El inolvidable doctor Pueyrredón Arenales
Distinguidísimo Héctor. Cualquier viejo devoto del dial vuelve en segundos al sonido de la antigua Radio Rivadavia cuando escucha esas dos palabras juntas. Bastaba ese saludo matinal dirigido a Héctor Larrea en el reino Rapidísimo para que el aire se llenara de imagen.
Pueyrredón Arenales era un caballero imaginario de estirpe aristocrática que se instalaba en la cabeza de los argentinos a puro lenguaje sofisticado. Su monólogo era una clase de nivel lingüístico que hoy no podría habitar ningún streaming.
Este hidalgo tan querible se apellidaba así por la intersección de las calles que formaban la esquina emblemática de la AM 630. Era un hombre de mundo, un dandy que no gritaba contra los poderosos ni los denunciaba con indignación, sino que los trataba como amigos. En su cortesía había dinamita.
Una licitación, un nombramiento, un beneficio a cambio de algo... El influyente señor que monologaba satirizaba un drama. Exponía la tradición argentina de la corrupción hasta el absurdo. Hablaba desde una supuesta superioridad social que se desmoronaba cuando aparecía ese oportunista argento que se acomodaba cerca del poder. Por eso el Doctor Pueyrredón Arenales no murió: su denuncia vive en el ADN de muchos de los habitantes.
Personaje humorístico que pintaba un país, fue parido por el locutor Víctor Harriague, un comunicador nacido en Morón que de la mano de los libretistas Horacio Scalise y Jorge Marchetti regalaba a diario una pequeña pieza de sociología nacional. Con su tono aflautado y su caricatura de la clase alta, Harriague hablaba también de algo más que de un estrato: de la fascinación argentina por los contactos y por “caretear”.
El linajudo sin cara había sido educado en París, arrojaba sus muebles Luis XVI a las fogatas de San Pedro y San Pablo, era cercano a Herminio Iglesias, a Álvaro Alsogaray, o El Príncipe Rainiero de Mónaco, paseaba en su yate cada fin de semana y era capaz de obsequiar abonos al Colón o tirar a las brasas un jabalí “para compartir con los queridos peones de la estancia”.
Cajetilla que jugaba backgammon en el Jockey Club podía dirigirse al oyente como “vastísima audiencia” y referirse a Buenos Aires como “la bendita localidad de Santa María del Buen Ayre”. Opinaba que el Ministerio de Economía es como el juego del Prode: "Cuanto menos acierta más grande se hace el pozo”.
Egresado del ISER, también jefe de locutores de Radio Splendid, Martín Fierro 1992, Harriague era humildísimo, la antítesis de ese ser de la High society al que daba vida. Su voz se orientó también a los fierros, gracias al ciclo Campeones. Trabajó un tiempo en los libretos del actor Fidel Pintos y en las canciones picarescas de Juan Carlos Calabró. Un día se le ocurrió engendrar al Profesor Chantarola para un ciclo con Roberto Galán. Esa fue “la prehistoria” del benemérito Pueyrredón.
Víctor murió en noviembre de 2000, a los 62, tras un infarto. Muchos -como es natural- lo olvidaron en el tumulto de apellidos de obreros de la radiofonía, aunque no pudieron velar a Pueyrredón Arenales. El fantasma de ese patricio sobrevuela aún estas tierras.
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