse y volver a intentar también lo son.

PISA permite mirar algunas de esas condiciones. El ausentismo, la curiosidad, la perseverancia, la valoración de la escuela, la búsqueda de ayuda y el apoyo familiar se asocian con el desempeño. También aparecen datos que desafían algunas explicaciones rápidas. En Argentina, por ejemplo, el 55% de los estudiantes dice que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias; sin embargo, esa distracción no mostró una asociación estadísticamente significativa con el rendimiento. Nada de esto permite afirmar causalidad. Sí muestra que los aprendizajes se construyen en una trama mucho más compleja que una pantalla, un presupuesto o una característica individual.

Estamos intentando comprender el aprendizaje de una generación que vive en condiciones inéditas utilizando, muchas veces, categorías construidas para otro mundo. Frente a eso aparecen dos tentaciones. Una es el pánico cultural: los jóvenes ya no leen, no atienden, no estudian, el teléfono arruinó todo, la inteligencia artificial terminará de hacerlo. La otra es exactamente la contraria: asumir que, como el mundo cambió, las competencias tradicionales dejaron de importar. Probablemente ambas sean equivocadas. No necesitamos una escuela que compita con TikTok por captar atención ni una que dé la espalda al mundo digital.

El desafío, entonces, no admite respuestas sencillas: exige pensar qué necesita cambiar y qué vale la pena preservar. Necesitamos preguntarnos qué experiencias debería seguir garantizando la escuela precisamente porque fuera de ella son cada vez menos frecuentes: leer durante un tiempo sostenido, enfrentarse a un problema sin obtener inmediatamente la respuesta, discutir una idea, revisar un error, construir una explicación, tolerar no saber. Cambiar no significa renunciar a aquello que sigue siendo valioso. Tampoco se trata de asumir que mejorar los resultados exige necesariamente parecernos a los sistemas educativos que encabezan las evaluaciones internacionales. ¿Es ese el único camino posible? ¿Queremos jornadas escolares cada vez más extensas, mayor presión sobre los estudiantes y una vida educativa organizada alrededor del rendimiento? La pregunta no es solamente cuánto necesitamos mejorar, sino también qué educación queremos construir y qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo.

Parte de ese desafío será aprender a convivir con herramientas que están cambiando nuestra manera de acceder a la información, resolver problemas y producir conocimiento. La escuela tendrá que incorporarlas sin delegar en ellas aquello que queremos que los estudiantes aprendan a hacer. Quizá dentro de cincuenta años alguien mire nuestra época con la misma mezcla de fascinación y extrañeza con la que hoy leemos a Bradbury y Asimov. No sabemos qué habilidades necesitarán entonces los adolescentes.

Pero PISA 2025 deja una señal difícil de ignorar: el problema no es decidir si los jóvenes de hoy son menos inteligentes. Es preguntarnos si estamos construyendo las oportunidades educativas que necesitan para aprender en el mundo que les tocó vivir. Y esa pregunta ya no es ciencia ficción.

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