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infobae.com · hace 5 horas · Ernesto Araújo y Ricardo Ferrer Picado

América Latina frente al Eje de la Coerción: la batalla moral por el Hemisferio Occidental

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La “Era de la Ingenuidad” ha fenecido. Durante décadas, una lectura reduccionista de las relaciones internacionales pretendió convencer a nuestras sociedades de que la globalización era un terreno neutral de intercambio comercial donde el origen del capital carecía de consecuencias políticas. Bajo esa premisa anestésica, el Hemisferio Occidental bajó la guardia. Hoy asistimos al resultado con una ofensiva multidimensional contra los pilares fundacionales de nuestra civilización —la libertad individual, la democracia representativa donde el poder emana del pueblo y la dignidad de la vida humana—.

América Latina no es una periferia disponible para la subasta geopolítica ni un territorio neutral en una disputa comercial abstracta. Nuestra región es parte indisoluble de Occidente por historia, cultura, ideal político y vocación existencial. Sin embargo, una entente hegemonista y autocrática —el eje articulado por China, Rusia, Irán y Corea del Norte que algunos analistas, como los del FHOx y el Center for Secure Free Society, denominan por su acrónimo “CRINK” —China, Rusia, Irán, North Korea—, operando a través de sus representantes formales e informales, corporaciones y facilitadores políticos como sus nexos con el crimen— pretende naturalizar la idea de que nuestras naciones pertenecen a un constructo amorfo, artificial y desprovisto de valores compartidos: el mal llamado “Sur Global”.

Esa trampa semántica no es inocente. Constituye el núcleo de una operación cognitiva del sharp power destinada a quebrar nuestra identidad y desviarnos del horizonte democrático. La penetración no comienza con el despliegue militar convencional, sino con la cooptación sigilosa de élites, el financiamiento condicionado de centros de estudios y la colonización del debate académico y de medios. Con el sutil uso de palabras que denotan conceptos con consecuencias. Se promueve un clima donde la autocensura reemplaza al pensamiento crítico y donde nombrar a las tiranías por su nombre pasa a ser catalogado como una inconveniencia diplomática. Cuando una sociedad ya no se atreve a juzgar moralmente el totalitarismo que viola sistemáticamente derechos humanos, ha cedido el control de su propio destino.

Como se ha advertido de manera reiterada, “Occidente no es una coordenada geográfica ni un territorio en disputa para premiar a un ganador, es un imperativo espiritual y moral sustentado en la libertad de las almas; cuando renunciamos a esa verdad en nombre del pragmatismo de mercado, abrimos las puertas a la tiranía”. [es una afirmación del artículo, nuestra!!]

Esta “batalla de gigantes por la esencia”, utilizando conceptos como los que denomina Platón en el diálogo sobre “El Sofista” donde diferenciaba a falsos filósofos que comerciaban con el conocimiento y usaban la retórica para engañar, se libra incluso y cada vez más en la infraestructura invisible de nuestro tiempo. En el siglo XXI, los datos y los algoritmos son los arsenales estratégicos de antaño. Ceder el control de la arquitectura digital, de las redes de telecomunicaciones y de los activos críticos a regímenes autocráticos equivale a desmantelar las fronteras nacionales. No hay soberanía sin seguridad en la gestión de nuestros propios datos frente a tecnologías concebidas para el control social y la vigilancia masiva.

El vector primario de vulneración en nuestro continente no es una fuerza invasora exterior aislada, sino la convergencia entre, por una parte, potencias con una narrativa de multilateralismo que solo les ha servido para su propio beneficio y por otra parte el crimen organizado transnacional, si tan solo nos ceñimos a describir una realidad.

