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clarin.com · hace 4 horas · Clarin.com - Home

Grass, Alemania, "las preguntas que no he hecho..."

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En la niñez tuve mala suerte con los extranjeros que venían a mi pueblo, el Puerto de la Cruz, Tenerife, donde nací. El primero de aquellos chicos que se asentaron en el barrio me escupió en la cara y ya marcó para siempre la extrañeza con la que, desde entonces, me encontré con extranjeros. Era inglés aquel muchacho, y seguramente lo que hacía era jugar con mi cara para que yo supiera lo que era pegar.

En otra ocasión fue un muchacho alemán, que ya manejaba coche, el que me provocó en el camino de la calle que me traía a mi casa. Pasó a toda velocidad, con su automóvil, y luego se mofó de mí cuando se encharcó la caminata. Miró hacia atrás el chico, con la ira del que ya había cometido una venganza. Él no quería que mi cuerpo se juntara con el suyo y me enseñó los dientes como si me rompiera.

Aquel tiempo seguía a la inmediata posguerra española, cuando España (en este caso, Canarias) había roto la República y los que venían de fuera, como los que vivían y habían ganado la contienda, se sentían los dueños de todo el territorio y de la vida. Las dictaduras son terribles porque no te dejan pensar, no te dejan estar, se consideran infalibles y tienen todas las maneras de encarcelarte. El miedo es una cárcel que viaja contigo en cualquiera de las maneras de la guerra.

La española fue una dictadura que duró más de lo que puede decir el almanaque; desde luego, duró más allá de 1948, que fue cuando yo nací, de modo que tuve tiempo de darme cuenta de que mis padres y mis hermanos mayores se escapaban de los burlones que perseguían a los pobres. Perseguir era una tarea como de juguete, una forma de quitarte de en medio de la calle en la que mandaban otros.

Burlarse de los pobres era también burlarse de los perdedores. Yo no sabía qué era perder, pero eso se fue sabiendo. Los niños aprenden en seguida el sentido que tiene la maldad, y tratan de escapar mucho mejor que los padres, obligados por la necesidad de recordar quién manda aquí. La España que perdió conoció el exilio y la pena de muerte. Eran las diversas maneras de la burla que tienen las dictaduras, las que hubo en este continente (y en sus islas) y las que ha habido y hay en este mundo.

Por ahí sigue la luz negra que los viejos y los niños vivieron en la noche de los peores tiempos. España lo vivió, lo vivieron tantos países. Lo viven, salgan a la calle y búsquenlo, están vivos, o muertos, o no están. Cuando pasa la historia y esta se hace parte de lo que ya se olvida, da la impresión de que todo ocurrió, que no volverá de nuevo, pues nada se queda. Qué va, todo se queda de otras formas, de modo que da la impresión de que vinieron de pronto las cosas que ya se habían ido.

Y, de pronto, ocurre, por ejemplo, lo que ahora pasa en Alemania, que de buenas a primeras lo que sucedió en la peor de las guerras del siglo XX resucita como si no hubiera pasado nada y resulte normal que quienes prosiguen la historia de la maldad de Hitler se hacen de pronto con el poder, y santas pascuas.

He leído estos días estas palabras que he subrayado con los nombres de su tiempo. Es de una entrevista que le hice a Günter Grass cuando él ya había publicado su libro final, Pelando la cebolla, aquel en el que él contó cómo entró (y cómo salió) de la guerra de Hitler.

Le pregunté a Grass: “En su libro se aproxima al personaje que es usted mismo de joven estableciéndose con él una complicidad que se basa, precisamente, en el haber tratado de ser todo lo que soñó ser. Pero también se enfrenta con el adolescente que, a los quince o dieciséis años, se ve seducido por el nacionalsocialismo, y se plantea por qué. Esa es la pregunta más dramática del libro. ¿Ha encontrado al escribirlo la respuesta, o es todavía una cuestión abierta?”.

