La geopolítica de la Luna y la nueva carrera por el espacio
China postergó a último momento el lanzamiento de Chang’e-7, la misión que debía partir hacia el polo sur de la Luna en busca de agua congelada. La decisión aplazó una de las operaciones más ambiciosas del programa espacial chino, pero no detuvo la competencia que ya mantienen Beijing y Washington. Y es que volver a pisar la superficie lunar sigue siendo importante, aunque ya no constituye el objetivo final. La verdadera disputa consiste en desarrollar la capacidad de permanecer allí, utilizar sus recursos y establecer las reglas que organizarán la nueva carrera por el espacio.
La postergación también recuerda algo que suele quedar oculto detrás de los grandes anuncios. Llegar a la Luna continúa siendo extremadamente difícil.
Las autoridades chinas fueron escuetas y se limitaron a señalar que la misión no reunía las condiciones necesarias para despegar dentro de la ventana prevista. No explicaron los motivos ni anunciaron una nueva fecha.
Sin embargo, una competencia estratégica no se define por la postergación de una misión, sino por los objetivos que cada potencia persigue, los recursos que está dispuesta a invertir y la posición que intenta ocupar antes de que se incorporen nuevos actores. Y, en este caso, China y Estados Unidos están mirando hacia el mismo lugar.
¿Por qué el polo sur de la Luna se volvió tan importante? La posibilidad de encontrar agua allí parece una explicación demasiado sencilla para justificar una competencia entre potencias. Después de todo, un vaso de agua no parece un instrumento de poder. En la Luna, sin embargo, podría convertirse en la base de una presencia humana sostenida.
En esa región podrían existir depósitos accesibles de agua congelada. Si ese hielo pudiera aprovecharse, serviría para abastecer a futuras tripulaciones, producir oxígeno y, eventualmente, fabricar combustible. Esto reduciría la dependencia de los recursos transportados desde la Tierra y permitiría sostener operaciones cada vez más prolongadas. Chang’e-7 fue diseñada para determinar dónde se encuentra ese hielo, en qué cantidad y si puede ser extraído de manera útil. El desafío técnico continúa siendo enorme. Saber que un recurso existe no significa que pueda ser aprovechado.
Pero hay que aclarar algo. Los avances del programa espacial de China no implican que el país esté a punto de instalar una estación de servicio en la Luna. Vivimos tiempos tan vertiginosos en materia tecnológica que, como especie, ya nada nos parece imposible. Sin embargo, por extraordinarios que hayan sido esos avances, extraer hielo de una región sometida a temperaturas extremas, procesarlo y convertirlo en agua utilizable, oxígeno o combustible continúa siendo una posibilidad futura y todavía distante.
Dicho esto, las potencias no suelen esperar a que un recurso pueda explotarse con facilidad para comenzar a disputar las condiciones de su utilización. El verdadero valor estratégico del agua no se encuentra únicamente en el recurso, sino también en la infraestructura que permitiría construir a su alrededor. La competencia no se reduce a encontrar hielo. Lo que está en juego es quién será la primera potencia capaz de transformar el satélite natural de la Tierra en un espacio de aprovechamiento sostenido, con presencia humana, autonomía y capacidad para ejercer influencia y poder.
Controlar la Luna no significa dominar toda su superficie ni declararla territorio propio. El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, vigente desde 1967, establece que la Luna y los demás cuerpos celestes no pueden ser objeto de apropiación nacional. En términos sencillos, ningún país puede llegar, plantar una bandera y declarar que una parte de la Luna le pertenece.
Pero el tratado fue redactado cuando la extracción de recursos, la instalación de infraestructura permanente y la participación de empresas privadas en la exploración espacial parecían posibilidades lejanas. Por eso, algunas preguntas actuales todavía no encuentran una respuesta aceptada por todos.
Existe, sin embargo, otra forma de control, menos visible y posiblemente más efectiva. Es el control de la infraestructura de la que dependerán los demás.
La potencia que instale primero sistemas de energía, comunicaciones, navegación, transporte y abastecimiento cerca de los lugares más valiosos estará en mejores condiciones para decidir cómo se opera a su alrededor. No será propietaria del territorio, pero podrá establecer estándares, definir procedimientos y condicionar el acceso a determinados recursos.
La historia terrestre ofrece una advertencia sobre esta forma de poder. Muchas antiguas colonias alcanzaron la independencia política, pero continuaron dependiendo del capital, la maquinaria, las redes de transporte y el conocimiento técnico concentrado en el exterior para explotar sus recursos mineros o petroleros. La soberanía formal no produjo automáticamente autonomía económica. Construir capacidades propias demandó décadas y, en muchos casos, la dependencia todavía no ha desaparecido por completo. También podía convertirse en una dependencia cultural, cuando las tecnologías, las normas y los modelos heredados de las antiguas metrópolis continuaban siendo percibidos como naturalmente superiores.