América Latina exhibe las tasas de violencia letal más altas del planeta fuera de teatros de guerra abierta. No se trata de criminalidad espontánea, sino que responde a una hidra impulsada por la cleptocracia y la “plata sucia”, mercados informales que fácilmente se erigen en dinámicas fértiles para la criminalidad, donde incluso las transacciones económicas quedan fuera del sistema de trazabilidad y restan capacidades y legitimidad al Estado —justamente con plataformas digitales afirmadas en estas autocracias— donde confluyen el narcotráfico territorial, actividades de contrabando, la pesca ilegal predatoria, el tráfico de personas, el tráfico de influencias y las redes financieras del terrorismo global. La penetración corrompe instituciones, doblega voluntades políticas y se instala como un subsistema fáctico ante la mirada pasiva de organismos multilaterales agotados y los nacionales sin capacidad de auditar y mucho menos de rendir cuentas, colisionando con valores republicanos básicos.

Al respecto, se ha sintetizado con precisión la naturaleza del desafío en el Bled Strategic Forum, en su panel sobre América Latina, que “el crimen organizado transnacional ya no es una mera disfunción del orden público, sino el principal instrumento asimétrico que mina la soberanía de los Estados para imponer una arquitectura de impunidad”.

Y hay que subrayar que al lado del crimen organizado “privado” e imbricado con él funciona el crimen organizado político y la mega-corrupción de Estado. Muchas instituciones, ya muy lejos de combatir el crimen, no le son ni siquiera indiferentes, sino que llegaron al punto de la complicidad y de la confusión de sus límites para tornarse amenazas híbridas. Eso configura una nueva realidad criminal mucho más nociva que la situación donde las autoridades simplemente no enfrentan el crimen, ahora la criminalidad está adentro de instituciones “democráticas” y se beneficia del aura de legitimidad de las mismas.

La respuesta ante esta agresión no vendrá de burocracias supranacionales que diluyen la responsabilidad y promueven tutelas homogeneizadoras. El multilateralismo clásico ha demostrado su parálisis frente a actores que utilizan sus foros para vaciarlos de contenido ético. La defensa de Occidente exige volver al principio de la soberanía de los Estados-Nación y al mismo tiempo articular entre los Estados-Nación comprometidos con el ideal de libertad, como idea fundante del core de valores de Occidente, en una nueva coalición estratégica frente al Eje totalitario desde un núcleo de naciones soberanas que compartan la defensa de la ley y las libertades fundamentales —integrado entre otros por Estados Unidos, Japón, Brasil, Argentina, India, Israel, Corea del Sur, Australia y democracias europeas clave—. Un espacio operativo capaz de compartir inteligencia sensible, cerrar los flujos de financiamiento ilícito y neutralizar amenazas híbridas con decisión política real.

Existe evidencia de que la firmeza institucional funciona cuando hay voluntad soberana. La experiencia argentina en la persecución del financiamiento terrorista, que culminó con la creación del Registro Público de Personas y Entidades Vinculadas a Actos de Terrorismo (REPET) y la inclusión de organizaciones criminales como Hezbollah, demostró que la determinación jurídica y la cooperación basada en la confianza estratégica pueden quebrar resistencias internas y complicidades regionales. Cuando las herramientas legales se aplican por instituciones no contaminadas ni comprometidas con el crimen, el Estado deja de brindarles recursos, logística y legitimidad a los criminales para recuperar su autoridad legítima.

Ha llegado la hora de sacudirse la resignación. La afirmación de América Latina como bastión occidental requiere innovación, determinación política, vanguardia tecnológica y, fundamentalmente, coraje doctrinario. Frente a la depredación que promueven los regímenes autocráticos y sus facilitadores locales articulados en “un eje totalitario” replicado, la única respuesta conducente es levantar la bandera de nuestras libertades irrenunciables.

No hay neutralidad posible frente a regímenes que desprecian la vida, siendo que la defensa de nuestra soberanía comienza por la custodia intransigente de nuestros valores.

*Ernesto Araújo fue ministro de Relaciones Exteriores de la República Federativa del Brasil*Ricardo Ferrer Picado es analista de geopolítica y seguridad, y exdirector nacional de Inteligencia Criminal de la República Argentina.

El crimen organizado también aprendió a usar inteligencia artificial