El empleo formal en una economía anémica: la dinámica de una crisis que es distinta
La economía argentina transcurre bajo una aparente paradoja. A diferencia de las crisis históricas de las últimas décadas, el escenario actual no está signado por una devaluación abrupta, una corrida financiera o un salto exponencial del desempleo abierto. Sin embargo, detrás de la aparente estabilidad de la superficie, se consolida un proceso más silencioso pero persistente: un ajuste estructural del mercado de trabajo que destruye de manera sistemática los puestos formales y deprime el poder adquisitivo de los hogares.
Los datos del empleo privado registrado describen una contracción ininterrumpida que ya acumula doce meses consecutivos de caída. En el último año, el sector privado formal ha destruido 135.000 puestos de trabajo, una variación similar a la de 2024, al comienzo del gobierno, cuando la economía se contraía en el marco de una devaluación y un ajuste fiscal inéditos. Si se analiza el período 2023-2026 en su conjunto, la caída del empleo supera los 230.000, valor similar al de 2018-2019, la contracción de puestos de trabajo registrados más importante de los últimos 20 años.
La magnitud no es el único factor que enciende las alarmas. El ajuste del empleo registrado ya no se explica en su mayoría por la parálisis de un sector puntual, como ocurrió en 2024 con el freno de la obra pública en la construcción. Hoy la sangría es generalizada. La industria, los servicios y el comercio caen con fuerza. Incluso los denominados "ganadores" del modelo macroeconómico (agro, minería, petróleo y finanzas), que tienen una participación minoritaria en el empleo total, lejos de absorber el excedente, han destruido puestos de trabajo en el último año. Es decir, no es solo que los sectores dinámicos no absorben el empleo que otros expulsa, sino que operan hace un año como destructores netos de puestos de trabajo registrado.
El retroceso en el empleo tiene a su vez expresión en una alarmante dinámica empresarial. La tasa de apertura de nuevas empresas ha descendido a niveles tan bajos que solo encuentran comparación con la histórica crisis de 2001-2002. Si bien la tasa de cierre de empresas explica parte de la pérdida de empleo, la mayor parte del ajuste laboral ocurre en las empresas continuadoras, que achican sus planteles en un contexto de bajas ventas y alta capacidad ociosa. El proceso ocurre en un contexto en el que las reformas regulatorias sobre el mercado de trabajo facilitaron las desvinculaciones y abarataron las nuevas contrataciones. Los resultados evidencian una economía crecientemente anémica.
A diferencia de la década de los noventa, en la que el desempleo fue el protagonista absoluto del ajuste, el mercado de trabajo en la actualidad tiene a la informalidad y al cuentapropismo como amortiguadores imperfectos de la crisis.
Si bien la tasa de desempleo aumentó desde 2024, el empleo no registrado y el autoempleo funcionan hoy como el "empleo refugio" de una parte importante de quienes son expulsados del sector formal. Sin embargo, este traspaso de trabajadores no es neutral y encubre un aumento de la inestabilidad laboral y una pérdida de ingresos. Utilizando datos de panel de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), encontramos que aquellos asalariados registrados que perdieron su empleo y consiguieron insertarse en un puesto no registrado en el sector privado sufrieron una caída promedio del 14% en su poder adquisitivo. El panorama es aún más drástico para quienes migraron al cuentapropismo: lejos de la narrativa optimista del "emprendedurismo" y el éxito personal, quienes se vieron forzados al autoempleo experimentaron un desplome real del 28% en sus ingresos. Así, la informalidad (que ya alcanza el 44,2% en 2026) actúa como un mecanismo que absorbe la mano de obra sobrante, pero al costo de retroalimentar una economía de baja productividad y salarios deprimidos.
Que el deterioro socioeconómico no asuma la forma de una crisis financiera clásica no disminuye su gravedad; simplemente modifica su fisonomía. El sostenimiento de este escenario a lo largo del tiempo deja al descubierto dos fenómenos centrales:
En primer lugar, que la apuesta oficial por la desinflación ha agotado su capacidad de generar una recuperación de ingresos y expansión de la actividad. Si bien el Gobierno ha logrado estabilizar la inflación mensual en torno al 2%, este umbral ya no funciona como un motor de reactivación, como lo hizo en la segunda mitad de 2024. Por el contrario, bajo las pautas salariales vigentes y el congelamiento o indexación de partidas de asistencia social, la desinflación ha derivado en un estancamiento del poder adquisitivo en el sector privado y un ajuste que no cede en el sector público.
En segundo lugar, el ajuste opera de manera "invisible" ante los ojos de los indicadores tradicionales de ingresos. Al analizar los salarios promedio de cada grupo ocupacional de manera estática, las pérdidas pueden parecer contenidas. La degradación ocurre también a través de los cambios de composición: el sector formal expulsa de manera permanente puestos de alta calidad que son reemplazados por empleos inestables, informales o de autoempleo que perciben retribuciones sensiblemente inferiores.
La combinación de deterioro del mercado de trabajo y relativa estabilidad de las variables monetarias y financieras nos remite a finales de los años noventa del siglo pasado. La comparación con ese período, pone de manifiesto algunas diferencias. Por entonces, el ajuste se expresaba en un desempleo creciente y la informalidad no cumplía el papel de refugio que se observa actualmente. Por el contrario, la inflación había sido eliminada y no deterioraba de forma continua los ingresos de las familias. Sea como sea, la comparación demuestra que la del dólar puede no ser suficiente para satisfacer las demandas de la sociedad.
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