Trabajo profesional y autonomía en tensión
En Argentina, el Censo 2022 registró más de cinco millones de personas con estudios superiores completos –cerca del 20% de la población adulta-, dato que evidencia un crecimiento sostenido en el tiempo. Durante décadas, el trabajo profesional se organizó alrededor de una promesa: autonomía, prestigio y ascenso social.
El título universitario no solo garantizaba conocimientos especializados, sino también cierta distancia respecto de las incertidumbres que atravesaban al resto del mercado laboral. La idea del “ejercicio liberal” sintetizaba buena parte de esas expectativas: trabajar sin depender de un jefe, construir un proyecto propio y alcanzar condiciones de vida estables.
Esa promesa todavía persiste en el imaginario social. Desde aquel viejo apotegma “mi hijo el doctor”, hasta hoy cuando las expectativas se posan sobre profesiones vinculadas con la innovación tecnológica y la economía del conocimiento, el acceso a estudios superiores continúa asociado a mejores oportunidades y mayores márgenes de autonomía. En este sentido, las estadísticas confirman la promesa: las personas con estudios superiores tienen, en promedio, mayores ingresos y menores tasas de desempleo.
Sin embargo, luego de diez años investigando sobre las condiciones laborales del sector profesional junto al Observatorio Profesional de FEPUC , la evidencia muestra otra realidad: el acceso a la educación superior ya no es un blindaje contra la precarización.
Pero antes conviene hacer una aclaración: cuando hablamos de precarización no nos referimos solo al empleo informal. Toamos el aporte de Mariana Fernández Massi, quien sostiene que se trata de un fenómeno multidimensional que también involucra inestabilidad, bajos ingresos, pluriempleo y falta de acceso efectivo a derechos laborales. Desde esa perspectiva, muchos problemas del mundo profesional dejan de ser experiencias individuales para revelar un proceso de precarización generalizado.
Las condiciones reales del ejercicio profesional muestran otra realidad: dependencia encubierta bajo modalidades de monotributo, ingresos inestables, jornadas extensas y pluriempleo"
Aquí no se trata de un problema meramente económico, sino también simbólico. Históricamente, el campo profesional construyó su identidad en tensión con la figura clásica de “trabajador”. La autonomía y la formación especializada funcionaron como elementos diferenciadores. En términos de Pierre Bourdieu, el campo profesional no organiza únicamente posiciones laborales; también produce formas de reconocimiento y legitimidad a través de la acumulación de capital simbólico que sella la diferencia. Esa identidad todavía opera con fuerza.
Muchos profesionales siguen percibiéndose por fuera de las problemáticas que afectan al conjunto de las personas trabajadoras. Sin embargo, las condiciones reales del ejercicio muestran otra realidad: dependencia encubierta bajo modalidades de monotributo, ingresos inestables, jornadas extensas y pluriempleo.
Los estudios realizados por FEPUC y CGP-RA muestran que, si bien el desempleo es bajo en este universo, aparecen otros indicadores mucho más preocupantes: el subempleo entre profesionales triplica al promedio general de la población económicamente activa, mientras la sobreocupación horaria supera el 40%, y el pluriempleo ya alcanza a casi la mitad del sector.
El problema es que estos indicadores suelen interpretarse como experiencias individuales de esfuerzo o adaptación personal, cuando en realidad expresan transformaciones estructurales.
A diferencia de otros sectores, donde los conflictos laborales encuentran formas colectivas de expresión, en el mundo profesional la precarización suele procesarse individualmente. Admitir esa vulnerabilidad implica poner en cuestión una identidad históricamente asociada a la autonomía y debilita la capacidad de negociación frente a la posición dominante que adquieren empleadores o clientes en este mercado laboral.
En este punto, la figura del “derecho de piso” deja de ser una etapa de aprendizaje para convertirse en la puerta de entrada a un mercado profesional donde la precariedad tiende a naturalizarse.
Los estudios citados evidencian una de las principales paradojas que viven las juventudes profesionales: nunca hubo una generación con mayor formación en estudios de posgrado, especializaciones o cursos de formación continua, pero esa inversión educativa ya no garantiza trayectorias estables ni mejores condiciones de inserción.
La desigualdad de género también atraviesa al mundo profesional. Tanto los estudios de FEPUC como de CGP-RA a nivel nacional, muestran que las mujeres profesionales perciben ingresos un 32% y 39% inferiores a los varones, respectivamente. La brecha se profundiza en el ejercicio liberal y se reduce en ámbitos más regulados, como en el sector público o cunado hay relación de dependencia.
Las trayectorias profesionales son cada vez más fragmentadas e inestables. La combinación de múltiples empleos, la alternancia entre trabajo independiente y asalariado, y la extensión de las jornadas dejaron de ser situaciones excepcionales para convertirse en parte del ejercicio profesional contemporáneo. Richard Sennett advirtió hace tiempo que las transformaciones del trabajo erosionan la posibilidad de construir trayectorias previsibles y narrativas estables de carrera. Los datos muestran que ese proceso también atraviesa al mundo profesional.
Tal vez el principal desafío ya no consista en defender la identidad histórica de las profesiones, sino en revisarla. El problema no es que las y los profesionales hayan dejado de ser autónomos. Es seguir creyendo que esa autonomía los mantiene al margen de las transformaciones que desde hace tiempo atraviesan al conjunto del mundo del trabajo.
Reconocer esa condición compartida no debilita la identidad profesional; por el contrario, puede ser el primer paso para reconstruir nuevas formas de autonomía, esta vez sostenidas colectivamente y no como una ficción individual.