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infobae.com · hace 3 horas · Guillermo Lasso

Una ONU para un mundo que cambió

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El pasado 18 de agosto, el Reino de Tonga formalizó ante las Naciones Unidas la candidatura de la diplomática ecuatoriana Ivonne Baki para suceder a António Guterres al frente de la Secretaría General. Con ella son ya ocho las personas aspirantes a ocupar uno de los cargos más importantes del sistema internacional. La ONU registra, además, un dato que no debería pasar inadvertido al ser cinco de los ocho candidatos mujeres y dos de ellas ecuatorianas.

Más allá de las personas y de las legítimas aspiraciones de cada candidatura, esta elección debería servir para responder qué Naciones Unidas necesita hoy el mundo. La respuesta exige una Organización capaz de convertir la cooperación internacional en resultados concretos.

Lo sostuve desde el estrado de la Asamblea General durante mi Gobierno, al afirmar que los problemas globales requieren respuestas globales. Cuando la diplomacia funciona y los países son capaces de sentarse a conversar, incluso desde posiciones distintas, el multilateralismo deja de ser una expresión solemne y se convierte en una inapreciable herramienta para mejorar la vida de las personas.

Ecuador tuvo la oportunidad de comprobarlo durante la pandemia. En septiembre de 2021, cuando intervine ante la Asamblea General, expliqué que nuestro programa de vacunación no podía entenderse únicamente como un logro nacional. En pocos meses habíamos pasado de una situación dramática a convertirnos en uno de los países de la región con mayor avance en inmunización. Una parte decisiva de ese resultado fue posible gracias a la cooperación internacional. China proporcionó el 62 % de las vacunas que recibió el Ecuador durante ese período y Estados Unidos donó dos millones de dosis. Aquello fue diplomacia de resultados. No importaba que esos gobiernos amigos tuvieran sistemas políticos, visiones económicas o posiciones internacionales diferentes. En una emergencia que amenazaba a toda la humanidad, decidimos hablar con todos, con respeto. La salud no tenía ideología y lo importante era salvar vidas.

Esa experiencia contiene una lección que Naciones Unidas debe recuperar. El multilateralismo no puede medirse por el número de declaraciones aprobadas, por la cantidad de cumbres celebradas ni por la extensión de los comunicados finales. Debe medirse por aquello que consigue cambiar en la realidad. La diplomacia de las vacunas demostró que, cuando existe un propósito humano claro, es posible conversar con países distintos y transformar ese diálogo en resultados concretos y pragmáticos.

Las Naciones Unidas nacieron en 1945 porque la humanidad comprendió, después de una guerra devastadora, que determinados problemas no podían ser resueltos individualmente por los Estados. Ochenta años después, esa premisa sigue siendo válida, ya que lo que ha cambiado es la naturaleza de los desafíos. Hoy enfrentamos guerras, desplazamientos masivos, terrorismo, cambio climático, inseguridad alimentaria, pandemias, amenazas digitales y transformaciones tecnológicas que ningún país puede enfrentar por sí solo; pero también enfrentamos una crisis de confianza.

Una institución puede conservar intacta su legitimidad jurídica y, sin embargo, perder peso ante los ciudadanos si estos dejan de percibir su utilidad. Naciones Unidas no es ajena a ese riesgo, y quien asuma la Secretaría General, en enero de 2027, tendrá una tarea que va mucho más allá de administrar una enorme organización internacional. Tendrá que reconstruir confianza y reputación, y demostrar que la diplomacia puede prevenir conflictos antes de que se conviertan en guerras, que la cooperación puede producir bienes públicos globales y que las instituciones multilaterales todavía son capaces de resolver problemas que los Estados, actuando solos, no lo pueden hacer.

El mecanismo de selección ha incorporado elementos importantes de transparencia y participación a través de la resolución 79/327. La Asamblea General y el Consejo de Seguridad han buscado hacerlo más abierto, incluyendo diálogos interactivos públicos con los candidatos. Es un avance que debe ser valorado, pero la transparencia del proceso no será suficiente. También tendremos que preguntarnos qué clase de liderazgo necesita la Organización.

Gobernar un país enseña que la legitimidad de origen es indispensable, pero no alcanza. Un gobierno puede llegar al poder democráticamente y perder el respaldo ciudadano si no consigue seguridad, empleo, libertad de expresión, oportunidades e instituciones que funcionen. Algo parecido ocurre con Naciones Unidas, cuya legitimidad de origen es extraordinaria. La Carta de San Francisco representa uno de los mayores esfuerzos de la humanidad por establecer reglas comunes para preservar la paz y la dignidad humana, pero esa legitimidad debe renovarse todos los días mediante resultados.

Karl Popper defendía la sociedad abierta porque permitía resolver los conflictos mediante instituciones, discusión y libertad, en lugar de recurrir a la fuerza o al dogma. Esa idea conserva una enorme vigencia cuando la trasladamos al escenario internacional. El mundo necesita una organización que vuelva a hacer de la diplomacia una herramienta de paz y no solamente un lenguaje de declaraciones; necesita una ONU capaz de sentar a adversarios en una misma mesa, construir acuerdos complejos y convertir esos acuerdos en acciones y pragmatismo.

América Latina tiene hoy una oportunidad única ante la presencia de varias candidaturas de nuestra región, y especialmente de mujeres con amplia trayectoria internacional, que demuestra que tenemos experiencia, talento y una visión propia que ofrecer al sistema multilateral. No se trata de convertir esta elección en una disputa regional ni tampoco de reducirla a una cuestión de género o de nacionalidad. Se trata de escoger a quien tenga la capacidad, la independencia y la autoridad moral para conducir una organización que necesita recuperar eficacia y confianza.

El próximo Secretario General o la próxima Secretaria General tendrá que responder a la pregunta de ¿cómo hacer que Naciones Unidas vuelva a ser indispensable para la gente común? Mi experiencia me lleva a la conclusión de que cuando la diplomacia consigue vacunas para salvar vidas, cuando los países protegen juntos un océano que pertenece a todos, cuando un instrumento financiero permite reducir deuda y conservar biodiversidad, el multilateralismo funciona. Cuando la cooperación internacional produce resultados, la gente vuelve a creer en ella.

Hoy, más que nunca, también necesitamos liderazgos que crean en el Estado de derecho, en la cooperación y en la dignidad humana como pilares de la coexistencia, y que comprendan que el orden internacional no es un obstáculo para el progreso, sino su fundamento y su mejor opción estratégica. Si el mundo renuncia a las reglas, no gana la libertad, gana la fuerza. Y cuando gana la fuerza, siempre pierde la humanidad. Ochenta años después de su fundación, Naciones Unidas necesita, con urgencia que el mundo vuelva a sentirla suya. Ese es el verdadero mandato que debería acompañar a quien reciba, el próximo mes de enero, las llaves del piso 38.

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