La postura política ante la IA debe definir nuestro voto
Durante años discutimos la inteligencia artificial como si fuera una herramienta más. Hoy esa mirada quedó vieja. La IA no es tecnología: es un nuevo paradigma que re-configura todos los sistemas sociales al mismo tiempo.
Por eso creo que llegó el momento de hacernos una pregunta aún más incómoda. ¿Está bien que la postura de un candidato político sobre inteligencia artificial influya en nuestra decisión electoral?
Absolutamente, sí. Y no porque debamos votar a favor o en contra de la IA, es mucho más lo que estamos eligiendo. Debemos conocer qué modelo de sociedad propone cada candidato frente a ella. Yuval Noah Harari acaba de plantear que las próximas elecciones de Estados Unidos deberían girar por completo en torno a la inteligencia artificial. Su advertencia no apunta solamente a los riesgos tecnológicos, sino a algo mucho más profundo: la confianza.
La IA puede comprender sistemas financieros con una escala que ningún humano podría alcanzar. También puede intervenir en los contenidos que consumimos, en nuestras relaciones y, potencialmente, en las decisiones que afectan nuestra vida.
Ahí aparece el verdadero problema. Si confiamos cada vez más en sistemas que no podemos comprender ni controlar, también podemos terminar entregándoles nuestra autonomía.
Harari advierte incluso sobre un “despotismo tecnológico”. La IA puede producir intimidad en masa y utilizarla para influir sobre intereses políticos o comerciales. Eso cambia completamente la dimensión del debate. Entonces, ¿cómo debería votar una sociedad? No preguntándose si la IA es buena o mala. Esa discusión es demasiado simple para una transformación de esta magnitud.
La pregunta debería ser otra: ¿qué reglas quiere establecer cada candidato? Regular o no regular no es una decisión técnica. Es una decisión política. Hay que regular. Y aunque nos digan que no existe regulación, eso no es verdad. Las reglas existen a favor de quienes crean los negocios, donde no hay reglas es en protección al usuario, a vos y a mi.
Las reglas existen. La pregunta es a favor de quién se escriben esas reglas. La respuesta es clara. Estados Unidos habla de desregulación. Argentina también. La Unión Europea eligió otro camino. Los tres expresan voluntades políticas diferentes. La diferencia está en a quién le dan prioridad.
Desde el 2 de agosto de 2026, la Unión Europea obliga a empresas como Google, OpenAI y Anthropic a rotular el contenido generado con sus herramientas de IA. En pocas semanas, esa implementación llegó globalmente, no solamente a Europa. La regulación funciona cuando alguien realmente la exige.
Esto deberíamos incorporarlo al debate electoral. Las reglas no aparecen solas. Las define alguien, responden a los intereses de unos pocos, siempre en detrimento del usuario final que es el más vulnerable, excepto al momento de elegir su voto.
Por eso considero necesario que los ciudadanos incorporemos la IA entre los temas que evalúan antes de votar. No como una cuestión partidaria, sino como una definición sobre el futuro que queremos construir y terminan afectando nuestra vida cotidiana.
América Latina tiene una oportunidad enorme. Tenemos un superpoder que todavía no usamos coordinadamente: somos más de 650 millones de personas. Tenemos peso suficiente para sentarnos en la mesa donde se decide el futuro.
Harari pide que los votantes actúen. Yo pienso que todos los ciudadanos deberíamos hacerlo. La IA no es solamente una tecnología que agiliza procesos. Es un sistema que empieza a controlar absolutamente todo.
El futuro no se define únicamente en los laboratorios de las grandes empresas tecnológicas. También se define en las urnas. Y si no participamos de esa conversación, otros decidirán por nosotros. No se trata de frenar la innovación. Se trata de decidir quién la conduce, con qué límites y para beneficio de quién. Porque no hay progreso digital que no sea, en el fondo, progreso humano.
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