Acoso escolar en los niños: cuando la prepotencia se aprende en la casa y la escuela no alcanza a frenarla
Jardín y primeros años de primaria no están fuera del problema del acoso escolar. A esa edad, no toda pelea es bullying; pero la repetición de burlas, exclusión, amenazas, golpes o humillaciones hacia el mismo niño exige dejar de decir “son cosas de chicos” y empezar a mirar qué se está enseñando, qué se está tolerando y qué está haciendo la institución.
Veamos algunas cifras: el 4,2% de 577 preescolares presentó señales persistentes de victimización a los 4–5 años en un estudio longitudinal. El 61,6% de las escuelas primarias reportó peleas, insultos o burlas como problema de convivencia en Aprender 2024. Un total de 162.203 niños y adolescentes integraron un metaanálisis que vinculó estilos de crianza duros/negativos con más bullying.
Estas cifras no pretenden describir a la Argentina ni equivalen a la prevalencia nacional de bullying: muestra algo más básico y decisivo, que los patrones de hostigamiento y victimización pueden aparecer en plena educación inicial y sostenerse en el tiempo.
A los cuatro, cinco o seis años todavía se están formando la autorregulación, la empatía, el control de impulsos y la capacidad de comprender el daño causado al otro. Por eso hay que ser prudentes con las etiquetas. Un niño pequeño que agrede no debería quedar definido como “el acosador”. Pero tampoco hay que esperar a que llegue a cuarto o quinto grado para intervenir.
Sí, puede aprenderse. Los niños observan cómo los adultos hablan de otras personas, cómo resuelven un conflicto, qué ocurre cuando alguien se equivoca, si se humilla al que parece más débil y si imponerse es presentado como una virtud. También registran frases aparentemente cotidianas: “que no te gane nadie”, “si te pega, pegale”, “no seas tonto”, “vos tenés que mandar”, o la burla hacia otro niño y su familia.
Eso no autoriza a afirmar que cada niño que hostiga tiene padres prepotentes. La conducta infantil es multicausal. Sin embargo, un metaanálisis publicado en 2025, que reunió 107 estudios y 162.203 participantes, encontró que la crianza positiva se asociaba con menos perpetración y victimización, mientras que los estilos negativos o duros y la crianza desvinculada se asociaban con más bullying. El aprendizaje familiar, por lo tanto, no es un detalle periférico. “Un niño puede aprender a pedir perdón. También puede aprender que humillar da poder. Los adultos enseñamos ambas cosas, incluso cuando no creemos estar enseñando.”
El contexto argentino obliga a mirar este aspecto con seriedad. Unicef informa que 59,6% de las niñas y niños de 1 a 14 años experimentó métodos de crianza violentos, como agresiones verbales y castigo físico. La violencia psicológica -gritos, humillaciones y descalificaciones- alcanza alrededor de la mitad de la niñez según la encuesta MICS. Estos datos no prueban que esos niños vayan a acosar a otros; sí muestran cuán naturalizados siguen estando modelos adultos basados en el grito, la humillación y la asimetría de poder.
Minimizar, relativizar o pedirle al niño hostigado que “aprenda a defenderse” también puede sostener el problema. La escuela no causa por sí sola el acoso, pero puede frenarlo o permitir que se consolide. En Aprender Primaria 2024 participaron 4178 escuelas y 91.042 estudiantes de tercer grado. Los directivos reportaron peleas, insultos y burlas como problema de convivencia en el 61,6% de las escuelas; agresiones físicas en el 19,2% y bullying en el 16,7%. Son datos institucionales -no porcentajes de niños afectados-, pero muestran que el problema está presente desde la primaria.
El hostigamiento temprano rara vez empieza con una escena espectacular. Puede construirse con apodos, comentarios sobre la familia, exclusión del juego, amenazas, empujones o risas repetidas dirigidas al mismo niño. Si cada episodio se trata como aislado, el patrón desaparece del registro adulto, aunque sea evidente para quien lo padece.
1. Proteger. Detener la conducta y reducir la exposición del niño afectado. No esperar a que “se arreglen solos”.
2. Registrar. Fecha, conducta, lugar, participantes, testigos, respuesta institucional y antecedentes.
3. Escuchar. Hablar por separado. No equiparar automáticamente al niño que agrede con quien recibe agresiones repetidas.
4. Convocar. Trabajar con ambas familias. Si hay prepotencia reiterada, revisar mensajes, límites y modelos adultos.
5. Intervenir. Con el niño que agrede: límite claro, reparación, empatía, autorregulación y seguimiento. No sólo castigo.
6. Mirar el grupo. Los espectadores también pueden reforzar la agresión riendo, obedeciendo o excluyendo.
7. Seguir. Verificar durante semanas si cesó la conducta y si el niño afectado recuperó seguridad y participación.
8. Escalar. Si persiste o hay riesgo, activar equipos de orientación/supervisión y los canales jurisdiccionales correspondientes.
La Ley 26.892 establece bases para prevenir e intervenir frente a la conflictividad en todos los niveles educativos y exige promover una convivencia libre de violencia física y psicológica. La Guía Federal de Orientaciones refuerza que el abordaje debe ser institucional. Por eso, frente a episodios repetidos no alcanza con “ya hablamos con los chicos”, “son muy pequeños” o “ambos tienen que aprender a convivir”.
No estigmatizarlo, pero tampoco dejarlo sin límite. A los cinco o seis años todavía hay una enorme oportunidad educativa. Un niño necesita adultos que le digan con claridad que humillar, amenazar o excluir no es una forma aceptable de ganar lugar. Si en casa recibe el mensaje contrario -explícito o implícito-, la escuela debe sostener un límite consistente y trabajar con la familia. Intervenir temprano protege a quien sufre y también evita que quien agrede convierta la prepotencia en una estrategia social estable.
La pregunta útil es: ¿qué adultos están enseñando que la prepotencia funciona, ¿quiénes la están tolerando y qué institución está dispuesta a cortarla antes de que otro niño pague el precio?
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