La Luna no es una colonia y la comparación tiene límites evidentes. Pero la experiencia permite comprender una lección que conserva su vigencia. Tener acceso formal a un recurso no significa poseer la capacidad material para decidir cómo explotarlo, transportarlo o utilizarlo. Quien depende de la tecnología y la infraestructura de otro puede conservar sus derechos y, aun así, perder buena parte de su autonomía.
Algo similar podría ocurrir con las zonas de seguridad contempladas por los Acuerdos Artemis. Estas áreas deben ser temporales y buscan evitar interferencias perjudiciales mediante la notificación y la coordinación entre distintas operaciones. Sin embargo, si alrededor de un depósito de hielo aparece una base, un sistema energético y un perímetro dentro del cual los demás deben coordinar sus movimientos, la diferencia entre proteger una actividad y controlar de hecho un espacio podría volverse más difícil de distinguir.
El control tampoco se limitará a la superficie. Las redes de satélites que proporcionen comunicaciones, posicionamiento y navegación alrededor de la Luna serán tan importantes como las bases. Quien controle esas redes podrá facilitar determinadas operaciones y convertir su tecnología en el sistema al que los demás deberán adaptarse.
No se trata necesariamente de militarizar la Luna. Se trata de comprender que una infraestructura civil también puede producir ventajas económicas, políticas y estratégicas. Quien proporcione la energía, las comunicaciones y las rutas de acceso no necesitará ser dueño de la Luna para influir sobre lo que ocurra en ella.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética compitieron por demostrar cuál poseía mayor capacidad científica, tecnológica y política. La llegada del hombre a la Luna fue una hazaña extraordinaria, pero también una demostración de poder. En aquel momento, llegar primero era lo que importaba. Ahora, el objetivo es permanecer.
Estados Unidos completó en abril la misión Artemis II, el primer vuelo tripulado alrededor de la Luna en más de cincuenta años. La NASA prepara para 2027 Artemis III, una misión de demostración en órbita terrestre baja destinada a probar sistemas necesarios para futuros alunizajes, mientras que el regreso de astronautas a la superficie quedó previsto para una etapa posterior del programa. China, por su parte, aspira a realizar su primer alunizaje tripulado antes de 2030 y proyecta construir, junto con Rusia, la Estación Internacional de Investigación Lunar.
Alrededor de ambas potencias también comienzan a organizarse diferentes estructuras de cooperación. Estados Unidos impulsa los Acuerdos Artemis, firmados por 70 países, mientras China y Rusia invitan a otros Estados y organizaciones a participar en su proyecto. No se trata de alianzas militares, sino de sistemas organizados alrededor de tecnologías, intereses y normas diferentes. La competencia ya no se desarrolla solamente entre misiones, sino entre dos formas de organizar la futura presencia humana en la Luna. Llegar permite demostrar capacidad, pero permanecer permite ejercer influencia y poder.
La Argentina ocupa una posición particular. Forma parte de los Acuerdos Artemis, participó en Artemis II mediante el microsatélite ATENEA y, al mismo tiempo, alberga en Neuquén una estación que brinda apoyo al programa chino de exploración lunar. También coopera con la Agencia Espacial Europea mediante la antena instalada en Malargüe.
Esta vinculación con actores diferentes puede convertirse en una ventaja. Pero, a medida que aumente la competencia entre Estados Unidos y China, también podría exponer al país a mayores presiones para adoptar tecnologías, estándares y posiciones vinculadas con una de las dos arquitecturas espaciales.
Está claro que la Argentina no competirá por instalar una base en la Luna en el futuro próximo. Pero no es ese el punto. Su oportunidad consiste en desarrollar capacidades que la vuelvan necesaria dentro de este nuevo escenario. Puede hacerlo mediante el diseño de satélites y componentes, la prestación de servicios de seguimiento y comunicaciones, el procesamiento de datos, el fortalecimiento del acceso propio al espacio y la participación en la discusión de las futuras normas.
Alojar infraestructura extranjera o integrar ocasionalmente una misión internacional no alcanza. La Argentina deberá definir qué posición sostiene sobre la explotación de recursos, qué condiciones establece para las estaciones instaladas en su territorio y qué conocimiento, tecnología y capacidad operativa obtiene de cada acuerdo.
El desafío no consiste simplemente en elegir entre Estados Unidos y China. Consiste en evitar que la competencia entre ambas potencias se desarrolle sobre territorio argentino sin fortalecer, al mismo tiempo, las capacidades nacionales. Dicho de otro modo, el verdadero riesgo no es quedar fuera de la carrera, sino participar únicamente como territorio, proveedor de infraestructura o consumidor de tecnología extranjera.
En la futura geopolítica espacial, no todos los países escribirán las reglas. Pero aquellos que construyan capacidades propias, protejan sus datos y sostengan una estrategia de largo plazo podrán evitar que otros las escriban en su nombre.