Grass me respondió así: “Esa pregunta es una de las razones fundamentales que me llevaron a escribir el libro. La respuesta aún la sigo buscando y hoy tan solo puedo intuirla. Pertenezco a una generación que siempre ha utilizado la misma excusa, el mismo discurso: éramos muy jóvenes, fuimos engañados, nos vimos seducidos y fascinados por la propaganda de las organizaciones juveniles del nacionalsocialismo… Sí, fuimos seducidos, pero la segunda parte de ese discurso colectivo es que nos dejamos seducir; yo me dejé seducir. Cierto que entonces era débil y muy joven, pero podía haber hecho preguntas que no hice. En 1933 un tío mío fue fusilado por los alemanes en Danzig, que entonces era una ciudad libre. Nadie en mi familia dijo nada, nadie preguntó; fue como un hecho dado. Sencillamente desapareció. Y era un tío adorable, al que todos queríamos. O esos niños con los que había jugado en el barrio y que un día desaparecieron; no pregunté, no preguntó nadie. O el profesor de latín de mi escuela, que pertenecía a una asociación católica y un buen día desapareció para volver cuatro meses más tarde, cuatro meses que había pasado en un campo de concentración. Él no podía contar nada, no debía, pero tampoco nosotros preguntamos”.

Me dijo Grass al final de sus palabras: “Todas esas personas llenan mis recuerdos y encarnan para mí el desasosiego de intentar entender cómo no fui capaz de preguntar. Diría que es un caso muy común entre quienes vivimos aquella época del nacionalsocialismo alemán”.

Ulrich Siegmund, candidato ganador en las elecciones regionales en Alemania.

Los peores tiempos son estos tiempos otra vez, el lugar en el que decir que el nazi es indeseable ya no será razón de ser para que el mundo se pregunte a dónde nos lleva el universo que anteayer se organizaba como si la vuelta al pasado fuera exactamente imposible. Y ahí está el pasado, a caballo de nuevo para decirle al tiempo que este puede darse por acabado y que viene otro tiempo que es el que ya hubo y que parecía encarcelado por la guerra y por la historia.

Ahora otra vez hay que volver a mirar hacia Alemania, qué va a pasar, o qué está pasando que de pronto lo que parecía un juguete roto es el juguete que nos va a romper el mundo en pedazos mientras buscamos una linterna con la que escapar de lo peor del silencio: la maldad. Regresa la luz negra en la que también los niños vivían la noche de los peores tiempos.

Pasaron las distintas guerras. Pasó aquella contienda triste y duradera que fue la Guerra Civil e, instaurada la democracia, en este país se abrió una especie de ruindad chiquita, pero cruenta, que tuvo como contendientes a los vascos de la ETA. Ahora ya no hay guerra, pero hay guerras, eso se ve. En medio de ese jaleo, que viene sobre todo de Estados Unidos, un español tronante, Santiago Abascal, celebra que suba a los cielos de Alemania el nuevo hitlerismo… Aquella Alemania de la que venía el chico escapado, como sus padres, de un país democrático, tiene otra vez sus adecuadas patrias...

Ahora ya no exhibe culpa la Alemania que fue de Hitler. Se siente ganadora, no hay culpa alguna en sus celebraciones. Decía Grass cuando le pregunté si le costó mucho contarlo: “En aquellos años mi culpa pasó pronto porque era muy joven, apenas tenía diecisiete años y, además, tuve la enorme fortuna de no haber cometido ningún crimen. Pero, tras la guerra, cuando a los pocos meses supe toda la verdad de lo que había pasado a través de las imágenes de los americanos, de la propaganda que nos señalaba como enemigos, el mero hecho de haber existido entonces me hizo sentir una profunda vergüenza. Ese sentimiento me acompaña desde entonces y es parte de mi biografía, algo con lo que tengo que vivir. No es una cuestión de culpa”.

Ahora ya empieza otra historia. O quizá es la misma, escrita por un país que ya no recuerda.

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