Linfoma en jóvenes: el desafío ya no es curar, sino cuidar la vida después del cáncer
Cuando se habla de cáncer en jóvenes, casi siempre se habla de lo mismo: si se cura o no y con qué tratamiento. Pero hay un costado de la enfermedad del que se habla mucho menos y que atraviesa a estos pacientes tanto como el tumor en sí. Un diagnóstico de cáncer en esta etapa de la vida suele implicar dejar el colegio o la facultad por un tiempo, alejarse del grupo de amigos y volver a depender de la familia justo cuando se estaba ganando independencia. Muchos pacientes también cargan con la sensación de que la vida sigue para todos los demás mientras la propia queda en pausa. De esto se habla poco frente a los tratamientos o las tasas de curación, pero es parte central de lo que atraviesa un joven con este diagnóstico, y durante mucho tiempo fue tratado como algo secundario que se resolvía solo una vez superada la enfermedad.
Cada 15 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Concientización sobre el Linfoma, una fecha pensada para visibilizar un tumor muy frecuente que, pese a ser maligno, hoy es altamente curable. Existen varias decenas de subtipos, aunque la distinción principal es entre linfoma de Hodgkin y no Hodgkin. Según datos del Registro Oncopediátrico Hospitalario Argentino (ROHA), en el país se diagnostican alrededor de 2.000 nuevos casos de cáncer al año en menores de 20 años. El linfoma es la tercera enfermedad oncológica más frecuente en ese grupo, detrás de las leucemias y los tumores del sistema nervioso central.
Hoy, contrario a lo que vemos con otras enfermedades, el tratamiento no se limita a eliminar el linfoma sino que incluye pensar la fertilidad, la continuidad de los estudios y la vuelta al trabajo desde el inicio, no como un agregado sobre el final. La preservación de la fertilidad, incluida la criopreservación de gametas, y el acompañamiento para sostener la escuela o el trabajo son, en la práctica, parte fundamental del plan terapéutico.
En general, este tipo de cáncer se presenta con ganglios agrandados y palpables, que muchas veces detecta el propio paciente o sus padres al bañarse o vestirse. No suelen doler ni acompañarse de otros síntomas, por lo que rara vez se piensa en un tumor de entrada: es más común sospechar una infección y, a veces, hasta indicar antibióticos antes de considerar otra causa. No hay forma de prevenir el linfoma ni estudios de rastreo para detectarlo previamente. Por eso la recomendación es concreta: si después de unos días esos ganglios no mejoran, hay que realizar una consulta médica. Cuanto antes se llega al diagnóstico, mejor es la condición clínica del paciente para arrancar el tratamiento.
Que hoy se pueda pensar en la fertilidad o en los estudios sin resignar la posibilidad de curar tiene que ver con lo que avanzó el tratamiento del linfoma en los últimos años, más que el de casi cualquier otro cáncer. Las tasas de curación rondan el 80% en general, superando en algunos casos el 95%. Las nuevas drogas, como los inhibidores de checkpoint y los anticuerpos monoclonales, permiten tratamientos más personalizados y ayudan a curar incluso a pacientes de alto riesgo, con menos toxicidad que los esquemas de quimioterapia más antiguos. Esto abrió la puerta a un objetivo que antes quedaba en segundo plano: cuando el caso lo permite, bajar la intensidad del tratamiento para reducir secuelas a largo plazo. No alcanza con curar la enfermedad; también hay que cuidar cómo será la calidad de vida del paciente después.
Lograr esto requiere un equipo que trabaje de forma integrada. En el Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento (IADT) este abordaje se sostiene con el trabajo interdisciplinario. El acceso a tecnología diagnóstica como el PET/CT permite hacer un seguimiento preciso de cada paciente. Los resultados que se obtienen hoy son comparables a los de los mejores centros del mundo. En el año de su centenario, la institución sostiene una idea de fondo: tratar el cáncer no es solo curar la enfermedad, es ayudar a que ese paciente pueda volver a su vida en las mejores condiciones posibles.
El linfoma en jóvenes dejó de ser sinónimo de tratamientos largos y devastadores. Hoy, en la gran mayoría de los casos, se curaa. Pero curarse no es solo eliminar el tumor: es poder retomar los estudios, el trabajo, los vínculos, lo más rápido y lo más intacto posible. Ese es el desafío que tenemos por delante: no solo curar, sino cuidar el proyecto de vida de cada chico, adolescente o joven que atraviesa esta enfermedad.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín