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infobae.com · hace 2 horas · Soledad Dawson

¿Qué vida estamos construyendo para nuestros adolescentes?

Infobae

Según informes del Observatorio de Política Criminal y del Ministerio de Salud, la Argentina registra una tasa de suicidios de 11,8 cada 100 mil habitantes, la más alta de su historia y por encima del promedio mundial estimado por la Organización Mundial de la Salud. Por primera vez, esa cifra supera las muertes producidas por otros hechos violentos en el país. La Asociación Argentina de Salud Mental calificó la situación como alarmante y advirtió que esto exige respuestas urgentes, sostenidas e integrales. La cuestión es todavía más dolorosa cuando observamos que los adolescentes son el grupo más vulnerable y que el fenómeno alcanza edades cada vez más tempranas.

Por eso, en el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, propongo una pregunta que puede resultar incómoda, pero necesaria: ¿cómo están viviendo nuestros chicos y qué mundo les estamos proponiendo habitar?

Tenemos delante un problema colectivo, de salud mental, salud física y también de políticas públicas. Su abordaje es multifactorial y requiere corresponsabilidad. Lejos de la culpa —que paraliza y busca un responsable único allí donde no lo hay—, la responsabilidad compartida permite pensar qué podemos transformar en tanto familias, escuelas, instituciones, sistemas de salud, comunidad y Estado.

Hoy los adolescentes viven rodeados de estímulos. Las redes sociales seducen con múltiples ofertas y una lógica de consumo insaciable, al tiempo que exhiben vidas sin fisuras aparentes: cuerpos perfectos, belleza, viajes, vínculos, experiencias, disfrute, diversión. Todo está en la palma de la mano y, al mismo tiempo, suele resultar inalcanzable. De algún modo, las redes enrejan: hipnotizan en un scrolleo interminable y dejan el éxito del lado de los otros. La exigencia también es enorme: parece que no alcanza con que tengan una pasión, tiene que ser extraordinaria para distinguirse y, a la vez, no quedar afuera. El tema es que todavía están intentando descubrir quiénes van siendo.

Por otro lado, se reduce la cantidad de espacios donde encontrarse, desplegar el cuerpo y compartir con sus pares. Incluso la escuela puede convertirse en un lugar insoportable cuando aparecen situaciones de discriminación, exclusión, violencia o indiferencia. Y, a veces, frente al sufrimiento de un adolescente, intentamos resolverle el mundo en vez de acompañarlo a aprender a transitarlo. Al mismo tiempo, atravesados por el miedo y la inseguridad, los adultos restringimos cada vez más su circulación. La protección es necesaria, pero cuando la sobreprotección organiza toda la experiencia, se contrae peligrosamente el margen para construir autonomía.

Mientras tanto, los grandes tampoco solemos ofrecer un modelo tranquilizador. Vivimos atravesados por incertidumbres económicas, laborales y sociales. Trabajamos demasiado, tenemos miedo, estamos cansados. No es solamente lo que decimos. Fundamentalmente es cómo vivimos.

Necesitamos escuchar (y activar) cuando algo se vuelve insoportable. No se trata de prometer una vida sin dolor. Eso no existe. Se trata de que el dolor no tenga que ser soportado en soledad. De que existan adultos disponibles, escuelas capaces de intervenir, familias que puedan pedir ayuda, instituciones que no estén solas frente al desborde y ciudades que ofrezcan espacios socioafectivos más amables para habitar.

También necesitamos construir límites amorosos y potentes: límites que sostengan, que puedan conversarse y construirse con ellos, que les permitan comprender que existen reglas, responsabilidades y consecuencias, pero también que una frustración no significa que el mundo se termine.

En conclusión, tenemos que idear alternativas, otros trayectos vitales. Y para eso la pregunta urgente es qué podemos hacer, entre todos, para construir trayectos vitales que puedan ser habitados.

Porque prevenir también es entramar vínculos, espacios, palabras y posibilidades suficientes para que la vida pueda volver a sentirse posible cuando, por un momento, dejó de serlo.

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